Cuando el cielo llora
La última vez que miré tras la ventana el crepúsculo me recordaba los días de aquel invierno en que decidimos ser nosotros mismos. Las largas horas que pasamos juntos sólo podían significar el augurio de ese cielo aterciopelado que crece en el interior de un par de ilusos que piensan que del amor lo saben todo.
Si mal no recuerdo, regresábamos de una de esas incontables caminatas por barrios desconocidos buscando pretextos para quedarnos y conversar de temas sin sentido. Las nubes destilaban lágrimas de plata al tiempo que cubrían el cielo confiriéndole el aspecto de una lápida gris. El aire corría con fuerza como buscando un lugar en el mundo que pudiera romper. Nosotros, por cierto, ignorábamos que pronto nuestra vida cambiaría en un breve espacio de dos horas al ver las calles que palidecían bajo aquel hechizo de la lluvia. Como venas desangrándose, el agua corría entre los resquicios del suelo bajo nuestros pies mientras, pareciendo un par de niños, jugábamos con las gotas sintiendo que el frío se ponía interesante.
Llegamos sin darnos cuenta a un edificio que prometía un refugio apacible y, sin pensarlo dos veces, nos adentramos en aquel palacio que daba la impresión de estar abandonado. El interior nos complacía con un ambiente tibio y entre las tinieblas que reinaban en lugar, sorteamos a tientas corredores y salones. Tomé tu mano en la oscuridad y te escuché reír. Nuestras ropas empapadas dejaban un rastro sangrante que brillaba por la débil luminosidad que provenía de algún tragaluz y nuestros zapatos, llenos de agua, producían un sonido viscoso al andar. Traías contigo la magia y esa parsimonia que hacía pensar en el mundo como un lugar de promesas eternas.
—Te quiero —murmuré.
Un profundo silencio medió entre nosotros. Comenzaba a arrepentirme de habértelo dicho tras tantos meses de silencio cobarde, cuando te escuché decir:
—También te quiero.
Lo que siguió después lo recuerdan a la perfección nuestros labios que, entre tímidos movimientos, tuvieron a bien conocerse.
Subimos a un cuarto en el segundo piso que tenía salida a un balcón desde el que se podía apreciar toda la ciudad. Apostados en las barandas, vimos las calles desiertas siendo ametralladas sin piedad por la lluvia. Estaba yo perdido en mis pensamientos cuando sentí en mi hombro tu cabeza arrecostarse. Sin saber qué hacer, te abracé y dejé que mis dedos juguetearan con tu cabello.
—¿Alguna vez has pensado en que las gotas que caen no son simplemente agua, sino, lágrimas del cielo? —te oí susurrar.
—No. Pero, ¿por qué el cielo lloraría?
—Sólo imagínatelo.
Te miré sin comprender. Eludiste las mil y un preguntas que se formulaban en mi mente con un beso. Lentamente, guiados por una voz inaudible, fuimos sumiéndonos al encanto del momento. Mi pulso comenzó a agitarse y tu silueta emergió de la penumbra como una luz reveladora de belleza. No estoy seguro, pero creo que aquella tarde morí un poquito en tu cuerpo. Al cabo de una hora, me rendí al cansancio y, recostado en tu pecho, lo último que se me ocurrió pensar fue en que jamás en mi vida me había sentido tan afortunado.
Desperté con la sensación de haber dormido por mil años. La lluvia apenas había bajado la guardia y por un momento me pareció que aquél prometía ser un día muy largo. Me recosté de nuevo y sentí el contacto suave de una almohada en mi nuca. Sólo entonces me di cuenta de que estaba solo.
Me incorporé y me arrastré hasta el balcón. No había señales tuyas por ninguna parte. Bajé al primer piso y busqué en las habitaciones con la esperanza de encontrarte. Nada. Volví a la recámara, con la mirada perdida en ninguna parte. Una luz que ingresaba por la ventana que daba al balcón iluminó durante una milésima de segundo la habitación y al momento noté un brillo parpadeante por el rabillo del ojo. Tardé en advertir un pequeño velador delante de mí. Sobre él, una fotografía yacía en las sombras. Pude apreciar tu sonrisa dentro de ella, y al dorso, una inscripción se apoderó de mi atención.
Cuando el cielo llora, es porque quiere que tú sonrías.
Te quiero.
