La respuesta que no me pediste
![]() |
| Fuente de imagen |
Apareces en mi bandeja de entrada, trayendo a mi memoria tu nombre, como quien procura dejar encendida una llama por temor a que se apague del todo. Fue en un segundo aterrador que me descolocó por completo: al leer tu mensaje supe que eras tú de inmediato, porque ningún anonimato te ha sabido ocultar de mi intuición. Un escalofrío me recorrió el cuerpo y me hizo temblar. Entendí entonces que por mucho que pase el tiempo siempre voy a sentirme nervioso si eres tú quien me dirige la palabra.
Ahora eres ajena, claro. Ajena como un tesoro codiciado, como una flor que reina en su propia primavera. Ajena y enigmática, lejana, distante. Si antes de perderte ya te veía de ese modo, ahora que has anclado tu futuro al de alguien más, esa certeza simplemente se solidificó, volviéndose irrebatible. Porque ahora no hay ya más oportunidades, no hay segundos viajes, nuevos «quizá» que nos pintaban los sueños de ese color de las violetas que tanto te gustaban. No hay más ciudades, ni calles que cubrir con nuestras sombras. Ya no hay nada. Ahora no son mis poemas los que te quitan el aire, no soy yo el que ocupa tus sueños, ni mucho menos el que colocó su vida en un anillo para compartirla contigo.
Supongo que de nada sirve ahora hacer especulaciones sobre nuestra vida juntos, porque de ella sólo quedan fantasmas. Se murió en el momento en que aceptamos que una distancia siempre es más fuerte que el sentimiento, aunque este fuera correspondido.
Me pregunto si eres feliz. Si acaso, al llegar al altar, sabías que tomabas la decisión correcta. Me pregunto, es más, si acaso hubo altar, si realmente te vestiste de blanco o si la practicidad te llevó a formalizar todo en un papel que nunca aceptaría mi firma al lado de tu nombre. Me pregunto por tu madre: si él supo cumplir sus expectativas. Si lo aceptó de buenas a primeras o si tuviste que convencerla. Y a estas alturas, me pregunto también si él te ha conocido al punto de franquear esa barrera que nunca me permitiste atravesar. Me pregunto si te conoce ya, si habrá aprendido a leer tus gestos, a identificar tus silencios, a asociar una mirada con un deseo, una caricia con un mensaje, un beso con las canciones. He de admitir que quiero pensar que sí, que has olvidado nuestras promesas, el futuro de esa vida que nos resultó imposible. Y está bien, no me malinterpretes. Quiero decir, los finales son inevitables, y antes que verte deambulando entre mis sueños, prefiero que vivas el tuyo, el que has construido con alguien que probablemente no sepa que eres dueña de tantos poemas, de tantos sentimientos, de tanto anhelo.
Déjalo con la ignorancia, si es que la tiene. Que no sepa cuánto me dolió que me alejaras. Que no sepa de toda la tristeza que llegué a provocarte. Que no sepa de nuestras canciones, de los libros que llevan nuestros nombres, impresos para vivir tal vez incluso más que nosotros. Sólo en ellos volvemos a ser los de antes, es lo que me queda: la evidencia de un amor que fue real mientras existió.
No quiero mentirte: no me alegra que seas feliz a su lado. Tampoco me duele. Es más bien un sentimiento de total indiferencia, porque para mí siempre serás mía, siempre me pertenecerá esa sonrisa que nacía acompañada de un poema. Siempre te tendré para mí, bonita, especialmente cada vez que te rescate de ese baúl de los recuerdos que habita en mi memoria, ahí donde todavía me quieres, donde nunca nos fuimos ni tuvimos miedo. Te tendré porque nos pertenecen las personas a las que alguna vez también les pertenecimos, aunque se hayan ido, aunque estén con alguien más. Siempre serán nuestras porque nadie puede despojarnos de nuestro recuerdo.
Desde un principio supe que no fue una casualidad haberte conocido y ahora que has vuelto tampoco ha sido una casualidad. Sucedió aquella tarde. Me encontraba escribiendo un texto, recordándote —porque para recordarte no necesito que vuelvas—, y al revisar la bandeja de entrada, ahí estabas tú. Por eso fue el escalofrío, porque pensé que te había invocado con mis pensamientos, que asomaste atraída por mi nombre, un nombre que te llamaba sin voz ni sonido, sino en la mente, donde se esconde todo aquello que nos controla: el subconsciente. ¿Era posible, acaso, tanta coincidencia?
Has de saber que también me has visitado en sueños, siempre teñidos con esa aura propia que nos inspira el anhelo de una vida perdida, arrastrada por el tiempo inexorablemente. Te soñé varias veces y en todas ellas me mirabas como queriendo hacerme preguntas; y yo te devolvía una sonrisa triste, de resignación, acompañada de ese silencio que ponía fin a las tristezas, como despidiéndome de ti de manera definitiva para reconciliarme con la idea de verte formando una familia, envejeciendo acompañada, sin dormir sola por las noches, visitando lugares paradisíacos a los que jamás hubieras ido conmigo.
En fin... Dijiste no querer una respuesta a tu mensaje, pero sabes que nunca he sido de controlar mis palabras. Sólo tú tenías ese control cuando aún no te habías ido, pero ahora que no estás esa soberanía escapa de tus facultades. No es con mala intención. También sé que en realidad sí querías que te respondiera, así que quiero que sepas que estoy bien. No tanto como tú, pero lo intento. Ahora mis anhelos de romance los he reemplazado por el anhelo de los proyectos realizados con éxito. Tal vez tendría que calificarme como un materialista, pero es algo que no me importa. Me importa saber que, aunque sea por un instante breve, tú tampoco me has olvidado. Eso ya de por sí me dice muchas cosas, teniendo en cuenta tu pésima memoria.
Sigue amando las orquídeas, chica poesía; sigue amando las violetas, las canciones de Birdy, y atesora mis libros todavía, porque son nuestros: yo los escribí pero la inspiración la pusiste tú.
¿Recuerdas que alguna vez dije que algún día iba a llegar alguien que, en lugar de poemas, iba a dedicarte la vida? Sinceramente, espero que ese alguien sea él, que tu búsqueda por fin haya terminado.
Tuyo, siempre que me recuerdes:
Heber.






Comentarios
Publicar un comentario