Un cliché irreparable

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La ilusión se apaga en mitad de esta lluvia de verdades,
que cae y rompe en pedazos
este vidrio transparente de mi burbuja.

Abro los brazos pero nadie viene, nadie mira, nadie...

La soledad es un cliché irreparable.

Me corto con las aristas que me salpican en la cara.
La única verdad que conozco
es esa en donde yo nunca consigo lo que quiero.
Últimamente hablo más de derrotas que victorias,
es que la prensa sensacionalista de mi cabeza
no me ha puesto delante ningún otro titular desde hace tiempo.

Todo ocurre adentro,
en mi mente,
donde la situación social es demasiado pesimista,
donde ningún buen trato es suficiente,
nunca nadie se queda contento
(y estoy hablando de mis yo internos,
que sin ser demonios convierten mi mente en un infierno).
Ahí las cosas suceden por orden de gravedad.
Primero los demás, que a diario me dan razones para quedarme solo,
luego lo que tengo, que poco a poco se convierte en polvo
y al final yo, que dejo que todo eso ocurra.

Me identifico con las cosas tristes,
y con la gente sola, sobre todo.
No les hablo porque sino,
dejarían de estarlo
y ya no sería lo mismo.
Quiero sentirme acompañado
por esa soledad que une a los desamparados.

Nadie me dijo que tenía que inventarme una vida.
Escribir es un letargo demasiado doloroso
cuando se hace con un corazón que está en cuidados intensivos.

La vida no me ha enseñado nada, ella pasa y lo único que me da es una mirada despectiva. Los que me enseñaron son la personas y lo que soy es gracias a lo que dejé que ellas hicieran de mí. Eso explica por qué no me siento bien conmigo mismo, por qué siento que el aire me asfixia, que el agua no me refresca, que los abrazos no me abrigan. Me doy cuenta de que estoy solo por lo selectivo que suelo ser con la gente. Y me doy cuenta de lo solo que me encuentro cuando veo a los demás ser felices por algo que yo todavía no logro. Sé que he vuelto pero esto es tan efímero. Dicen que perdiendo también se gana, pero yo sigo con las manos vacías. Si la ganancia es tener cada día más ganas de desaparecer, entonces me lo creo. Soy el mejor de los peores y eso, supongo, es un título demasiado grande aun para mí.

Sea como sea, me conformo con no haberme muerto aún.
Con que alguien se acuerde de que existo mientras me lee,
porque soy mejor escritor que persona.
Tengo que admitirlo.
Escribir me sale mejor que vivir.

Doy vueltas al rededor de este cuadrado, que antes era círculo, porque tuve que recortarlo para que me quepa dentro de casa. Voy pintando las calles de la misma melancolía de ayer, de la del mes pasado, de la del inicio de mi uso de razón. Llevo años sufriendo el mismo malestar. Me duelen las mismas partes del cuerpo, escucho el mismo consejo, la misma puerta está al final del mismo pasillo. Alguna vez pensé en huir por las ventanas, pero afuera sólo hay caminos de regreso. Qué hago, entonces. Aquí mis heridas se sienten más seguras, y de lo muy seguras que se sienten, no se animan ni a sanarse. Se me alargan las horas, apago el despertador porque me levanto siempre antes de que suene. No tomo café, no fumo, no tomo alcohol como si fuese agua, como lo hacen otros. Quizá es que el mundo me odia por no ser como quiere que sea. Al parecer, aquí y en todas partes está prohibido ser uno mismo. Es que, vamos, a los demás no se les ve sufrir tanto por lo que a mí me toma casi una vida. El viento corre a su favor, a ellos los eligen hasta los que sobran.

Quizá no debería ser escritor, sino cantante,
o desempolvar mis sueños de ser pintor o dibujante.
Aprender a tocar algún instrumento además del corazón.
A ver si así me quieren más, o me hacen menos daño.
A ver si así dejo de esperar tanto a alguien.
A ver si lo que sea.
Si me mueven el piso,
si me dan un golpe que me haga olvidar la ausencia,
si me cambian de escenario,
si hacen que el aire corra en sentido contrario.

Abandonar mis sueños para que nadie me abandone a mí.

O no. Mejor despertar y escabullirme por debajo de estas torres que se han caído para caminar lejos. Avanzar de nuevo sin razones. Avanzar sin más motivación que dar la contra. Avanzar porque quiero. Seguir caminando por más costumbre que ganas. Porque una vez más caigo en la cuenta de que la vida es sólo para valientes. Y sólo por el hecho de seguir aquí, arrastrándome por quienes vuelan y mordiendo tierra por quienes se llenan la boca de promesas, valgo lo mínimo para no creer que soy un cobarde.

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