Las mujeres de mi vida
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| Fotografía por Marat Safin |
Si por alguna razón tengo que mencionar a una persona con quien me es fácil entablar una conversación, con la que me sienta cómodo, con quien sé que puedo, de alguna forma, tener un pase más receptivo para poder llegar a expresarme de manera abierta sin que me cueste, esa persona en definitiva es una mujer. Si bien es cierto que cuando era niño me costaba relacionarme con las niñas, cuando llegué a la pubertad mi facilidad de entenderlas, la aventura de descubrirlas, el sentirme como en casa a su lado, cambió totalmente mi percepción hacia ellas. Nunca he sido ajeno al mundo femenino. Tengo una madre preciosa, hermanas a las que adoro, primas con las que compartí aventuras infantiles, amigas por las que daría la vida, y en todas ellas he encontrado laberintos, resoluciones, matices distintos y tan iguales, escalas de formas decorativas que me sirvieron más de una vez para darle sentido a mi mundo, tan complejo en ocasiones.
No digo que mi círculo social se componga de mujeres solamente, pero en su mayoría lo son, así como mi círculo íntimo. Es difícil para mí lidiar con hombres que a mi edad —por naturaleza propia— piensan en cosas superfluas. No sé qué responder cuando me preguntan de qué equipo de fútbol soy hincha, ni quién conducirá el fórmula uno en tal competencia, o qué discotecas frecuento o cuáles son mis burdeles favoritos o marcas predilectas de cigarros y cervezas. Sé que estos temas no son exclusividad masculina, pero sí al menos de manera generalizada. También soy consciente de que muchos de los amigos que tengo tienen una visión del mundo y la vida por encima de la habitual y doy gracias a Dios por ellos, porque me demuestran que no estoy solo, que hay quienes, como yo, se sienten un tanto alejados de la cotidianidad. No por nada tengo un mejor amigo, tan loco y cuerdo, tan filósofo y poeta, tan idiota como inteligente. Esto no quita que me siga siendo difícil dar con hombres así. Con las mujeres de mi edad, en cambio, es convencional hablar de una retahíla de temas, casi siempre tienen un as bajo la manga que sirve de aliciente para desencadenar una conversación tras otra y así sucesivamente. Hablar con mujeres mayores que yo, por otra parte, constituye uno de esos placeres a los que casi nunca suelo renunciar. Si las de mi edad —las chicas menores que yo, incluso— ofrecen un mundo, las que me llevan tres, cuatro o tantos años ofrecen un universo entero.
La aventura de conocerlas, de sentirme fácilmente identificado con ellas, de descubrirlas, de llegar a ese punto en el que dejo de ser un amigo para convertirme en un confidente, es una sensación que no cambiaría por nada del mundo. Con ellas no me esfuerzo por sentirme cómodo, ni finjo interés en sus comentarios, todo fluye de una manera tan natural y en esa calma me desenvuelvo como pez en el agua. Esto, claro, no me pasa con todas, pero sí con las mujeres interesantes, con esas que, pese a todo lo que conozco y sé, me hacen sentir pequeño. Aquellas cuyas mentes son universos secretos. Aquellas por las que valdría la pena pasar la vida escribiendo.






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