Un panorama interior
Si a alguien le cansa, de repente, de que hable tanto de ella como algunos me lo han dicho, tiene la enorme libertad de seguir bajando y pasar por alto esto, pero no me detendré si quiero escribir. Muchos, quizá por no estar en la posición que uno adquiere al entregarse a este oficio, ignoran esas ganas incesantes que nacen de repente de querer vomitar sentimientos en el papel o teclear palabras componiéndolas en una melodía que, la mayoría de veces, sólo nosotros conocemos. No existen los horarios ni ningún truco, tampoco cierto protocolo a la hora de escribir, simplemente llega de imprevisto y las ganas son incontenibles. En algún retazo de papel, con lápiz o bolígrafo o incluso con un trozo de carbón sobre madera: todo es válido cuando se necesita y se quiere. Personalmente, cuando escribo sobre ella procuro impregnar una señal que sólo yo conozca, para no confundirlo con los demás textos que paulatinamente tengo la oportunidad de publicar.
Es algo incomprensible el panorama cuando se mira desde afuera hacia dentro, las cosas nunca se ven igual desde el interior de quien intenta ponerse cómodo dentro del mundo y, sobre todo, consigo mismo. Tampoco se entiende la ceguera de uno al fijarse en una persona y que el resto desaparezca. Puedo parecer egoísta en ocasiones, puedo parecer un tipo amargado y orgulloso, de esos que esperan recibir atención y no darla. Pero no, ese no es el problema, el problema es que para mí, al centrarme en alguien, sólo tengo tiempo para ella. Porque a pesar de esa frialdad que en ocasiones inconscientemente expreso, soy tan vulnerable que nadie lo creería. Si me dan ganas de escribir sobre ella lo hago y ya, resulta un modo de quitarme un peso de encima que sin darme cuenta he estado cargando.
Suelo tener musas que ignoran que son mis musas, me ven de reojo o simplemente saben de mí muchas cosas pero no lo que oculto, y es que siempre oculto algo. Mi musa es diferente. Sabe que existo y me aprisiona en un tipo de mundo con exclusividades, donde sólo estamos invitados ella y yo. Y le seguiré escribiendo a ella porque se lo merece y, a veces, más porque me siento obligado a hacerlo. En la narración de todo esto me he encargado de poner un mensaje oculto, que, como dije, sólo yo conozco. Lo dejaré a la deriva porque, la verdad, no me importa. Yo la quiero, espero entiendan. Si siguen leyendo cursilada y media de mi parte es porque la quiero. Y ojalá puedan comprender también que cuando hablo de "ella" o de mi «musa», no necesariamente me estoy refiriendo a una persona.






Comentarios
Publicar un comentario