Blanco fácil de la nostalgia
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Todo este tiempo he estado mintiendo y lo he notado luego de haberme despedido de la última persona con la que compartí una buena charla, donde no faltaron las risas ni las reflexiones, de esa clase de pláticas que tengo una cada mil veces. Todo este tiempo he querido creerme una mentira, no con la intención deliberada de no aceptar la realidad, sino por la necesidad inconsciente de la supervivencia. Mucho he dicho acerca de que me gusta estar solo, que disfruto la lejanía, el ensimismamiento misterioso y lleno de silencios, el que nadie me conozca, el caminar a mis anchas, el enfrentarme a la vida todos los días con mis propias fuerzas sin más compañía que la de mi sombra.
Pero no. No es cierto.
¿Cómo es que he tardado en reconocerlo? Y han pasado tantos años de eso, tantas oportunidades que he perdido, tanta resignación, tantas sonrisas que regalé con el propósito de evadir un cuestionario que le permita a mi interlocutor (sea quien fuere) conocerme un poco más de lo que estaría dispuesto a ofrecer de mí mismo. Lo cierto es que, y a la luz de estas recientes cavilaciones, la soledad no me gusta. Me encierra en casa y me hace creer que mi mundo son esas paredes y esas mesas, llenas de papeles o desórdenes varios, en los que transcurren sin piedad mis minutos, mis horas bajas y altas, las más productivas e infructuosas. No salgo porque me deprime caminar solo, ir solo a los sitios, disfrutar sin alguien al lado. Me deprime ver a gente que tiene con quien reír, me deprime la felicidad ajena, saber que otros disfrutan lo que yo estoy destinado a envidiar. Necesito quedar con amigos siempre, saber que un lugar nos espera, compartir los momentos porque la amistad es lo único que embellece a mis ratos libres. Para lo que sea. Caminar, conocer nuevas rutas y destinos, para comer algo o simplemente para hablar de la vida y lo mucho o poco que hemos podido conseguir mientras no nos hemos visto.
Me he dado cuenta de que no soporto la soledad porque antes no me había atrevido a contradecirla. Si ella decía que sí, yo obedecía; si ella decía que no, yo bajaba la cabeza. Pero un día me enfrenté a mis propios argumentos y me prometí serme sincero, y acabé por reconocer que soy más feliz cuando comparto momentos con alguien. Que respeto y hasta envidio a quienes pueden desenvolverse en cines, restaurantes, paseos, plazas o parques sin nadie al lado y que eso no les suponga ningún peso encima; yo no puedo. Lo he intentado pero en ninguna oportunidad he estado exento de inquietudes. Siempre he deseado tener a alguien acompañándome, sino le dejo mucho espacio a la tristeza; me convierto en blanco fácil de la nostalgia. No necesito de una multitud, sino de las personas adecuadas. Esas que me transmiten la sensación de que los días no serían los mismos sin su compañía son la clase de personas que necesito en mi vida.






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