Fases
ENCUENTRO
El deseo de querer es y será siempre directamente proporcional al deseo de ser querido. Uno busca, cambia rumbos, expande horizontes. Intenta algo que le garantice al menos una pizca de esa satisfacción en forma de corazones. Lo bueno de la vida —y lo más doloroso también— es que no siempre conseguimos lo que buscamos. Sucede que a veces buscamos más y encontramos poco, pero también pasa que buscamos poco y encontramos más. Lo mejor, sin embargo, llega cuando no buscamos nada y encontramos a alguien que nos demuestra que vivíamos perdidos. Y entonces se convierte en nuestro hogar.
CONVIVENCIA
Te veías preciosa frente al espejo, y aún mejor frente a mis ojos. Te veías preciosa con aquella falda de rayas y ese abrigo que no usabas mucho. Preciosa desnuda; preciosa con los sueños en marcha, con los ojos abiertos y el mundo a la espalda; preciosa en mitad de la nada; preciosa conmigo, sin mí, sin nadie; preciosa. Fue mi palabra favorita durante mucho tiempo. Si te enojabas o reías a carcajadas, o si te inventabas historias y tenías miedo; aun si estuvieses sin maquillaje, recién levantada, sin ganas de nada, con predisposición a matar el tiempo haciendo cualquier cosa. Preciosa. Antes de ti, esa palabra ya existía, pero no fue hasta que te conocí cuando descubrí realmente su significado.
NUDO
No teníamos que ser perfectos. Nunca, cuando dos se encuentran, los errores se terminan. Aumentan, en ocasiones. Pero lo que sí podíamos hacer era que las aristas afiladas no nos cortasen las esperanzas. Debe ser bonito cumplir con alguien ese sueño que uno ve en otra gente. Dos personas abrazadas, que se quieren a pesar de la distancia kilométrica de su orgullo; dos que se agarran de la mano, dos que mientras ven la lluvia, saben perfectamente que el mejor arcoíris que podrán encontrar siempre será la sonrisa del otro. Todos ellos pudimos ser nosotros. Dime cuánto más tuvimos que sacrificar por rescatar ese amor atado a una gran roca hundiéndose en el océano. Tiramos con nuestras fuerzas (las últimas que nos amparaban), pero no fue suficiente. Supongo que de haberlo sabido antes, hubiera evitado que la angustia nos llegara hasta el cuello. Nuestro amor resultó un naufragio. Cuando dos navegan en aguas que desconocen, no es extraño que ocurran estas cosas. Pero recuérdalo: no tuvimos que ser perfectos. Hoy tampoco lo somos, simplemente tenemos más experiencia.
CONFESIONES
Hubo noches en las que me sentaba delante de mi escritorio a pensar en nosotros. Nos veía como un par de títeres que durante el día permanecían inertes, pero que durante la noche cobraban vida y lo pasaban juntos. Será por eso que siempre pensé que éramos más felices a escondidas, no del mundo, sino dentro de nuestra propia ignorancia. Ignorando los roces, la decadencia, el declive emocional que surgía siempre tras cada discusión de la que nunca se aprovechaba nada, para estar mejor nosotros. Hoy no sé qué decirte. Son tantas preguntas, tanto misterio, tan poca concordancia. No me culpes, si yo antes de ti sólo era alguien que le buscaba un sentido a su vida. Tú siempre me pareciste la respuesta emocional a ese deseo de querer. Me quisiste como ninguna y quizá por esa misma razón decidiste dejar de hacerlo. Que sepas que no te guardo rencor. Sé que no fuimos perfectos, pero también sé que cuando uno se enamora, la perfección se amolda y llega a encajar en esa persona. Tú, de todas, fuiste mi persona favorita. Y aunque haya dado muestras de lo contrario, no espero ni me importa encontrar a alguien que pueda ser mejor que tú. Ni siquiera que te iguale.
DESPEDIDA
Cada vez que leía libros o cartas, lo que menos me gustaban eran los finales. ¿Cómo cargar con la idea de que existe un punto en el que toda la historia, todos los personajes, todo aquel hilo argumental desemboca? Yo me había acostumbrado a ti, a nosotros siendo uno, a mí contigo; saber que hay una barrera infranqueable que me esconde las vistas al futuro me desespera. No sé lo que le depara a este yo en el que me convertiste. Y tengo que admitir que siento temor. «¿Qué será de nosotros?». Esa es una pregunta que nunca quise hacerme en estas circunstancias. Me hubiese gustado dar otro giro. Pero no te diré adiós, porque me parece absurdo. Decir adiós es despegarte, alejarte para siempre, pasar del epitafio y cerrar el libro. Decir adiós y perdonar no se escriben en la misma línea. Por eso no puedo, porque yo te estaré llevando conmigo a todas partes. Y creo que, a mi pesar, me vas a seguir doliendo, sobre todo cada vez que te recuerde.
Así que si aún te queda algo de consideración por mí, déjame pedirte un último favor.
Sólo uno:
Cuídame.
Cuídame mucho.
Pero cuídame de ti.






Comentarios
Publicar un comentario