Salto con paracaídas
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| Imagen extraída de: lifeunfold |
Los unía esa conexión rara y desproporcionada que une a los extraños. Ambos estaban solos; ambos, como si la compañía del otro pudiese romper las barreras que se habían construido en su interior. Hacía frío aquella tarde. Estaba oscureciendo y en el cielo habían empezado a aparecer las primeras estrellas.
—¿Alguna vez te has enamorado? —preguntó ella cuando se habían acercado a una fuente en la plaza.
Él se acercó al borde y se apoyó. Echó un breve vistazo al reflejo de los edificios que temblaba en la superficie del agua.
—Soy humano. Tengo esa debilidad.
—¿Tu amor fue correspondido?
Una ráfaga de aire agitó el cabello de ambos.
—Sí y no. Los dos sentíamos algo, nos queríamos mucho, pero no formalizamos nada. Estábamos muy lejos.
—Eso debe ser horrible...
—Pero mientras duró fue hermoso.
Aquella facilidad que tenían para hablar de asuntos personales era increíble. Nunca se habían visto, ni siquiera conocían el nombre real del otro, pero en el interior les nacía una sensación de que se habían estado buscando toda la vida. Eran dos completos desconocidos que coincidieron un día y desde entonces no han dejado de sentirse tan en casa cuando estaban juntos.
—¿Y cómo se siente amar? —continuó ella.
Él sonrió suavemente. Tenía una sonrisa rota, de esas que sólo tienen los valientes.
—Yo lo sentí como si me hubiera lanzado desde un avión. Sabía que estaba cayendo, pero me gustaba pensar que volaba. Las vistas, después de todo, eran preciosas.
—¿Y ser amado?
—Como si alguien hubiese escondido todos mis miedos en un lugar donde yo no podría encontrarlos jamás.
Ella miró el reflejo de la fuente también.
—Haces ver al amor como algo hermoso...
—Lo es, el amor es lo más bonito del mundo.
Se quedaron callados.
—¿Sabes? Ahora me quiero enamorar, pero eso no lo elige uno. Qué asco da la vida
—¿Qué te impide?
—Bueno hay varios puntos en mi contra: Estoy loca. Se me hace complicado entablar una conversación con seres humanos. Me da miedo la gente. La mayoría de las personas que me rodean no son ni en el más mínimo de mi gusto.
Tal vez, allá, una persona. Pero se me hace imposible creer que algún día lo amaré.
Él dejó escapar un suspiro.
—Arriésgate. No lo digo por ese «allá», sino por una persona cercana. Arriésgate. Hoy en día, arriesgarnos es lo único que puede hacernos felices.
Aunque al final te lastimen. Mejor es terminar con el corazón roto que con las esperanzas perdidas.
—Es difícil.
—No dije que no lo fuera.
—¿Hay otro camino?
—No veo otro más funcional.
—¿Pero hay?
Él bajó la vista, sonriente.
—¿Sabes? Me gusta pensar que correr riesgos es la única forma de lograr lo que queremos. Ir en contra. Podemos también adaptarnos y avanzar con el mundo y las circunstancias, podemos seguir consejos, podemos hacer todo de una forma tradicional, pero los resultados tardan más tiempo en llegar o quizá, cuando llegan, no tienen la intensidad que esperábamos; no hay esa satisfacción que nos llene. Dicen que es la forma más segura. Yo lo único seguro que veo es que terminaremos siendo como los demás. A mí siempre me ha gustado ser distinto. Y he tenido que romper esquemas, salirme del camino, retroceder donde debía avanzar; avanzar donde debía detenerme. No sé. La satisfacción está ahí, en el riesgo. Correr detrás de un sueño es un placer del que sólo pocas personas podemos disfrutar.
Para ella, él se había convertido en alguien que poco a poco le iba mostrando un paisaje nuevo que siempre supo que existía, pero que nunca supo dónde.
Las luces comenzaron a encenderse a su alrededor, una a una. Las calles fueron iluminadas por aquella luz ámbar y polvorienta de las farolas. Levantó la mirada al cielo. Algunas estrellas ya no eran tan visibles como hace unos momentos.
—Si saltas de un avión, la caída es inevitable, ¿verdad? —preguntó, la voz en queda.
—Sí —contestó él, guiñándole un ojo—. Pero siempre puedes llevar paracaídas.
Aquella noche resultó ser como pocas, una oportunidad de esas que sólo ocurren una vez en la vida. Irrepetibles. Fue entonces cuando ella se decidió a saltar, sabiendo, de antemano, que él saltaría con ella. Que ambos compartirían el vuelo. Que ambos caerían al mismo tiempo, o quizá, uno de los dos salvaría al otro, tras haber llevado, preventivamente, paracaídas.






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