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Hoy, mientras esperaba a una amiga en la Plaza de Armas, vi a un tipo sentado en uno de los bancos con un ramo de rosas en la mano. Lo pasé por alto, porque además de ese detalle, él estaba vestido elegantemente, como si estuviera listo para ir a un matrimonio o algo parecido. No me detuve a pensar nada más, no lo creí necesario. La mañana transcurría gris, sólo que no hubo lluvia. La gente pasaba de largo, ajena a la presencia de todos, como siempre había sido.
Cuando me dispuse a dar un paseo para buscar a mi amiga entre el gentío, el tipo seguía ahí, imperturbable, mirando con tranquilidad a ambos lados, buscando —según yo— al grupo con el que había quedado encontrarse. No encontré a mi amiga, así que decidí volver por el mismo camino, esta vez, ya con la curiosidad haciéndome cosquillas en la mente. Me dirigí a la plataforma donde estaban ubicadas las piletas de la plaza y desde allí escruté al chico, que ahora esbozaba una leve sonrisa, seguro de sí mismo.
Una señorita pasó delante de mí. Me quedé viéndola. Había algo en ella, además de su simpleza, que me llamaba la atención. Cuando se hubo acercado al tipo que tenía el ramo de rosas, lo entendí todo. Al verla, se puso de pie y caminó hacia ella. Por su parte, la chica, incrédula, sonrió de oreja a oreja y se acercó lentamente. Lo abrazó con delicadeza. Él la rodeó con sus brazos como si todo aquel tiempo separados le hubiera pesado en el alma. No pude evitar sonreír. «Nos honras, campeón», pensé.
Me levanté a buscar a mi amiga, que seguía sin aparecer. Cuando regresé de nuevo solo, vi que, además del ramo, él le había entregado una pequeña caja que ella estaba intentando abrir. Un hombre obeso los miraba asqueado al frente de ellos. Crucé una mirada breve con él, que siguió mirándolos como si la escena le produjese náuseas.
Volví mi vista hacia el par de enamorados, y me dije que así estaría yo si algún día lograra tener mi oportunidad. Ver estas cosas no es algo habitual, y mucho menos si es en mitad de gente que, o bien te señalan con el dedo, o bien te ignoran, pero que, por lo general, nunca te aceptan. Quedan quienes, dispuestos a desencajar en la expectativa común, se atreven a romper la rutina y acicalan un momento ordinario para convertirlo en extraordinario y, por consiguiente, en inolvidable. Es bonito, creo yo, porque pese a que el tiempo cambia y las cosas no vuelven a ser como antes, quedan costumbres o actitudes que nunca pasarán de moda. ¿Qué mejor que hacerla sonreír para demostrarle con detalles bonitos cuánto la quieres? Yo creo que aún podemos hacerlo. Dejar que esa desidia propia de los que dejamos de ser detallistas por fin se extinga y recreemos un paisaje diferente. Sorprenderla. Vestirnos con nuestro mejor traje sólo por ella. No será mucho, ni lo justo que ella merezca, pero mientras venga de la parte más sincera de nosotros y mientras ella sepa valorarlo, estoy seguro de que valdrá la pena el intento. Ese chico me hizo pensar en que para enamorarla no sólo es cuestión de enviarle mensajes de texto por chat o esas cosas; nada más bonito que verla, abrazarla, esperarla con un ramo de rosas sin importar que la gente cometa el error de juzgar algo que ellos no sienten. A fin de cuentas, lo que vale es lo que ella pueda pensar y si sonríe, sólo con eso, entonces lo habremos logrado. Lo demás resbala. Queda fuera. Simplemente no importa.
Un momento más tarde vi cómo el señor que los veía con displicencia se retiraba, negando con la cabeza. No podemos olvidar, tampoco, a quienes estén en contra de ese tipo de demostraciones. Muchas chicas seguramente envidiarían a la dueña de aquel ramo de rosas. Mientras otras, también, pensarían que aquello es demasiado empalagoso. Como mencioné anteriormente, lo que vale es el momento y la persona. A fin de cuentas, es bonito que mientras existan mentes ancladas a ese pensamiento que estipula sin rubor que los hombres debemos limitarnos a ser los cancerberos de la relación, sean los mismos hombres quienes rompan aquel esquema mal organizado. Los hombres también sentimos, también queremos, también amamos los detalles y también somos capaces de darlo todo por esa chica. Somos leales. Somos todo lo que ella sea capaz de inspirarnos. Y nos convertimos en mejores personas. Todo sea, siempre, siempre, siempre, por merecerla. Mientras ella sepa valorarlo y corresponder el gesto y la actitud, es suficiente.
«Nos honras», pensé de nuevo, mientras los veía sentados en el banco. Luego de darme cuenta de que iba a regresar solo a casa y sin ver a mi amiga, decidí marcharme. Cuando pasé por su lado, vi que él le entregaba una tarjeta hecha a mano. Me sentí reconfortado. Minutos después se levantaron y caminaron entre la gente; él con el ramo de rosas, ella leyendo una carta con una mano mientras con la otra sostenía la pequeña caja. El día continuaba gris, pero ellos, aquel par de enamorados que muchos pasaron por alto, lograron que por un momento el sol devolviera los colores a la ciudad.






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