Este tren que nunca se detiene

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Una de las cosas que más me ha costado —y que, dada mi naturaleza, me seguirá costando, evidentemente— es aceptar que en la vida de otra persona resulto siendo una lección más. Hoy me he puesto a pensar en ello y he contado a muchos con quienes he compartido algo más que una anécdota. Con la mayoría, el salón de clase; con otros, un paseo en autobús, un encuentro fortuito en la playa o en el campo, una mesa para almorzar, y así. Han sido personas de las que recuerdo mejor sus caras que sus nombres. Y ya no están. La lejanía de ellos me duele menos que la de aquellos con quienes he sido yo, es decir, siempre me van a hacer falta aquellos a los que he querido más.

Quizá por ese miedo a que me olviden por completo, he querido ofrecerles algo que —luego de haberlos conocido mejor— supe que nadie les había dado. En todos dejé una parte de mí, algo que contar después, algo que, al oír mi nombre, les haga sonreír y piensen que aunque quizá nuestra relación no duró mucho, valió la pena. Porque creo que fuera del dolor que provoca en su momento esa pérdida, lo que realmente importa es que, mientras estuvo conmigo, he logrado aportar algo significativo a su vida. El dolor luego se desvanece y en lugar de la cicatriz se forma una piel nueva, un lienzo con esos recuerdos enmarcado y que en lugar de doler, adorna. En todos ellos hice un hogar y me sentí a gusto. Tanto así, que —no puedo negarlo— en algún momento creí que íbamos a estar juntos siempre.

A modo de curiosidad, la última persona con la que confié en un siempre me dijo que nadie iba a quererla más que yo. Se equivoca. Pueden quererla más y mejor. Alguien lo hará y a mí me relegará al papel secundario de sus recuerdos más bonitos. Tarde o temprano nos olvidan, nos dejan en el lugar que merecemos: el pasado. No es de extrañar. No es algo que debamos superar, sino más bien, aceptar. La mayoría de veces ocurrirá lo mismo, pero eso no significa que vamos a quedarnos solos de por vida. Llegará alguien que se quedará para siempre. Llegarán a querernos y a aceptar nuestra manera de quererlos a ellos. Querrán cambiarnos también, y eso, lejos de ser algo malo, es favorable, siempre y cuando cambien nuestros malos hábitos, nuestra negatividad, nuestros defectos. Nunca terminarán de hacerlo, claro, pero también, una de las demostraciones más sinceras de corresponder esa buena voluntad es tener la disposición de hacer todo lo posible porque eso suceda.

Y mientras ese momento llega, ¿qué nos queda? Seguramente aceptar a quienes la vida nos ponga delante o pasar de ellos, prescindir de la aventura o arriesgarnos, adaptarnos a su compañía y luego dejarlos marchar, o irnos si quedarnos ya no tiene mucho sentido. Va a dolernos, vamos a sufrir, va a costarnos asimilar. Pero sobre todo, vamos a aprender. Y luego, ya lejos, ya superados, lo recordaremos todo. Incluso nos preguntaremos qué hubiera pasado si, o qué estaría pasando ahora. Lo más importante de todo este embrollo es, sencillamente, entregar ese tipo de cosas que nos hagan sentir tranquilos al recordar que la responsabilidad de aquella ruptura no la tenemos nosotros. Saber que lo intentamos. Y que pese a todo no se pudo.

En fin. Una estación más de este tren que nunca se detiene.

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