Dilección

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Y después de mucho tiempo, volví a verla. Serena, radiante, preciosa. Estaba como la recordaba, pero más ligera de cargas mentales, con ese brillo en los ojos que sólo confiere la experiencia. Caminamos, charlamos; tocamos ese tipo de temas tan trillados entre dos que alguna vez compartieron la vida y que ahora sólo comparten palabras. «Me voy pronto —me dijo en aquel puente, bajo el que transcurría el tráfico de esta caótica ciudad—, no me pienso establecer aquí». Y en ese momento, pensé que «aquí» era mi vida. No me extrañó en absoluto; ella nunca se establecía en la vida de nadie. Barajaba posibilidades, creaba vínculos convenientes y marchaba hacia puertos seguros. ¿Cómo iba a pensar yo, un completo ingenuo, que aquella mujer de secretos y aventuras iba a elegirme a mí? Pero en ese momento, mirando la infinidad de las luces de los autos transcurriendo en ambas direcciones, se me ocurrió una de esas ideas tan locas que vienen casi siempre de la mano de la urgencia por decirlas: 

—¿Y si te acompaño...?

—No seas tonto —cortó.

Y me tragué las palabras. No debí haberme dejado llevar por la emoción.

—¿Recuerdas la primera vez que me fui? —preguntó.

Asentí.

—Fue porque necesitaba el trabajo. Las cosas han mejorado, claro, pero no tanto como para establecerme definitivamente allá...

—Ni allá ni acá —completé.

Me miró a los ojos. La tentación de besarla era incontenible.

—¿Algún día podrás perdonarme? —preguntó.

Resoplé. Perdonarla. ¿Por qué? ¿Por haberme hecho el hombre más feliz del mundo aunque aquello hubiera durado poco más de un año? ¿Por haberme dado un motivo para escribir, para ser mejor persona..., en fin, para vivir?

—No tengo nada que perdonarte —contesté—, pero todavía tengo mucho que ofrecerte.

Ella me devolvió esa sonrisa de nostalgia y esperanza... esa maldita sonrisa la volvía inevitable. Esa sonrisa lo embellecía todo, lo abarcaba todo, lo perdonaba todo...

—¿Y qué puedes darme que no me hayas dado ya? —preguntó.

—El resto de mi vida, esa parte no se la he entregado a nadie aún, ni siquiera a mí mismo.

Ella negó.

—No creo que sea oportuno hablar de esto. No quiero soñar tanto de nuevo para que después las cosas se compliquen y tenga que...

—¿Qué? ¿Irte? 

—Sí. Irme.

—Nos vamos juntos.

—No es tan fácil. No insistas con eso. Estoy aquí porque hoy es mi último día en la ciudad y no quería desaprovechar la oportunidad de verte. Mañana temprano vuelvo a viajar.

—¿Mañana temprano? Entonces tengo tiempo suficiente para hacer mis maletas —dije.

Ella rio.

—Estás loco. Aquí tienes tu vida, tus amigos, tu trabajo, ¿qué te falta?

Tú, pensé.

—Hay algo que tal vez hayas olvidado —dije—. Antes de que te fueras por primera vez, te hice la promesa de esperarte. No me importó pensar en la distancia, en el tiempo que íbamos a pasar lejos, o si alguna vez alguien más iba a venir a mi vida a reemplazarte. Y ahora sigue sin importarme eso, pero tengo que advertirte que ya no pienso seguir esperándote. Ahora pienso seguirte, acompañarte, porque si tú te vas, ahí donde estés también estaré yo; porque nunca tuvimos razones para separarnos más allá de una distancia que puede acortarse. Y si tienes que ir, entonces voy contigo. Porque esta dilección es más fuerte que cualquier problema. Porque te quiero. Y a estas alturas de mi vida no creo que pueda dejar de hacerlo.

Ella entonces me abrazó, intentando ocultar sus lágrimas. No puedo probar nada de lo que estoy a punto de decir, pero en aquel encuentro de nuestros cuerpos, tan cercanos como estaban, sentí que las conexiones más elementales de una pareja volvían a hacerse vigentes. Mi alma había extrañado la suya; su alma había extrañado la mía. Al tenerse tan cerca, volvieron a nacer. Se habían echado de menos desde el primer día que nos alejamos.

—También te quiero —la oí decir.

Sonreí y, casi con timidez, como si fuera la primera vez que iba a hacerlo, la besé. Ese beso despertó en mí sueños dormidos, metas por cumplir, caminos por recorrer, una vida por la cual luchar. Ese beso me confirmó que la decisión de acompañarla era correcta, que no me equivocaba al quererla de ese modo, del modo que sólo pueden quererse a aquellas personas que uno no está dispuesto a perder nunca. Si ella no se establecía en la vida de nadie, al menos yo iba a establecerme en su volatilidad y de ese modo planeaba demostrarle que soy alguien que merece la oportunidad de un deseo sempiterno, la oportunidad de una seguridad que iba a corresponder con mi determinación de vivir para ella, de quererla como nadie la quiso nunca, tal vez como ni yo pude quererla antes. Pero estaba dispuesto a corregir las cosas, si todo aquello me garantizaba tenerla conmigo.

Al término de aquel beso que pareció interminable, solté:

—Entonces, ¿juntos de nuevo?

—Juntos para siempre —respondió ella.

—¿Como la primera vez?

—Y como la última.

—¿Cuál última?

—Esta.

Y supe que esta vez sí iba a ser para siempre.

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