El grito de victoria


Como cuando extiendes los brazos esperando un abrazo que nunca llega, o como cuando te quedas delante de la puerta con la esperanza de que quizá algún día ella volverá a llamar y ahí tendrás tu grito de victoria.

Hay una parte, cuando estás enamorado, en la que te sientes vulnerable: el punto de mira de cualquier miedo. Lo peor es que no te puedes escapar, y te quedas, con los ojos cerrados, esperando la llegada de un golpe o de una caricia —aunque a veces ambos terminan doliendo lo mismo—. Tarde o temprano los miedos se materializan y vienen con la mejor de sus facetas: una sonrisa, una promesa, o un sueño del que no te gustaría despertar nunca. Pronto te das cuenta de que no puedes encontrar la salida en mitad de un mar de emociones. Y terminas amarrándote a la posibilidad de querer como si nunca hubieses querido a nadie. Es inconsciente, pero de pronto la realidad comienza también a pesar demasiado: a tu lado no hay más que esperanzas vacías. Los atardeceres van a seguir siendo bonitos aunque estés triste, y eso pocas veces se disfruta. Quieres encontrarte contigo mismo al mirarte al espejo, pero resulta que tienes una cicatriz en lugar de sonrisa; unos ojos con menos brillo; y las ojeras parecen parte de un maquillaje que nunca te pusiste. Te comienzas a hacer preguntas, aunque no estás seguro de querer saber del todo las respuestas. Intentas dormir, pero en lugar de eso siempre tienes historias que contarte a ti mismo. Te ves tomándola de la mano, abriendo surcos entre un montón de fortuna y metiéndote la felicidad en el bolsillo para compartirlo únicamente con ella. Te olvidas de que la última vez también planeaste un futuro y terminaste improvisando la mayor parte.

Pero despiertas, como sucede siempre con los sueños más bonitos del mundo. Ni siquiera puedes imaginar lo que sucede después de eso. Y te duele todo el cuerpo. Cuando te fijas, sigues sentado frente a la puerta, con los brazos extendidos. Así que bajas los brazos, te pones de pie, apagas las luces, y te vas a la cama, sabiendo que será otra noche —una de tantas— en la que nadie llegará para darte el grito de victoria.

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