Un ciclo sin cerrar
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| Fotografía por Marco Bekk |
—¿Así que no bebes alcohol? —preguntó Verónica.
Negué.
—¿Tampoco bailas, ni fumas, ni te drogas de alguna forma?
Negué de nuevo.
—Si una chica te invitara a su fiesta de cumpleaños, ¿tampoco bailarías con ella ni tomarías sólo un trago por la ocasión?
—De hecho, ni siquiera iría.
Se llevó una mano al mentón, sopesado mis palabras.
El despacho olía a limpio. Las ventanas amplias dejaban pasar la luz del exterior para iluminar el vestíbulo de paredes blancas inmaculadas. Estar ahí era relajante. Y Verónica me miraba sentada, cruzada de piernas, al otro lado de la estancia.
—Ya veo por qué estas soltero —remató—. Es necesario ofrecer a una mujer una sensación de bienestar y seguridad.
Yo la observaba en silencio, masajeando los nudillos de mis dedos. Verónica había llegado de Venezuela. La suya era una de las tantas familias que migraron a Perú a causa de la crisis y una de las pocas que decidieron instalarse en el norte. Nos conocimos en un cine hacía varios meses y me había propuesto hacerme lo que ella denominaba un «tratamiento psicológico informal». Esta era mi segunda cita con ella luego de tanta insistencia por su parte hasta que finalmente accedí a verla para demostrarle que los escritores no éramos tan interesantes como creía. Con ella me fue fácil sobrepasar el estricto protocolo que se sigue en una relación de psicólogo-paciente. Hablarle inspiraba tanta confianza que llegué a tratarla como si fuese amiga mía de toda la vida, tal como ella me lo había sugerido, luego de que le hubiese preguntado por su edad. Tenía veinticinco años. Y en su presencia, sentirse un extraño era bastante difícil.
—¿Y para eso debo hacer todas esas cosas?
—Parte de ellas, si no todas. Por lo general las mujeres buscan una relación con alguien que no se acobarde o muestre recato frente a ciertas actividades y que sea capaz no sólo de disfrutar de sus gustos, sino de enseñarle cosas que no sabía que le gustaban.
—En lo segundo no voy tan mal.
—¿Cuántas veces has creído que haces las cosas bien cuando en el fondo sabes que te equivocas?
—Si te contara...
—¿Luchas por lo que quieres o esperas a que la oportunidad aparezca y te abra las puertas del tren?
Me encogí de hombros.
—Supongo que nací para ser el espectador de mi propia vida.
—Eso no sería malo si es que evitas que otros la vivan por ti.
—No creo que evitar esas actividades esté mal. ¿No se puede tener una relación con alguien que tenga los mismos gustos? Digo, si una chica quiere que beba alcohol, baile o me drogue, simplemente paso de ella.
—¿Y mientras tanto qué? Lo que tú necesitas, y lo que tu perfil psicológico sugiere, es que debes salir de la rutina. Expandir tus propios horizontes. Si eres callado y retraído, lo que necesitas es a alguien extrovertida. No para que te cambie sino para que te enseñe la otra cara del mundo.
—Había pensado en eso también.
Verónica se puso de pie y se dirigió a su escritorio, donde estaba su computadora. Puso a reproducir música instrumental y luego volvió.
Verónica se puso de pie y se dirigió a su escritorio, donde estaba su computadora. Puso a reproducir música instrumental y luego volvió.
—Cuéntame. ¿Te has animado a conocer a alguna de tus admiradoras?
—No.
—¿Por qué? Cualquier otro con tu suerte le hubiera sacado el jugo a su lista de fans.
—No las considero fans. Y no soy cualquiera.
—Qué cursi —dijo Verónica.
Sonreí.
Sonreí.
—Es que pienso que debe haber algo más, ¿sabes?
—¿Algo como qué?
—No estoy seguro. Una chica ideal, por ejemplo.
—Lo ideal sólo existe en nuestra cabeza, Heber. Eres un escritor de ficciones y tu creatividad disculpa lo que produces pero no a lo que aspiras.
—Eso fue un golpe bajo.
—No estoy para decirte lo que quieres oír sino para todo lo contrario.
—Suena muy alentador —ironicé.
—Lo sé. Ahora, déjame ver algo.
