Autoexilio


Salí de la vida de muchas personas; me alejé para formar mi propio rumbo, en una soledad que amo y a la que ya estoy acostumbrado. Sobrepasé límites que ni siquiera me había fijado alcanzar, mucho menos sobrepasar. Erré el tiempo y el lugar, me perdí en mil recuerdos que vinieron al presente a través de mis pensamientos.

Salí de la vida de todos dispuesto a no volver; no esperaba que me extrañaran, sabía que no lo harían, pues nunca dejé una huella tan profunda en sus vidas. Ni un pequeño espacio vacío con olor a ausente se vio reflejado en sus ojos. Vagué sin rumbo con un remordimiento latente; me sentí culpable por abandonar a quienes juré que siempre iba a estar con ellos, pero vi la mirada hacia atrás y ellos ni se habían percatado de mi partida.

Siempre tuve la idea de regresar y disculparme, pero noté que no valía la pena más humillación. Seguí y decidí abandonarlos para siempre, correr el riesgo de no ser recordado nunca.

Creí que me extrañarían; vaya idea absurda, no se extraña a quien nunca se ha tomado en cuenta. Cuando los vi por última vez, ni siquiera los reconocí; estaban mejor, mucho mejor; nada de lágrimas ni sonrisas decaídas, sin preocupaciones y sin risas fingidas, sin cargas y sin nada de qué quejarse. Comprendí entonces que al exiliarme a mí mismo, les había dado el mejor regalo de sus vidas sin razón alguna.

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