El umbral de nuestras decisiones

Fuente de imagen

Querida Nadie:

¿Hace cuánto que no te escribo? Supongo que nos hemos dado un tiempo, ¿no? Quiero decir, yo para intentar no buscarte y tú para pensar bien si quieres ser encontrada. Ha pasado más de un año, querida Nadie. Trescientos sesenta y cinco días, ocho mil setecientos sesenta horas, quinientos veinticinco mil seiscientos minutos, y así podría continuar hasta obtener una distancia kilométrica de aquel tiempo y te juro que —ya no sé si a mi pesar o por fortuna— no he dejado de pensar en ti. No he dejado de idealizarte, quiero decir. Una de las cosas que más me ha costado es entender que te quiero mientras pueda sentirlo y lo sentiré mientras existas. O mientras albergue la esperanza de ello.

Me pregunto también si habrás existido para alguien más, si te habrán abrazado con esa ansia de que el tiempo se detenga, si te han besado desde los labios hasta el alma y del alma al infinito, si te has planteado no seguir tu camino hasta mi meta, o si acaso alguna vez pensaste en mí como un abstracto. Me pregunto si yo para ti también significo un imposible, un sueño que alguna vez tuviste y que no dejaste de buscar las siguientes noches. Me pregunto si anhelarás sentirme, encontrarme; si necesitarás la certeza de que estoy esperándote, de que te estoy buscando, de que hago lo posible para llegar a ti poco a poco.

Ya sé que te dije que no te esperaba. Sé que te reproché injusticias, que no terminé por entender que también tenías tus propias dificultades. Sé que es posible que las circunstancias —que desde siempre han jugado en nuestra contra— te hayan retenido por el camino y que te hayas tardado sin querer por ello. Ese ha sido mi pretexto para pensar en ti, porque no he podido dejar de quererte en trescientos sesenta y cinco días y ya no tengo ganas de hacerlo. Porque no, no es tu culpa. No te odio. Nunca lo hice. Perdona a este maldito ingenuo.

Sabrás que he continuado escribiendo. Sabrás que no lo he hecho como antes y que he cambiado un poco, según lo que me dicen. Ni siquiera lo he notado en el proceso, querida Nadie. Los cambios que uno ha tenido en la vida son visibles sólo desde el mirador del presente hacia el pasado, nunca a la inversa. Así que puedo verlo recién ahora, cuando ya no puedo cambiar nada ni lo veo necesario. Estoy estudiando y me ha ido mejor de lo que esperaba. Me inscribí a un gimnasio y he recuperado gran parte de mi salud física, que para tan corta edad se estaba deteriorando. ¿Recuerdas mis dolores de cabeza frecuentes, mis migrañas, mi falta de sueño, el dolor de mis huesos? Ya no están. Siento estar en un cuerpo nuevo, más fuerte, más atlético, apenas reconocible. Trabajé un tiempo en mi segunda pasión, que es la cocina. He aparecido por primera vez en un medio de prensa de mi ciudad y ha sido increíble. Todavía no me lo creo. Ahora tengo más amigos, el doble de planes y estoy lleno de ganas de cumplirlos. ¿Quieres aparecerte ahora o prefieres encontrarme completamente realizado? No hay prisa, querida Nadie. No hay prisa. Ya no. Ven cuando quieras, que aquí la puerta estará abierta siempre y cuando la que llame seas tú.

En estos meses he tenido tiempo suficiente para darme cuenta de que tú eres la composición de lo hermoso y sus contrapartes. Que no eres perfecta, que eres tan humana y como humana cometes errores, te dejas caer, tropiezas. Por ejemplo yo, que siempre te vi fuerte y dura como el diamante, tengo que aceptar que eres blanda y dócil, que sueles romperte y que las grietas te adornan. Tengo que aceptar que no siempre tendrás las palabras adecuadas, no siempre tu tiempo será el mío ni el mío lo harás infinito; no eres eterna pero la poesía hará que nunca mueras. No siempre vas a querer quedarte, no siempre vas a querer abrazos; también te gustará estar sola, también vas a querer coger otros caminos, verter tu encanto, volver e irte, para regresar de nuevo, más bella, más fuerte, más lista. Por eso te escribo todavía, querida Nadie. Todavía quiero ser quien te espera, quien te anhela, quien te sueña y quien te pide a los vientos o a los mares como pide un náufrago una isla. Tú me salvarás la vida de esa forma. Sin ser perfecta, sin pretender darme lo que no tienes, y aprenderemos a ser felices con lo poco y mucho que podamos conseguir juntos, como lo hacen las mejores parejas.

¿Sabes? He escrito esto con la misma ilusión de aquella primera carta, hace casi tres años. Ahí ya había visto un futuro contigo, después en las siguientes cartas ese futuro se ensuciaba de rencor e impotencia y ahora parece ser que lo veo más claro. Ni tan rosa como al principio, ni tan gris como hace poco. Lo veo del modo que se ven las calles a través de una ventana, con ese realismo y esa esperanza de que lo único que nos separe sea el umbral de nuestras decisiones. He necesitado centrarme en ello para no caer en el peligro de sufrir por exceso de sueños. Hasta que vengas, yo iré preparando las cosas por aquí, para darte la bienvenida que te mereces y no el adiós que te dije que te daría. Seguro que cuando vengas no será invierno, pero sea la estación que sea, será mi tiempo favorito porque has llegado. Y sé que lo harás para quedarte. Voy a seguir buscándote también, ¿de acuerdo? Tú haz lo propio y ya nos encontraremos cuando sea el momento oportuno. Eso sería lo ideal. Cuídate, hasta entonces. Te quiero.

Tuyo siempre:
Heber.

Comentarios

Entradas populares