Una pendiente demasiado inclinada
Llovía con fuerza antes de las once de la noche. Algunos faroles habían sucumbido y las calles se entreveían en un pozo de negrura líquida que se derramaba sin rubor sobre Chiclayo. Caminaba con parsimonia, dejando que el agua me acariciara el rostro mientras los últimos episodios que horas antes habían ocurrido comenzaban a gotear lentamente en mi pensamiento.
Todavía arrastraba conmigo el olor de su cabello y el roce lento y secreto de nuestros labios tan cercanos que la distancia entre ellos quemaba. Habíamos entrado al cine y, aunque mis ojos estaban clavados en la pantalla, apenas le puse atención a la película, y cuanto era capaz de conjurar era su mano y la mía entrelazadas y su risa en la oscuridad que se explicaba mejor que un libro. A veces la miraba a los ojos y sabía que ella también lo sentía: la proximidad de dos cuerpos que se llaman y un par de almas cansadas del encierro abriéndose camino a través de gestos de cariño que a mí, hombre de sensibilidad acorazada y una negación acérrima al tema del romanticismo, me venía como un atuendo demasiado grande.
Entre las callejuelas de la ciudad pensé que a lo mejor no debería darle demasiada importancia. Pero mi conveniente sentido práctico de la razón, dispuesto a contradecirme a cualquier hora del día, me sugería la idea descabellada de que quizá el tiempo fuera de los escenarios amorosos había sido suficiente y que debería darme la oportunidad de revivir a esa parte de mí que permanecía en ruinas desde la última vez que me atreví a apostar el todo por el todo al lado de alguien. Es increíble lo solitaria que puede sentirse una persona al desconocerse un día cualquiera en el espejo y, sin preámbulos, decidir que hay que ponerle un nuevo rumbo a la vida. Una idea que, tarde o temprano, termina descartada. Así me sucedió hoy. De imprevisto. Con mi naturaleza expuesta y una necesidad inconfesable de huir de la soledad cuanto antes. Sus brazos me servirían como refugio. La calidez de su mano como un antídoto infalible contra el miedo y todo lo que pueda llevarme de vuelta a ser ese yo que era antes de conocerla. Porque, a ver, yo con ella, lo quiera o no, terminé siendo distinto. Al principio me sentía capaz de sobrellevar todo con paso firme, pero luego me he dado cuenta de que soy una persona diferente, sin saber el punto exacto donde cambió todo. Quizá fue esa compañía que antes me hubiera parecido una más y terminó siendo una que no había encontrado hace años y sólo cuando tuve cerca me di cuenta de lo mucho que me hacía falta. Quizá fue aquella otra realidad que me ofrecían sus ojos, cuando me miraba y yo era consciente de que iba a terminar encerrado en cualquier momento sin la oportunidad ni voluntad de cambiar las cosas porque, dentro de mí, quería que así fuera. Quería que ella me atrapara en sí misma y no me dejara escapar por mucho que yo se lo pidiera.
Mis mañanas hasta aquel día se habían caracterizado por ser la prolongación de una noche llena de desvelos y pensamientos que traían toda suerte de ideas discordantes. Me levantaba de la cama sintiendo que algo me faltaba, y me pasaba el día entero buscándole razones a una existencia sin motor ni más motivación que la de cumplir un sueño en el que llevaba invirtiendo la mitad de mi vida y que tenía ya varios meses de retraso. Y nada más. Tampoco veía la necesidad de alterar el protocolo que con el tiempo establecí. La mía era una vida atascada a medio camino entre la desidia y la esperanza. Empecé a dedicar más tiempo a encerrarme en mi mundo y buscar la manera de hacer que nadie se atreva a sacarme de él, en lugar de perderle el miedo a una de esas emociones que me aterraban con el simple hecho de imaginarlas: el enamoramiento, que más que una oportunidad, a mí me sonaba a causa perdida. Los recuerdos que tenía de él habían dejado laceraciones profundas y una acumulación de heridas que me cubría casi por completo y que el tiempo se encargó de cicatrizar hasta que no hubo más remedio que adaptarme a mi nueva coraza en la que confiaba estar a salvo de cualquier incitación sentimental. Hubiera sido así, de no ser porque, cuando menos lo imaginaba, la conocí.
La magia de aquella mujer era haber descifrado los mecanismos de autodefensa que tenía y burlarlos todos. Había llegado a encontrarse con mi lado más crítico y sensible en menos tiempo de lo que me costó esconderlo. Todavía no sé como lo hizo. Pero de repente ya me tenía hablándole de mis metas y diciéndole cosas que, de haberse tratado de cualquier otra, les hubiera restado importancia y pasado desapercibidas; me tenía en sus manos, y lo peor era que ella lo sabía. Sabía que aquel arrogante no era yo y que hubo que ir más a fondo para descubrir mi esencia. Una natural. Una que nunca le mostré a nadie. Ésa fue su forma de demostrarme que no soy tan fuerte, y que toda mi coraza, por mucho hierro con el que esté hecha, siempre terminará derritiéndose ante sus caricias.
Nunca conocí a nadie con esa capacidad. Y hoy, no creo que tenga muchas ganas de hacerlo, tampoco.
Cuando llegué a casa apenas me di cuenta del precipicio al que me asomaba. ¿De verdad quería que ella formara parte de mi vida? Supongo que la respuesta a esa pregunta no está en mis manos decidir, como tampoco estuvo en mis manos dar un día con ella y confiarle muchas cosas sintiendo que la había conocido de toda la vida, o peor aún, que la había estado esperando toda la vida. Aquélla era una pendiente demasiado inclinada. Estaba subiendo demasiado rápido. Nunca me había acordado tanto de mi miedo a las alturas en toda mi vida.





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