Verónica buscó entre sus notas un papel en el que supuse había apuntado algo sobre mi visita anterior. Tomó la nota y leyó.
—A ver, la vez pasada hablamos de tus recurrentes dolores de cabeza y de cómo eso afectaba la rutina de tu vida. De cómo ningún neurólogo te ha dado un diagnóstico exacto y que hasta ahora no sabes cómo solucionarlo —dijo, luego levantó la vista del papel y me clavó sus ojos profundos, de pestañas gruesas y contundentes—. Es como si sufrieras las dolencias de alguien mayor. Mucho mayor. ¿Hay algo que quieras contarme?
—Al respecto, no. Te he dicho lo que sabía.
Asintió.
—¿Sueles tener días felices?
—A estas alturas esa pregunta me parece absurda —apunté.
—Es el protocolo, no me culpes.
Verónica dejó a un lado el pequeño montón de páginas que tenía en las manos, se acomodó en su butaca y me miró.
—¿Qué es la felicidad para ti, Heber?
—Si fueras mi lectora sería más fácil explicarlo.
Esperé una réplica, pero Verónica se quedó callada, esperando.
Suspiré.
Suspiré.
—Me he hecho esa pregunta tantas veces que ya ninguna respuesta me sacia. Creía que la felicidad era estar con una chica, o reír con amigos, abrazar a mis padres, jugar con mi perro, estar solo o estar acompañado. Y no. Al menos, no lo he sentido así. La felicidad debe ser una mezcla de todo eso, un momento que dura menos de lo que esperas pero que puede llenarte. La felicidad debe ser algo parecido a unas vacaciones que no terminan. A no tener un céntimo y pasarlo mejor que aquel con millones en la cuenta bancaria. O tener la billetera llena y saber que no hace falta gastar nada para reír o disfrutar de la compañía de alguien. De quien sea. A mí ya no me importa a quién tenga al lado, sólo busco estar menos solo. Creo que la felicidad también tiene algo que ver con eso..., con el estar menos solo. Con el tener la certeza, la seguridad, de que al menos a una sola persona en el mundo le importo tanto como para que quiera saber de mí todos los días. Quizá ser feliz no sea sonreír siempre, sino el hecho de que no me duela hablar de amor. O de la felicidad misma.
Verónica me observaba. Me pregunté si esa era la respuesta que buscaba o si esperaba que dijera algo más. Pasamos casi un minuto en silencio. Yo miraba el techo, buscando algo, sin saber del todo qué.
—¿Alguna vez has estado con una chica, Heber?
—Claro. No con muchas, pero sí. Aunque no con todas tuve una relación formal sino más bien...
—No en ese sentido —cortó—. Hablo en un sentido carnal.
Me volví para mirarla.
—No. Nunca. ¿Qué tiene que ver eso con...?
Verónica sonrió.
—Ya sé qué es lo que te falta.
—Pues yo no.
—Sexo —dijo.
—No lo creo. No soy un urgido, si es lo que piensas.
Verónica se echó a reír. La miré, divertido. Luego recobró la compostura y negó por lo bajo.
—Todos los hombres lo necesitan —replicó—. Es una necesidad física.
Oírla en ese tono me pareció que Verónica hablaba más como una mujer despechada que como la profesional que era.
—Y pensar que en el colegio me enseñaron que las necesidades físicas eran las que desempeñan pepeles de carácter vital en nuestro organismo —respondí—. Comer o beber, respirar, dormir, ejercitarse e ir al baño. Esas son necesidades físicas. El sexo es un deseo y yo prefiero controlar mis deseos antes que dejar que ellos me controlen. Nadie se ha muerto por abstinencia, ¿o sí? Y por favor, no me incluyas en ese «todos los hombres», porque o me diferencio del resto por naturaleza o simplemente no soy un hombre. Si algo odio son las generalizaciones que se hacen con base en un supuesto y no en una realidad.
Verónica consideró mis palabras.
—Bueno, lo de las necesidades físicas no te lo voy a discutir —concedió—. A mí también me lo enseñaron. Será que he visto sólo a hombres así que pienso de esa forma. En fin...
—Para ser psicóloga —interrumpí—, estás dejando mucho que desear.
