27 | 02 | 15
Hoy la vi, y sé que aunque fue en sólo una fracción de segundo, ella también logró reconocerme. Les contaré algo que a simple vista se ve trillado, aburrido y nada interesante. Pero las cosas nunca se perciben de la misma manera mirándolas desde los ojos del protagonista. Yo soy el protagonista. Ustedes los espectadores. Permítanme transportarlos al momento en que sucedió esto:
En mi mundo toda esperanza es, casi siempre, la razón por la que dejo de confiar en algo o alguien. Las circunstancias que se habían entrecruzado en mi vida, y más en este día de febrero, me han abierto una perspectiva del mundo que me convenció de dejar al amor a riendas sueltas para algún ingenuo que ansía una experiencia de considerable efecto lacerante. En lo personal, ya estaba cansado del tema, al punto de cerrarle puertas a solicitudes con relación a tal embrollo y desviar la mirada de cielos color rosa que le ponen a uno en condición de daltónico romántico.
Era, pues, casi las siete de la noche cuando pensaba en esto y consideraba las ventajas de ser alguien despreocupado en aquel rubro amoroso. Caminaba ignorando el paso del tiempo y de la gente sin rostro que se me cruzaba a diestra y siniestra con paso ligero como queriendo llegar a alguna parte y huyendo de cualquier cosa. «El tiempo —pensé— es el verdugo de los impacientes.»
Doblé esquinas, planeando dirigirme a una librería, temiendo que para esa hora ya estuvieran cerradas, y apresuré el paso con la seguridad de quien tiene los minutos contados.
No habría tomado en cuenta la última esquina que doblé de no ser por lo que ocurrió después. La calle era estrecha, lo suficiente apenas para un carril en la pista. Una brecha de una luz azulina separaba los techos de los edificios. La acera por la que caminaba estaba algo desierta, apenas un par de figuras se acercaban desde el otro extremo, caminando con parsimonia en dirección contraria a la mía.
No fue hasta que estuve a unos escasos metros de ellas que decidí mirarlas con mayor detenimiento. Una sombra de indiferencia pareció cegarme la mirada, y me propuse seguir caminando sin detenerme.
Una vez más, en mis tantos pasos en falso, la curiosidad fue más fuerte.
Dirigí mi vista a una de ellas. Me atrajo algo, un nosequé que la envolvía como una bruma invisible. La recorrí con los ojos, distinguí su figura curvada, su piel blanca, su talle delicado, su cuello de cisne, sus labios, sus ojos claros, y aquel cabello castaño y hondeado que le caía por los hombros desnudos. Vestía una falda que jugaba con el viento y no pude evitar encariñarme con su cuerpo. Intenté mirar mi propio horizonte pero me fue imposible. Me parecía que ya la había visto antes, en otro lugar, ella siendo la misma, nosotros siendo los de siempre. De momento ella me miró y sonrió. Sólo entonces lo sentí. Una ráfaga de viento me invadió el pecho, aquel pecho vacío y desesperanzado, y me hizo expirar un aire que para entonces hacía mucho que había olvidado. Suspiré. Me detuve en seco, temblando. Sentí mis pies clavarse en la acera, y me quedé inmóvil, esperando algo o alguien que viniera a salvarme, pero me di cuenta de que la calle estaba vacía. Todo lo que había sucedido hasta entonces había sido en cuestión de segundos, a una velocidad inconcebible. Mi corazón latía con fuerza, como una bomba de tiempo, mientras me debatía entre volver a por ella o seguir mi rumbo. Para cuando me decidí, ya era tarde: ella doblaba la esquina con su amiga, tomadas del brazo.
Bajé la mirada, buscando por dónde había caído mi valentía. Caminé arrastrando los pies, que seguían clavados. El ánimo y la fuerza que me habían caracterizado minutos antes estaban en retirada. Su lugar había venido a ser ocupado por el miedo y el arrepentimiento. Maldije mi suerte, y seguí caminando. Recordé entonces su sonrisa y lo tierna que se veía. Lo linda que era su figura y sus ojos, que hubieran bastado para robarle el sueño a más de un infeliz como yo.
Cuando supe lo que había ocurrido, casi doy un grito. Como si toda la magia del mundo hubiera conspirado a favor nuestro, sus labios me recordaron la promesa de mantener al amor alejado de mi vida, y de lo capaz que me sentía ahora de romperla en mil pedazos si con eso conseguía estar con ella. Pero supe también algo más: que cuando pasó por mi lado tuve ganas de retenerla, de preguntarle su nombre y si me haría el honor de acompañarla. Entendí que quería gritar, decirle que por ella había logrado sentir en un segundo todo lo que en casi dos años no logré sentir por nadie. Pero no quería aceptarlo. Di un paso más, y luego otro, como si con eso quisiera olvidarla, pero no, maldita sea, no podía; ella ya había calado demasiado hondo y ni siquiera lo sabía. Yo quería decírselo, pero algo la sola idea me aterraba. Sin embargo, debía aceptarlo porque cuando supe lo que había ocurrido ya no había marcha atrás. Todavía intentando quitarme la idea de la cabeza, reconocí que en cuestión de milésimas de segundo, lo que había ocurrido en realidad era que, por primera vez, después de un interminable tiempo, me había enamorado.
