El clímax de su sentimentalismo


Se quedaba callada como si el hablar le produjese algún tipo de fobia. Siempre ha sido de esas chicas que esperan a que alguien se atreva a hablarles antes de ellas tomar la iniciativa. Y no es que sea arrogante, es que le tiene vértigo a las cosas nuevas, porque la mayoría de veces, cuando conocía a una persona, también conocía un nuevo tipo de dolor.

Nadie la veía cuando estaba a solas, pero había ocasiones en las que se encerraba en su habitación, se echaba en la cama y tardaba horas en dormirse. Durante ese tiempo no hacía más que pensar en lo mucho que le gustaría que ciertas cosas cambiasen y lo genial que sería que la distancia terminase para siempre. No porque haya estado enamorada, sino porque hay cosas que irremediablemente nos separan de ser nosotros mismos, de lo que queremos hacer en un momento determinado y los miedos nos lo impiden. Por que sí, todos tenemos miedos, pero no todos sabemos librarnos de ellos. Ella era así. Creo que pueden comprenderlo. También era fuerte, claro. La experiencia le tatuó la precaución en la mirada. Confiar hoy para ella es como uno de esos caminos que piensas dos veces antes de seguirlo.

Nadie sabía lo que escondían sus pretextos, porque no se habían detenido a escucharla. Cuando la veían sonreír pensaban que aquello era todo, sin imaginar que apenas estaban mirando una de las mil caras que pueden tener su estado de ánimo y esa realidad oculta detrás de sus labios. Porque no la menciona. No creía que era necesario mostrarle a los demás quién era por si luego terminaban por dejarla o, cuanto peor, se quedaran sin saber marcharse. Vivía sola y eso le bastaba.

¿Que si tenía conocidos? Bastantes. Pero pocos amigos. Y de esos pocos, no eran ni dos las personas que realmente la conocían. Uno de ellos era especial. Esperaba con ansias el momento para hablar con él porque en poco tiempo se había ganado una confianza única y había hecho lo que ni todas las personas a su alrededor habían logrado hacer en años: abrirle un mundo nuevo, demostrarle cuánto valía, recalcar las virtudes que a veces olvidaba que tenía, pero sobre todo rescatarla. La había sacado de su cárcel, le había dado la mano sin estar presente y le demostró que las cosas bonitas todavía merecen la pena ser consideradas. Ella estaba acostumbrada a ser un tanto autosuficiente hasta que se dio cuenta de que no era tan fuerte como creía. Ese fue el clímax de su sentimentalismo. Las corazas detrás de las que se mantuvo encerrada comenzaron a derretirse ante el calor que él podía darle. A cambio, ella, y sin darse cuenta, le devolvió todos los favores. Le dio un sentido a su vida y juntos conformaron una de esas compatibilidades que surgen una vez cada mil años. Y era aquel año, y aquel día. Y los dos a veces hablaban como si se hubiesen estado buscando toda la vida.

Con él aprendió a confiar, aunque seguía manteniendo sus reservas, pero de todos los puentes, sus palabras parecían más seguras y sólidas, así que si se trataba de cruzar, ella no tenía que pensarlo tanto. Lo cierto es que estaba comenzando a conocer un mundo nuevo. Los dos. Y él la quiso como se quiere a una esperanza. La abrazaba fuerte para convencerse de que ella era real y que valía la pena mantenerse en pie sólo para contemplarla. Ella no podía creerlo, claro; había mantenido distancia de todo lo que era sentimental que ahora, verlo así, le resultaba difícil de creer. Pero había algo en su forma de decirle «te quiero» que le hacía quedarse más. Había ese brillo cuando sonreía, pero nunca supo del todo identificar qué era. Así que se quedó como aquel que se queda sin saber lo que le espera. Tuvo que acogerse a la esperanza y así fue. Los dos sentían lo mismo. Por eso él tampoco la dejaba ir. La había esperado durante tanto tiempo. Porque él había visto en ella la reencarnación de la belleza en todos los sentidos.

Y cuando ella tardaba horas en dormir, él llevaba horas soñándola. Los días para ella eran arduos y después de tanto agobio, él entraba en escena para recordarle que la quería. Aquel era un bálsamo impagable para todo lo que tenía que aguantar. A veces lo olvidaba o simplemente se sentía triste y decidía que era suficiente. Volvía al rincón de siempre, y se quedaba mirando tras las ventanas las calles, como si esperara que de alguna de ellas él emergiese de pronto para decirle cara a cara todo lo que le decía a través de cartas o mensajes. Y odiaba la distancia, aunque no era eso lo que le quitaba el sueño, porque sabía que tarde o temprano iban a tener que encontrarse. La odiaba porque durante mucho tiempo los había tenido por rumbos distintos. La odiaba por no haberle permitido conocerlo antes, aunque también se odió a sí misma por dejarse llevar, pero luego comprendió que las cosas suceden de imprevisto, llegan cuando menos se las espera y nos sorprenden cuando ya no esperábamos nada. Comprendió que aquella era la forma más bonita de querer a alguien: de sorpresa, cuando justo antes se había propuesto no querer a nadie más en toda su vida. Desde entonces las ventanas de todas las ciudades del mundo llevan escritas el nombre de los dos.

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