—No trato de comportarme como una psicóloga contigo. Soy tu amiga y esta no es una sesión profesional. Trato de ayudarte pero también de distraerte. Algo más que tu perfil me dice que te hace falta.
—Bueno...
—Además, no me pagas.
Me reí.
—Eso es cierto.
—Bueno, como te decía, me das un poco esperanza. Y volviendo al tema, lo que no me explico es por qué no lo has hecho aún. Imagino que al menos estuviste a punto.
—Para ser psicóloga —interrumpí—, estás dejando mucho que desear.
—No trato de comportarme como una psicóloga contigo. Soy tu amiga y esta no es una sesión profesional. Trato de ayudarte pero también de distraerte. Algo más que tu perfil me dice que te hace falta.
—Bueno...
—Además, no me pagas.
Me reí.
—Eso es cierto.
—Bueno, como te decía, me das un poco esperanza. Y volviendo al tema, lo que no me explico es por qué no lo has hecho aún. Imagino que al menos estuviste a punto.
—Sí —admití—, pero al último momento me detuve.
—¿Por qué?
Me encogí de hombros, aunque sabía bien la respuesta.
—¿Quieres que tu primera vez sea especial?
Asentí.
—Pensar en eso es bonito, pero hacerlo con alguien especial no es la gran cosa, créeme —matizó.
Me pareció que Verónica hablaba por experiencia propia, así que decidí fijar mi atención a la ventana. Al otro lado estaba el jardín que bordeaba la finca y a través de las verjas de la entrada se veían las calles, la gente pasar, los autos y los edificios. Hacía frío allá afuera.
—Dime algo, Heber. Y esto es pura curiosidad. ¿Has cerrado por completo el ciclo de tu última relación? ¿No has dejado nada pendiente?
Bajé la mirada. Sentí de pronto un vacío en el pecho. Un vacío que hasta antes de que me hiciera la pregunta no había sentido, pero que probablemente había estado ahí todo este tiempo.
—No, ¿verdad?
Negué.
—Hagamos algo. Ven aquí.
La seguí hasta un extremo apartado de la sala. Nos sentamos en una banca acolchada, mirándonos frente a frente. Verónica me tomó las manos.
—Haz de cuenta que yo soy ella. Dime todo lo que no me has dicho nunca hasta ahora. No te guardes nada.
Juro que lo intenté. Al verla, quise mirar los ojos de mi musa, sus labios e incluso su sonrisa. Quise mentalizar la idea de que a quien miraba en ese momento no era a Verónica. Intenté dibujar sus pómulos, su cabello recortado, sus pestañas, pero mientras más lo intentaba más me daba cuenta de que hacer eso era más fácil con los ojos cerrados. Finalmente me rendí.
—¿Qué pasa? —preguntó Verónica.
—No puedo. No puedo pretender que eres ella, ni siquiera para esto.
Verónica me acarició la mejilla, mirándome a los ojos. Cuando abrió la boca, su voz sonó suave y melódica, apenas un susurro.
—No idealices tanto a alguien. Pronto te darás cuenta de que ella es como cualquier otra chica. Hablamos de esto la vez anterior, pero por lo que veo continúas arraigado a esa idea de que ella supera a todas. No es por nada pero si eso fuera cierto no estarías tú ahora aquí, sino con ella. Sé que odias las generalizaciones, pero déjame decirte que todas las mujeres son iguales, de alguna u otra forma. Siguen un patrón inconsciente y tarde o temprano las ves haciendo las mismas cosas.
Quería creer en ella. Quería creer que en algún momento de mi vida iba a ponerle fin a aquel embrollo. Que iba a ser capaz de decir «basta» sin que la sola perspectiva llegase a suponer un imposible.
Verónica esbozó una sonrisa.
—Vas a superarla —dijo—. Y yo estaré ahí para verlo.
Asentí.
—Perdona por el drama —murmuré—, créeme si te digo que no lo había ensayado.
Verónica negó.
—No digas eso, sabes que estoy para escucharte. Hemos terminado por hoy.
Me incorporé y fui a recoger mi abrigo. Me lo puse y cerré la cremallera hasta el cuello. Antes de salir me despedí de Verónica, que se había quedado mirándome.
—Nos vemos el siguiente sábado —dijo a mi espalda, antes de que cerrara la puerta.






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