Era, pues, casi las siete de la noche cuando pensaba en esto y consideraba las ventajas de ser alguien despreocupado en aquel rubro amoroso. Caminaba ignorando el paso del tiempo y de la gente sin rostro que se me cruzaba a diestra y siniestra con paso ligero como queriendo llegar a alguna parte y huyendo de cualquier cosa. «El tiempo —pensé— es el verdugo de los impacientes.»
Doblé esquinas, planeando dirigirme a una librería, temiendo que para esa hora ya estuvieran cerradas, y apresuré el paso con la seguridad de quien tiene los minutos contados.
No habría tomado en cuenta la última esquina que doblé de no ser por lo que ocurrió después. La calle era estrecha, lo suficiente apenas para un carril en la pista. Una brecha de una luz azulina separaba los techos de los edificios. La acera por la que caminaba estaba algo desierta, apenas un par de figuras se acercaban desde el otro extremo, caminando con parsimonia en dirección contraria a la mía.
No fue hasta que estuve a unos escasos metros de ellas que decidí mirarlas con mayor detenimiento. Una sombra de indiferencia pareció cegarme la mirada, y me propuse seguir caminando sin detenerme.
Una vez más, en mis tantos pasos en falso, la curiosidad fue más fuerte.
Dirigí mi vista a una de ellas. Me atrajo algo, un nosequé que la envolvía como una bruma invisible. La recorrí con los ojos, distinguí su figura curvada, su piel blanca, su talle delicado, su cuello de cisne, sus labios, sus ojos claros, y aquel cabello castaño y hondeado que le caía por los hombros desnudos. Vestía una falda que jugaba con el viento y no pude evitar encariñarme con su cuerpo. Intenté mirar mi propio horizonte pero me fue imposible. Me parecía que ya la había visto antes, en otro lugar, ella siendo la misma, nosotros siendo los de siempre. De momento ella me miró y sonrió. Sólo entonces lo sentí. Una ráfaga de viento me invadió el pecho, aquel pecho vacío y desesperanzado, y me hizo expirar un aire que para entonces hacía mucho que había olvidado. Suspiré. Me detuve en seco, temblando. Sentí mis pies clavarse en la acera, y me quedé inmóvil, esperando algo o alguien que viniera a salvarme, pero me di cuenta de que la calle estaba vacía. Todo lo que había sucedido hasta entonces había sido en cuestión de segundos, a una velocidad inconcebible. Mi corazón latía con fuerza, como una bomba de tiempo, mientras me debatía entre volver a por ella o seguir mi rumbo. Para cuando me decidí, ya era tarde: ella doblaba la esquina con su amiga, tomadas del brazo.
Bajé la mirada, buscando por dónde había caído mi valentía. Caminé arrastrando los pies, que seguían clavados. El ánimo y la fuerza que me habían caracterizado minutos antes estaban en retirada. Su lugar había venido a ser ocupado por el miedo y el arrepentimiento. Maldije mi suerte, y seguí caminando. Recordé entonces su sonrisa y lo tierna que se veía. Lo linda que era su figura y sus ojos, que hubieran bastado para robarle el sueño a más de un infeliz como yo.
Cuando supe lo que había ocurrido, casi doy un grito. Como si toda la magia del mundo hubiera conspirado a favor nuestro, sus labios me recordaron la promesa de mantener al amor alejado de mi vida, y de lo capaz que me sentía ahora de romperla en mil pedazos si con eso conseguía estar con ella. Pero supe también algo más: que cuando pasó por mi lado tuve ganas de retenerla, de preguntarle su nombre y si me haría el honor de acompañarla. Entendí que quería gritar, decirle que por ella había logrado sentir en un segundo todo lo que en casi dos años no logré sentir por nadie. Pero no quería aceptarlo. Di un paso más, y luego otro, como si con eso quisiera olvidarla, pero no, maldita sea, no podía; ella ya había calado demasiado hondo y ni siquiera lo sabía. Yo quería decírselo, pero algo la sola idea me aterraba. Sin embargo, debía aceptarlo porque cuando supe lo que había ocurrido ya no había marcha atrás. Todavía intentando quitarme la idea de la cabeza, reconocí que en cuestión de milésimas de segundo, lo que había ocurrido en realidad era que, por primera vez, después de un interminable tiempo, me había enamorado.






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