Las evidencias de este crimen

Fuente de imagen

Me he vuelto experto en sangrar lo que quiero decirte. La hemorragia es inevitable una vez que apareces en forma de suspiro, en el olor de la lluvia y en el atardecer, cuando comprendo que el sol también se cansa siendo estrella. Sé que no mereces que te recuerde, así como yo tampoco merecí quererte tanto. No merecí darte mucho, endeudarme con una cuenta que supe desde el principio que nunca iba a poder saldar.


Le debo horas a mi sueño, letras a mis libros, tiempo a otras actividades que ejercía con regularidad antes de encontrarte. No supe medir lo que pedía ni lo que entregaba. Siempre he excedido mis propios límites aunque tú fueses la señal de advertencia. Hoy no te olvido, ni te odio ni te quiero. Te miro de lejos, con cautela, porque sé que si me acerco me hieres. Sé que si te hablo me atrapas. Harás que no quiera volver a salir nunca de tus manos, porque eso siempre lo has logrado aunque nunca te hayas esforzado para hacerlo. Tu encanto es intrínseco, inconsciente, infernal.

Tampoco escribo como antes. He olvidado el sabor de la poesía cuando te besa en los labios. Me siento a esperarla en un rincón, pero al parecer nunca llega cuando la llaman. Tiene agenda propia, y creo que no tiene ninguna cita conmigo dentro de lo que cabe su tiempo. No la culpo y a ti tampoco aunque lo pienses. He deseado como no tienes idea encontrar una forma de demostrarte que lo que siento es real y, como todo lo real, decirte que también se ha acabado. Las fuerzas, quiero decir. El sentimiento agoniza pero sigue existiendo, hasta que vuelvas con buenas intenciones, le des uno de esos besos con los que siempre lograbas resucitarme, y lo mandes a volar como antes.

Sé que el amor no entiende de razones. He intentado explicarle que no eres en quien tiene que gastar fuerzas, no eres con quien tiene que soñar, ni mucho menos idealizar tanto. Le pido que te olvide y me reta a hacerlo primero, por eso últimamente no he vuelto a insistir.

Lo cierto es que sangro. Hago de tus recuerdos cicatrices y las abro a propósito. Cuando me sobra la vesania te llamo, pero eso tú no lo sabes. Te llamo como si fueses a escucharme. Ya me conoces, mi obstinación siempre encuentra el modo de convencerme. Hoy me encuentro en aquel rincón. Mis ganas de salir no consiguen quitarse de encima el miedo. No he muerto, claro, pero llamarle vida a esto, incluso a mí me parece un insulto. Perdona si te parece exagerado, pero lo que siento eres tú. Tú eres arte, y el arte es el único desahogo que siempre será justificado. Haz lo que quieras, entonces. Desaparece al menos las evidencias de este crimen, por favor. Deja a mi conciencia tranquila.

Comentarios

Entradas populares