Ya no está aquí
La chica que conocí ya no trabaja en el mismo sitio. Hoy ocupa su lugar una entera desconocida que baila al son de la más completa indiferencia ante el tontainas que ingresa al establecimiento buscando a alguien que nunca menciona. Reconozco los pasillos, las mesas, los ambientes, pero ya no soy capaz de percibir ese aroma alimonado de su presencia. Ayer pasé muy cerca de allí. Era de noche y la chica nueva conversaba con la administradora. Para las dos soy un desconocido. La única razón por la que me sentía como en casa, o al menos no como un extraño, era por la presencia de la chica que ya no está ahí.
No sé qué pasó. La chica de la catástrofe preciosa terminó por marcharse, aunque supongo que no debería sorprenderme. Hace días que no la veía. No entraba, claro; me limitaba a observarla al otro lado de la calle, a través de las cristaleras. Siempre creí que estaba ocupada, y que por eso permanecía en el interior. Nunca me quedaba más del tiempo necesario. No quería que me tomasen por un loco o algo parecido. Escapaba de ella como se escapa de las personas que más deseamos en la vida. En el camino me declaraba el mayor cobarde de la historia por no aceptar que la seguía queriendo pese a que nunca habíamos concretado nada y mis dotes sentimentales se alimentaban, básicamente, de la idealización que era capaz de conjurar de ella. ¿Qué más argumento necesita uno para dejar de aferrarse a alguien? Quizá el grabarse en la cabeza que, aparte de que nunca vas a ser suficiente, tampoco vas a tener una oportunidad. Ella era como una de esas razones irrefutables de que nunca vas a obtener lo que quieres y que, pese a todo, decides ignorar hasta que, al final del camino, descubres que no llegaste a ninguna parte y que debiste hacer caso a la advertencia desde el principio. Yo no he emprendido ningún camino, pero me he dado cuenta de que no promete mucho. Así que decido finalizarlo antes de que sea demasiado tarde y me encuentre con otra de esas decepciones que bien pudieron evitarse.
Hoy me pregunto dónde estará. Si es feliz. Si el libro que le regalé la ayuda a recordarme y, sobre todo, si eso le sirve de algo. Sé que no, pero eso no me impide soñar e imaginar que en algún momento de su día se detiene a leer lo que he escrito sin saber que mucho de eso lo inspiró ella. Necesito saber que no va a olvidarme y que aunque se haya ido sin despedirse, no la odio. Que no la odié nunca y que no tengo razones sino para agradecerle la compañía que me hizo ocultándose en cada palabra que fluía cada vez que la recordaba. Que su sonrisa hoy es la única prueba que tengo para afirmar que la entrada al mundo de la magia sí existe, sólo que nunca me atreví a entrar. Sólo la vi de lejos. Pero estoy seguro de que allí adentro se esconde un universo precioso, lleno de todo cuanto es capaz de inspirar una mujer como ella; lleno de todo lo que afuera muchos sólo soñamos tener algún día.
La chica de la catástrofe preciosa ya no está aquí para provocar sus bonitos desórdenes emocionales, pero estoy seguro de que, donde quiera que se encuentre, sigue provocando los más peligrosos terremotos. La diferencia es que, en lugar de destruir, crea cosas bonitas. Ésa es su magia. Su esencia. Nunca la conocí del todo pero estoy seguro de que nunca la voy a olvidar como a nadie.
Ha venido para quedarse. Y, contrario a lo que ocurre ahora, nadie va a poder reemplazarla nunca. Nadie. Nunca.






Comentarios
Publicar un comentario