Cicatrices que nunca curan
Supongo que sólo hacía falta un par de palabras.
Dos que encerraran una verdad irrefutable.
Antes de irse, le dije tantas cosas.
Un millar de palabras como mínimo, pero ella no se inmutó.
Le dije que la quería,
que era doloroso saber que ahora que se iba,
yo no podía hacer nada al respecto,
luego de haber sido yo el que quiso irse y tuvo que quedarse.
Por ella.
Siempre por ella.
Tanto amor
y no poder hacer nada contra la distancia.
«Si te vas, nunca te olvides de éste que soy ahora. Tú me conociste siendo niño y me dejas siendo hombre. Un hombre que quiere dejar de serlo si así consigue también que te quedes y reconsideres las cosas. Me he convertido en quien siempre has querido que fuera: "El tipo de hombre que no tiene prototipo". Ayer, esa victoria que encerrabas en tus brazos era única, una combinación armoniosa entre la paz y el infierno. Porque la paz era saber que existías, pero el infierno saber que no estabas cerca. Así, en un esquema plagado de metáforas e ilusiones y varios lienzos con figuras discordantes, te encontré a ti y me enamoré de tu lado menos dañino. Te busqué pretextos en la espalda. Desvestí tus miedos y te vi siendo niña, mujer; tierna y seductora; inocente y cruel; amor y odio. Siempre fuiste el epicentro de una catástrofe preciosa. Me preguntaban tantas veces que por qué me empeñaba en seguir queriéndote tanto y nunca supe darles una respuesta razonable. "Porque sí", "porque no encontraré a otra como ella", "porque estoy loco", fueron sólo algunas de las cosas que tenía en la punta de la lengua. Yo hoy quiero decirte que te quise por ser tú. Cómo explicártelo sin decirte cosas que ya te haya dicho antes... Quizá es que no existan razones y te quise porque algo en el fondo me decía que contigo era posible cumplir todos los planes que nunca cumplí con otras. Y que necesitaba que fueras tú la última parada en este viaje de soledad que parecía eterno. Quise tantas cosas contigo y por eso me arriesgué. No me importó que fuera demasiado absurdo tratándose de alguien con tantas malas experiencias acumuladas en la mirada y en los ánimos. Fuiste, eres y seguirás siendo especial, sin importar cuánto me dure hoy este proceso de olvidarte, superarte o mandarte de vuelta a esa realidad en la que nunca llegué a conocerte. Joder... Te juro que no me importa. Ya he maldecido la mayoría de cosas que han sucedido en mi vida pero hasta ahora no puedo renegar un poquito, siquiera, de haberte conocido. Y no creo poder hacerlo nunca, aunque sea lo que más esperes.»
Se lo dije en mi mente, después de que ya se hubo marchado.
Dejamos de hablar varios días,
las cosas, obviamente, nunca fueron como antes.
Tuve que desacosumbrarme a la mayor parte de mi rutina
y a aprender a vivir con ese constante remordimiento
de «ojalá nunca hubiera sabido lo que sentía por ella».
Porque, tengo que admitirlo,
el problema no fue el hecho de haberla conocido,
sino el que, sabiendo los riesgos y el profundo dolor que terminaría significando,
me hubiese atrevido a desnudar mis sentimientos.
La llamé «chica poesía», «la musa más hermosa del mundo»
y otras cosas más
que sólo guardé para mí.
Fueron tantos títulos a nombre de una sola persona.
Tantos sueños filtrados por tipos y ordenados cronológicamente,
para cumplirlos según nuestras conveniencias.
No estoy seguro,
pero puedo jurar
que al besarla,
yo hubiese estrenado una vida.
Que al tomarla de la mano,
me hubiese importado un bledo el lugar de destino,
si iba con ella.
Porque quise convertirla a ella en mi destino
y que el resto sean simples paisajes acompañándonos.
Nunca conocí de ella más de lo que quiso mostrarme,
pero estoy seguro de que me mostró más de lo que le mostró a otros.
Y eso me convierte en afortunado,
en aquel chico singular que dejó una huella en su vida,
pero eso para nada es un consuelo.
Cómo esperar que sea un consuelo
abandonar el lugar más hermoso del mundo
sólo por ser el único que pudo recorrer
tantos otros lugares para llegar hasta ahí.
Cómo esperar que la paz esté
detrás del hecho de que para ese lugar,
yo sólo sea un turista
que llegó ahí por error.
Lo que sé es que yo no hubiese querido abandonarla nunca.
La hubiese compañado siempre,
más en sus días malos,
cansados, tediosos.
Hubiese estado ahí, sin que ella me lo pidiese
—porque también era orgullosa—.
Pero nunca me lo pidió.
Sólo me dio las gracias por las veces que estuve.
Mientras ignoraba que todo lo que hacía por ella
me hubiese gustado que lo hiciera también por mí.
Aquella noche ya era tarde.
«Tengo que hablar contigo
—me dijo—.
He tomado una decisión sobre ti».
Recuerdo a la perfección aquel escalofrío que me asaltó al instante
cuando dijo que ya no quería que hablásemos tan seguido
ni que imaginara las cosas que vayan a suceder después entre nosotros,
ni que pensara en el cuándo o dónde.
Pero lo que más me dolió fue su maldito:
«Quisiera que ya no sientas nada en tu corazón por mí.»
No sé si lo notaste, querida,
pero soy poeta
y los poetas amamos
como si nadie nunca nos hubiese lastimado antes.
Los poetas nunca olvidamos;
los poetas escribimos aunque luego necesitemos primeros auxilios.
Yo no tengo la culpa de que me inspires tantas cosas,
entre ellas, el querer matarte entre mis brazos
y decirte todo lo que no te dije aquella noche,
cuando firmé mi aceptación de derrota con un
«no te preocupes ahora por mí, estaré bien»,
y mientras por dentro me reía amargamente de mí mismo
y de lo mal que me salía mentir,
si a quien le decía eso eras tú.
Quiere mucho a quien llegue a tu vida.
Quiérelo y cuida que te quiera también,
porque te estará queriendo a cuenta de ambos,
porque vivirá el futuro que yo tanto quise contigo,
porque será el chico al que odiaré tanto,
por merecer más que yo tu cariño
y tantas cosas que ni siquiera me molestaré en enumerar.
Los odiaré a los dos, seguramente.
Y sin embargo no podré negar, ni odiándote,
que a ti te quiero todavía
y que si me dieran a elegir un lugar donde quedarme para siempre,
elegiría mil veces tu sonrisa.
La misma por la que morí ya veces anteriores,
la misma por la que volvería a matar.
La misma que recordaré por el resto de mi vida
cada vez que me digan que la perfección no existe
sin saber que yo llegué a encontrarla
y que se me escapó
como si aquella perfección hubiese tenido miedo
de convertirse también en un cuento
y acabarse en cualquier punto seguido
por confundirlo con un punto final.
Cuídate mucho, por favor;
cuida también al que vayas a querer después de mí.
Estoy seguro de que será mucho mejor que yo
aunque mi egoísmo me impida admitirlo abiertamente.
Que no se apague tu sonrisa nunca.
Que siempre brilles,
que siempre existas
porque eres inolvidable.
Eterna.
Que nadie te haga pensar lo contrario.
Porque las catástrofes siempre dejan cicatrices
que nunca curan.
Te quiero.
(Esas fueron las dos últimas palabras.)






Comentarios
Publicar un comentario