Todavía quedan seres humanos
Hoy pasaron cosas bonitas. No bonitas en el sentido de que cualquiera a quien se las contara moriría de envidia, sino de ese sentido que enmarca la belleza particular que poseen las cosas simples.
Terminé de leer un libro y pues, como ya es de costumbre, lloré al final. Todavía no logro entender si fue porque en verdad era bueno o porque no volveré a leer otro capítulo como los que había en él en toda mi vida, aunque creo que viene en el mismo paquete. Lo cierto es que no volveré a ver las cosas de la misma manera nunca más. Creo que para que un libro sea bueno, el autor debe lograr eso, influir, cambiar cosas.
Sucedió también que mientras leía, una chica abrió el puesto de información turística que estaba al frente de donde me había ubicado. Cada vez cambian de empleados y esta vez le tocó a ella. Era muy guapa, o, mejor dicho, es. La miraba de reojo, como lo hace alguien que planea una meta grande pero siente miedo de realizarla. Si lo pienso, es lo último que me ha ocurrido: Mirar a quien me gusta de reojo.
Sucedió también que a mi lado había una persona ciega, pero que tiene un talento fenomenal cantando. Había puesto su parlante con batería y cantaba logrando que muchos formaran un ruedo para oírlo y admirarlo. Un par de turistas mochileros, de esos que hacen collares o pendientes para venderlos y sobrevivir, lo vieron. Y, al parecer, no tenían dinero para depositar en el frasco que el cantante había dispuesto sobre su parlante, pero llevaban fruta. Y le dieron fruta. Y el artista quedó muy agradecido.
Cosas como esas me encienden de nuevo ese pensamiento en que quizá no todo el mundo es malo, que todavía existen quienes son capaces de dar lo que tienen por voluntad, con una humildad admirable.
Sé que son detalles, pero de detalles están hechas las cosas grandes. De pequeños fragmentos estamos hechos todos. Y somos grandes. Lo suficientemente grandes para demostrar que podemos ser superiores a nuestra desidia y desinterés por el bienestar de los demás.
El mundo a veces me resulta un laberinto cuadrilátero con cuatro puertas de acceso. Yo no sé por cuál cara miro al dado, ni me he preocupado por ello. Pero sé que estoy cruzando sus túneles imposibles. Y descubro otras salidas, otras puertas, otras perspectivas y eso me parece bonito. Sé que hay más esquinas por las que tendré que doblar el camino pero hasta encontrarlas seré paciente y disfrutar del viaje, que me parece una odisea. Quizá las cosas mejoren, o si no lo hacen, al menos tengo ya la esperanza de que mejorarán pronto. Porque todavía queda amor en el mundo. Porque todavía quedan seres humanos.






Comentarios
Publicar un comentario