Las últimas luces del día se extendían en el horizonte sobre el que se recortaban las siluetas de los edificios que vieron nuestras caminatas. Desde el balcón miraba las bocas de los callejones esperando verte emerger de alguna parte. Luego, con la certeza de que no volverías, desvié la mirada al interior de la habitación. El vestíbulo me parecía ahora más tenebroso y amenazador. Se me estaba haciendo tarde y sabía que tarde o temprano tendría que salir de ahí, contigo o sin ti. Me adentré nuevamente y, a ciegas, ubiqué la puerta, el corredor, las escaleras, y en un par de minutos estaba en la calle.
Los tejados sangraban gotas de agua negra y el eco de la lluvia se negaba a desaparecer. Caminé sin prisa sintiendo mi pecho encogiéndose en un palmo. Comprendí entonces que te extrañaba y que me hubiera gustado regresar contigo.
Llegué a casa arrastrando mi alma y las ganas que tenía de abrazarte. Subí a mi habitación y me detuve en la ventana a observar nuevamente la ciudad, esta vez, cubriéndose por el velo oscuro que tendía la noche. Escribí tu nombre en el cristal y en algún momento me pareció ver una nube de humo blanco que se contrastaba en la distancia ascendiendo al cielo. Sin prestar atención al incidente, palpé en mi bolsillo. Encontré tu foto y tuve una rara mezcla de sensaciones entre satisfacción y decepción. Luego, me eché a dormir.
Han pasado dos largos años desde aquel día en que te vi por última vez. Las horas fueron acortándose y cualquier rastro que pudo haberme llevado hasta ti desapareció de mi vida por razones que todavía no entiendo. Espero que no te olvides de aquel chico al que le robaste, tal vez sin darte cuenta, el sueño por las noches, y un millón de suspiros en menos de una hora. Quiero que sepas que todavía conservo la fotografía que me dejaste en aquella casa ajena y desconocida.
En estos últimos días se me ocurrió dar un paseo por las avenidas que recorrimos juntos la última vez que estuve contigo. Te sorprendería saber que en lugar de la casa en la que nos refugiamos esa tarde se levanta ahora una montaña de ruinas. Preguntando a algunos vecinos di con que aquella casa había sido presa del fuego que se desató hacía por lo menos dos años cuando, luego de una lluvia torrencial que había azotado a la ciudad durante todo el día, la casa quedó a merced de un corto circuito provocado por el agua filtrada en sus interiores eléctricos cuando llegó la noche. Nada de eso importa ya, seguramente. Luego de que te fuiste, no he decidido si habría sido mejor haberme quedado a morir con ese recuerdo o si hice bien en salir para morir de a poco. Aunque, si hablamos de muertes, yo desde hace mucho que no estoy vivo, o al menos, no me siento así desde el momento en que te fuiste.
¿Sabes? No lo entiendo. A veces me pongo a pensar en lo que me dijiste, en eso de que, si el cielo lloraba, era para que yo sonriera, y concluyo en que es mentira. He visto al cielo llorar en otros inviernos y en ninguno he sonreído, quizá porque te extraño o tal vez porque cargar con un momento bonito me parece una idea absurda al no entender tus razones para irte. Aquella noche, por cierto, antes de dormir, eché un vistazo al cristal de mi ventana y vi tu nombre desdibujarse con la lluvia. Al cabo de unos minutos, la ventana se llenó de vaho, hecho que aproveché para hacer una pequeña inscripción con la ilusa esperanza de que llegaras a leerla: "Ven."
El tiempo se encargará de inmortalizarnos y guardar en alguna parte de sus planes un espacio para nosotros. Un espacio que teníamos reservado mucho antes de conocernos. Un espacio donde, aun sin que haya necesidad de ver llorar al cielo, las sonrisas no se apartarán de nuestro rostro. En ese espacio, querida, es donde te encontraré después de tanto tiempo. No he dejado de quererte ni de pensar en que pudimos haber llegado un poquito más lejos. Pero te prometo que volveremos a caminar juntos, como un par de prometidos. Todavía me quedan sonrisas si no veo al cielo de tus ojos llorar. Y hasta entonces, trataré de ser feliz con la certeza de que, dondequiera que te encuentres ahora mismo, tú también te acuerdas de mí.






Comentarios
Publicar un comentario