¿En qué me inspiro?
Alguien me preguntó una vez que en qué me inspiro cuando escribo. Más personas lo hicieron luego, y a cada una le di una respuesta diferente. Pero lo cierto es que no hay una respuesta concreta, porque procedo de varias maneras y nunca tengo una predilecta. Así que eso no puedo decirles, pero sí puedo hablarles sobre las municiones que, como escritores, tenemos la gran mayoría.
Cuando conozco a una persona, tiendo a hacerle una observación minuciosa en todos los sentidos. Dada mi condición de adolescente introvertido, me dedico a ser un observador asiduo. Me fijo en detalles, en especial en aquellos que parecen no tener importancia, como ademanes inconscientes o gesticulaciones, para luego unir todo ello y obtener un perfil psicológico, lo que me asegura, en gran porcentaje, con qué clase de persona estoy tratando. Hago una especie de deducción, pero no cualquiera, hago una examinando a fondo. Esto no lo consigo terminando la primera plática, porque sé que nadie es capaz de desnudarse emocionalmente comenzando una relación interpersonal, éste es un proceso lento, de precisión y seguimiento. No es efectivo ni generalizable, pero me ha funcionado hasta el punto de poder afirmar que no me he equivocado con nadie. Lo cierto es que eso me ha servido, también, para escribir desde un estado de ánimo ajeno al mío. Puedo imaginar que soy una persona que ha sufrido una desilusión amorosa, una pérdida, y narrar lo que sentiría como si hubiera vivido esa experiencia. Otras veces imagino que soy el hombre más feliz del mundo, y escribo sobre eso. Es divertido. Será por eso que dicen que la escritura te abre puertas hacia lugares que nunca has conocido, incluso de ti mismo.
Pero también está mi lado sincero, un lado que utilizo para escribir —curiosamente— ficción muchas veces. Sucede que alimento mi acervo memorizando impulsos y palabras tras cualquier emoción que experimente. Sobre lo que sea. Alegría, odio, soledad, amor, y esas cosas. Las recolecto todas en un banco de memorias especial que impide que en un futuro me afecten pero que me enseña a convivir con ellas para no olvidarlas. Así, me es más fácil ponerme en los zapatos de cualquiera y escribir desde su perspectiva. Porque, vamos, la mayoría de nosotros hemos hecho esto alguna vez: escribimos cosas que no sentimos. Quizá nunca nadie le haya dado mayor importancia hasta que ha leído esto, pero es cierto. Podemos estar felices, y escribir cosas deprimentes. Y viceversa. Aplica a todas las emociones. Personalmente, la razón, digamos, principal, es que en aquel momento simplemente quiero disfrutar o desahogarme de esa carga. Si me siento triste, busco comprensión, o intento quitarme esa sensación de encima lo más pronto posible. Si me siento feliz, procuro disfrutarlo mientras me dure, porque es una de esas emociones que casi siempre me abandonan más rápido. Si estoy enojado, en lo que menos pienso en ese momento es en sentarme a buscar palabras para lo que siento. Lo cierto es que en ninguno de los casos puedo escribir. A veces la adrenalina me lo impide, o los dedos me traicionan. No consigo articular una sola palabra. Por eso memorizo. Una vez calmado, sólo tengo que extraer los recursos primarios para procesarlos. Le doy forma a las ideas, a las ideas un sentido y al sentido las palabras. Al final lo que escribo es el resultado de todo ese proceso.
Y, aunque el procedimiento sea en su mayoría el mismo, nunca las expresiones serán iguales. Esta otra parte del proceso —quizá la más importante— consiste en evitar las repeticiones, o las similitudes lingüísticas. El lector, cuando lee, lo hace con una voz en su mente que pronuncia las palabras como si leyera en voz alta, y en el transcurso se encuentran con expresiones con rima. Para alguien que ha leído bastante, eso es algo incómodo cuando se trata de un texto en prosa. Pero en fin, hablaré desde mi propia perspectiva: Se pueden tolerar una o dos rimas en la misma oración, pero no más. Es como estar en una autopista y en un momento inesperado encontrarte con un bache o frenar de golpe. Son lecturas que hacen mucho ruido. Así que, considerando esto, tiendo a escribir procurando utilizar todo el aval de palabras y sinónimos que encuentre, cuidando siempre las exageraciones y manteniendo el tono del texto para que la lectura sea dinámica y llana, sin alejarme, tampoco, de la esencia poética. Así conseguiré ofrecer al lector una lectura en donde encuentre —sin saber que lo estaba buscando— una de esas comodidades que sólo existen dentro de los textos que abrazan y no espantan.
Otra cuestión que entra a tallar aquí es el contenido en su esencia. Comenzaré a hablar amparándome en mi modesta calidad de narrador. Una historia puede ser buena por dos razones: por tener una trama brillante o por estar bien contada. El trabajo de un escritor que no sólo diga sino que demuestre amar su arte consiste en revisar cada detalle y ponerse en el lugar del lector. Lo fundamental que se necesita hacer es utilizar uno de los artificios literarios más complicados que existen: la aparente ausencia de artificio alguno. Que las palabras no se lean forzadas, que todo parezca haberse escrito en el mismo día —en el caso de una novela— y que la expectativa del lector se sostenga desde la primera hasta la última palabra. Así uno podría guardar la esperanza de que, si el lector termina de leer una página, decidirá con gusto continuar con la siguiente, y así hasta llegar al final.
Otra cuestión que entra a tallar aquí es el contenido en su esencia. Comenzaré a hablar amparándome en mi modesta calidad de narrador. Una historia puede ser buena por dos razones: por tener una trama brillante o por estar bien contada. El trabajo de un escritor que no sólo diga sino que demuestre amar su arte consiste en revisar cada detalle y ponerse en el lugar del lector. Lo fundamental que se necesita hacer es utilizar uno de los artificios literarios más complicados que existen: la aparente ausencia de artificio alguno. Que las palabras no se lean forzadas, que todo parezca haberse escrito en el mismo día —en el caso de una novela— y que la expectativa del lector se sostenga desde la primera hasta la última palabra. Así uno podría guardar la esperanza de que, si el lector termina de leer una página, decidirá con gusto continuar con la siguiente, y así hasta llegar al final.
Para finalizar, quien diga que escribir es sólo una actividad que consta de la simple acción de aprovechar el tiempo o saber colocar palabras, o quien menosprecia el arte de las letras por creerse superior al manejar números —mérito que no le quito pero tampoco lo maximizo—, debería reconsiderar su idea. Escribir es un trabajo de precisión, si no pregúntenle a los grandes de la literatura, clásicos y contemporáneos. Todos, sin excepción, han tenido que sudar el cerebro y poner las palabras en su sitio, tirando de todas las ramas posibles y revisando una y otra vez lo plasmado para ofrecer lo mejor de sí mismos. Hablo de escritores sinceros y entregados al amor por las letras. Personas que escriben lo que de verdad anhelan y no los que se entregan a los parámetros establecidos por un público que les conviene. Escribir es el arte más bonito que existe, el más completo, diría yo, porque se pueden ver colores y percibir olores y sonidos cuando se lee. Digo esto por experiencia, porque he leído escritores con esa capacidad. No por nada he dicho que, el día en que deje de escribir, será el día en que habré decidido ponerle fin a mi existencia.






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