A pesar del fracaso
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Tu felicidad es visible, tu sonrisa no miente y, si miente, tampoco se me haría raro. Porque un tiempo también sonreías por mí, también me esperabas ansiosa, como una niña que anhela un abrazo por haber hecho algo bien. ¿Y qué hacías tú? Existir, por eso te amaba. Te amaba aunque mintieras; aunque ocultaras tus miedos y te ahorraras explicaciones sólo por no preocuparme. Mentías para ser feliz conmigo; ¿ahora también mientes con él?
Yo te veo feliz en sus brazos, eres tan feliz que has olvidado que alguna vez lo fuiste conmigo; pero, vamos, en su sano juicio, nadie querría recordar un intento de amor si en sus manos ya tiene un amor completo. Te veré subiendo al altar, como ocurría en mi sueño, de aquel día que nunca existió; te veré formando una familia, como ocurría en mi sueño, de aquel futuro que nos manda saludos. Y seguiré recordándote, porque aunque ahora tu tiempo le pertenezca a otro, ese otro siempre quise ser yo.
Todavía te puedo recordar llegando: en silencio, con pasos torpes, tan ilusa al pensar que podías cambiarme; mientras que yo te abrí las puertas, tan tonto por pensar que podías amarme. Así pasaron los días; entre confidencias y risas me atrapaste tanto que, cuando quise fijarme, ya habías entrado a fondo e hiciste tuyo todos los rincones de mi vida. Pasé tantas noches preguntándome cómo era posible que ocurriera, por qué no noté que te estaba cediendo todo lo mío: mis pensamientos, mis horas, mis textos, mi poesía. Y luego mi historia dio ese giro apuntando a tu dirección y tuve que acostumbrarme al cambio, a no ser ya el que era, a tener fe en ti y en que esta distancia no nos jodiera tanto. Creí ser fuerte y mírame: todavía estoy mirando al pasado.
Luego estuvieron los proyectos que soñamos, los viajes, las ciudades, nuestro hogar. Los sueños serán siempre sueños mientras no hagamos nada por llevarlos a cabo. Y soñar con realizarlos no basta. Era obvio, lo sabíamos. ¿Por qué, entonces, nos dolió tanto? Supongo que duele más abandonar el futuro que el pasado. Y eso espero que hagas conmigo: que recuerdes lo que íbamos a ser, no lo que terminamos siendo. Tal vez sea mejor así. Yo soy mejor cuando me idealizan que cuando me conocen. O mejor no. Mejor olvídame, al fin y al cabo, en sus brazos no vas a necesitar mi calor; en su boca ni siquiera pensarás en mis labios...
Al margen de ello, la verdad es que terminé queriéndote como nunca había querido a nadie. Y esta verdad se evidencia en cuánto tuve que ceder y doblegarme para ti, cuánto tuve que abandonarme, cuánto tuve que cambiar... aunque supongo que esto se debió también a una debilidad mía por aquello que siempre he buscado y casi nunca he admitido: enamorarme perdidamente de alguien, a tal punto de hacerla feliz porque eso me haría feliz a mí también, pues yo siempre supe manejar las palabras pero nunca aprendí a controlar mis sentimientos. Y cuando te conocí fue inevitable: caí sin remedio y el remedio fuiste tú durante mucho tiempo.
No imaginas de cuántas maneras te he pensado: desde lo más puro y tierno, hasta lo más sucio y carnal; desde lo más iluso y romántico, hasta lo más real y cruel; de la forma más humana posible y con las fuerzas más fatigantes. No imaginas las noches que deseé tenerte, las figuras que anhelé trazar en tu cuerpo, las facetas que quise mostrarte para que supieras de ese modo que lo que ves de mí no es todo lo que soy. Que pude haber sido tu dueño y tu esclavo, tu compañero y guía, tu confidente, tu amante, tu soporte, tu plenitud, tu certeza, tu duda, tu cariño sincero y tu odio visceral. No imaginas las sonrisas que pretendí sacarte, o las lágrimas que quise enjugarte. No imaginas qué planes tracé con la ilusión propia de aquel a quien todo le parecía estar al alcance de un suspiro. No imaginas, tampoco, todas las ciudades que recibieron nuestros pasos, todos los aviones que nos elevaron, todos los paisajes que se detuvieron a mirarnos. Me llevaría toda la vida describirte las sensaciones que quise tener contigo, todos los centímetros que me propuse quemar a la altura de tus labios, todo el tacto y el aroma, todo el frío y el fuego que terminó fundiéndose junto a aquellos poemas que, por desgracia, ahora ya has olvidado.
Supongo que no debería estar escribiendo todo esto, que, en lugar de remover mis deseos, debería estar enfocado en proseguir en la escala de un futuro con otros horizontes, lejos de ti y de mí, cargando con lo que aprendimos, a pesar del fracaso. Pero quería decirte, ahora que ya no volveré a verte, que la vida que dejas conmigo me pesa, tal vez porque aún no estoy dispuesto a luchar solo, pero así como sucedió con tu llegada, el cambio a tu partida pronto me parecerá un camino leve. Yo también me voy, tras haberte dejado tres cartas con tantas páginas, y que no te extrañe si vuelves a leerte en la última carta que aún no publico. Serán muchas páginas también, que te contarán, mejor de lo que nunca pude, de aquel amor que tanto quise que sintieras por mí.
No hace falta que lo diga, pero sé feliz, incluso más feliz de lo que soñaste alguna vez serlo conmigo. Pierde el miedo a ser querida; baja la guardia, deja que él te desnude, deja que te descubra, deja que te disfrute. Deja, sobre todo, que te haga feliz, que nunca podrás serlo de otro modo que arriesgándote. Y eso es algo que yo aprendí demasiado tarde, porque ahora no estás, nunca supe amarte de otro modo.
Inspirado en la canción
Enamórate de alguien más,
de Morat
Enamórate de alguien más,
de Morat






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