El manjar más codiciado del mundo

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Hoy venía comiendo una hamburguesa mientras escuchaba música. Al pasar por la Plaza, decidí tomar asiento en uno de los bancos para aprovechar también en poner alguna canción que me hiciera compañía mientras terminaba de comer. El reproductor me mostró una serie de listas y elegí la primera, que contenía canciones que más escuchaba y, prácticamente, mis favoritas. Subí el volumen y me acomodé a gusto en aquel banco.

A solas, mirando la gente pasar y con un aire gélido que me envolvía, vi un chico escuálido y con lentes de proporciones exageradas que se me iba acercando. Llevaba consigo una carpeta y una especie de trípode plegable. Me saludó con una amabilidad fingida y creo que también me preguntó algo, porque se quedó sin decir nada hasta que yo asentí también y entonces procedió a disponer su trípode y, sobre él, su carpeta.

Mientras devoraba mi hamburguesa con calma y saboreaba cada mordida como si se tratara del manjar más codiciado del mundo, lo vi extraer de su folio una fotografía grande y me la mostró. En ella pude ver un montón de vacas sobre un prado verde y un cielo tan limpio que parecía sacado de algún cuento para niños. Comenzó a gesticular palabras inaudibles, moviendo los brazos como si estuviera en una conferencia lo bastante sofisticada que los gestos corporales eran tan importantes como las mismas palabras, aunque la única persona que conformaba su público en aquel momento era yo.

Su rostro sintiendo cada palabra me llenaba de curiosidad. A veces cerraba los ojos, y otras veces los abría tanto que parecía llenar la concavidad de las gafas enormes que tenía. En sus manos desfilaron fotografías diversas en donde podían observarse grandes corporaciones de comida rápida, aguas contaminadas y vacas bebiendo de aquellas aguas. Para entonces aquel delgado hombre de lentes redondos se estaba poniendo tenso y, de alguna manera, furioso. En ese momento, mi reproductor me lanzó una de los Foo Fighters: «The Pretender». Al inicio de la canción pude oír más o menos de lo que hablaba, aunque no entendí muy bien algunos de sus términos, por lo que la magia se acabó al son de la batería que hacía su entrada rítmica de lo más estilista. Mientras tanto, aquel muchacho señaló la hamburguesa que comía y con una alarma contenida me mostró una fotografía más: una vaca amarrada de las cuatro patas a una barra de metal; su cuerpo transpirando sangre al tiempo que unos hombres, con mascarilla y guantes, le cortaban la cabeza. Luego extrajo otra en donde había una gran variedad de carnes procesadas. El muchacho emitió una sonrisa, pero sus ojos no dejaban de transmitir desesperación. Señaló la carne para hamburguesas que aparecía en la foto y luego me miró a los ojos con sorna. Parecía a punto de explotar. Me dijo algo y, tal como la primera vez, se quedó expectante. Comprendí que me había hecho una pregunta, así que dije que sí con la cabeza. Sonrió de oreja a oreja, casi aliviado, y me tendió un volante. En él vi una familia sonriendo y, a su lado, algunas verduras. El muchacho me mostró el reverso y con su dedo señaló unos horarios seguidos de direcciones y, más abajo, una breve lista de páginas webs.

Cuando se hubo marchado, terminé lo que quedaba de mi hamburguesa de un bocado y me dirigí al contenedor de basura más cercano. Boté la servilleta junto con el volante de aquel tipo raro y seguí caminando. Más adelante lo encontré hablando con una pareja que sostenía unas hamburguesas en sus manos que habían quedado intactas desde que, supuse, aquel tipo empezó a hablar, y sonreí.

Extraje de mi morral una bolsa y de ella saqué una segunda hamburguesa. Pasé por su lado, con cara de estar saboreándola el doble todavía, y seguí caminando. Hasta entonces sonaba «Without me», de Eminem.

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