Catarsis contenida
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La mirada perdida, un nudo en la voz, arena en la garganta: lo que me caracteriza en estos días es parecerme más a un espejismo que a una persona. Soy una sombra en los pasillos, una silueta etérea en los salones, un hombre con el ánimo a rastras, un niño que rompe lo que toca. Soy una letra sobrante, la hache que todo el mundo ve y nadie pronuncia.
Estoy en esa etapa de la desgana, de no querer conseguir nada por muchas posibilidades que tenga. No quiero intentar, no quiero probar, no quiero arriesgarme, no quiero y no porque tenga otras prioridades, sino porque en verdad no me siento capaz de llevar a cabo acciones que ahora mismo me parecen hazañas. No siento la ilusión, no me crecen alas, no me pongo nervioso.
A veces creo que estoy triste, pero debe ser una tristeza muda, una tristeza de esas que ahogan mis expresiones, porque no lloro, no me duele el pecho ni me roba el sueño ninguna sensación de ausencia. Es una tristeza sin lágrimas, inexpresiva, pero que me pesa y la siento, como una presencia constante, una voz en mi interior que me recuerda a ese grito callado, a la catarsis contenida. Tampoco me siento nostálgico, ni solo. Estoy en una especie de limbo adormecedor que me quita las ganas de sentir y, por ende, de ilusionarme al punto de rendirme ante la sola proyección de un futuro. No doy el primer paso. Nada. Soy una figura que simplemente está ahí, pero que no forma parte de ningún paisaje. Soy fácil de ignorar, como se ignora aquello cuya existencia carece de valor. Un declive. Sólo soy yo.
Me paso los días arrastrando interrogantes. ¿Por qué ya ninguna mujer me roba el sueño? ¿Por qué, al ser consciente de una entrada, de una invitación escondida tras un gesto de cordialidad o una mirada inquisitiva, afable y pretenciosa, no me atrevo a dar un paso más y, en cambio, me desisto, sigo en esa ruta de la indiferencia, con la certeza apabullante de estar haciendo bien las cosas para, después, pasar largos momentos a solas arrepintiéndome? ¿Qué me detiene? ¿Los recuerdos, el futuro, la inexperiencia, el miedo, las dudas...?
A veces pienso que, en mi ingenuidad, cometí el error de entregarle todo lo bueno que tenía a quien nunca debí hacerlo; tal vez siento que ya no tengo nada que ofrecer, que si alguien viniera se encontraría con un terreno baldío, infértil sentimentalmente hablando; alguien con la mirada llena de dudas y certezas, con una boca que dice te quiero y un corazón que no siente esas palabras.
La única explicación que puedo arañarle a todo esto es que, cuando dos se juntan, se crea un idioma que los enlaza a través de gesticulaciones, palabras clave, risas o miradas que conforman un código único que puede ser decodificado solamente por los hablantes de esa lengua. Una caricia es sólo una caricia viniendo de cualquiera; pero se vuelve distinta cuando te la da cierta persona. Una plática siempre será una plática cualquiera, tal vez interesante, tal vez profunda, pero adquiere un matiz distinto cuando esa plática la sostienes con cierta persona. Es inevitable, no procuremos negarlo: no es lo mismo con ella que con el resto. Es esa complicidad, esa exclusividad, aquella rutina de ecos y reflejos, la que convierte a las acciones en un lenguaje hecho por y para dos solamente.
Tal vez por eso es que me siento como un extranjero en las fronteras del resto. Un portador de una cultura extraña, ajena a su cotidianidad, tan familiar como la lava y la nieve; tan oportuno como una carcajada en un velatorio. Sus vidas son suyas, sus planes, sus sueños, todo eso que estoy destinado a contemplar de lejos; sus caminos no me pertenecen, mi nombre no cabe en sus listas. Así que rehuyo los eventos, adquiero una actitud de soslayo ante quienes me rodean, como si intentase mantenerme al margen, quieto, invisible, como una sombra proyectada sobre el pavimento que todo el mundo pisa.
Lo cierto es que, aunque mi soledad sea voluntaria y mi voluntad reacia, en el fondo continúo esperando. Las personas como yo, aunque permanezcamos la mayor parte del tiempo a la defensiva o con las ganas por los suelos, aguardamos la esperanza de ser encontrados, de que alguien, al pasar, nos note dentro del paisaje, nos haga encajar y comprenda que, sin nosotros, nada de lo que existe sería lo mismo. Sueño con que alguien me mire y se quede sin ganas de mirar al resto. Sueño con que alguien me despierte y me haga entender que la vida es eso que me pierdo por estar siempre a oscuras, encerrado en mi silencio. Sueño con existir para la persona correcta y crear un nuevo idioma, que sea nuestro; una lengua compartida, un secreto mutuo, exclusivo, de aventuras al atardecer, de caminatas al infinito; una lengua que traduzca las emociones, los gestos, y que me permita recuperar la esperanza y la fe en aquello que ya había dado por perdido: yo mismo.
Pero no estoy triste, ni nostálgico, simplemente estoy esperando, soñando siempre, silencioso y solo, como el dolor detrás de una sonrisa, como la fuerza que se va acabando tras cada empuje, tras cada intento, con la mirada perdida, un nudo en la voz, arena en la garganta...





Totalmente hermoso 😭❤
ResponderEliminar¡Muchas gracias, anon!
EliminarQue caricia al alma estas palabras, hermoso.
ResponderEliminar¡Muy amable! Mil gracias.
EliminarWow, maravilloso
ResponderEliminarMuy amable. Te mando un abrazo.
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