Ella es feliz ahora
No la conozco, a lo mucho la habré visto un par de veces en el colegio hace unos años. Solía lanzarme miradas furtivas mientras sonreía.
Sabía entonces que de alguna manera tenía curiosidad por conocerme, eso lo sé por experiencia y porque las pruebas eran irrefutables. Yo también quería conocerla y entender mejor las razones por las que no se atrevía a hablarme, quizá por esa absurda idea de que uno debe dar el primer paso. Pero vaya uno a saber. Lo que menos quería entonces —y sigo sin querer— era meterme en líos de esos que le hacen a uno tan ciego que termina por ver todo de color rosa. Y por eso me limitaba a mirarla con esa máscara de indiferencia que siempre me caracterizó al mirar aquello que quería conocer pero a la vez mantener lejos.
Tiempo más tarde la veo de nuevo y por primera vez en toda mi vida cruzo palabras con ella aunque sea por escrito. Es amable, simpática y alejada de esa arrogancia que por un tiempo sospeché que tenía. Me siento algo culpable. No le he dado señales de que me gustaría conocerla más de cerca. En sus fotos aparece sonriente, y supongo que también feliz. Lo cierto es que es preciosa. Diferente. Y muy tierna. Me gustaría decirle que la encuentro de lo más linda, que me gusta observar su cuerpo curveado y esa invitación que esboza al hipnotismo inmediato.
Todavía recuerdo la última vez que la vi sin uniforme y supe que quería perderme en su paisaje. «Tal vez así —pensé—, pueda encontrarme conmigo mismo.» El hecho es que es feliz ahora, o eso parece. Y yo sigo siendo el mismo cobarde de siempre.






Comentarios
Publicar un comentario