Una oportunidad más al aire

Fotografía por Erik witsoe

Me quedó mirando, como si de pronto yo me hubiese convertido en alguien a quien el pasar desapercibido de pronto se le acabó. Intenté desviar la vista, mirar al edificio del frente, a la acera que pisaba e incluso al tipo que cargaba a su hija y que iba a dirección contraria a la mía. Barajé el instinto entre lo absurdo y lo cauteloso. Me recordaba al cosquilleo del primer enamoramiento, como si en aquel instante hubiese vuelto a tener doce años. Creo que el amor tiene eso: desaparecer cuando más lo necesitas y aparecer cuando menos lo esperas. Lo intolerable es que se presente precisamente cuando intentas estabilizar tu ruta y de pronto unos ojos, una mirada, unas pestañas y sus respectivas cejas te salen al paso y olvidas hasta tu propio nombre.

Ella vestía tal como me gusta la ropa en una mujer: simple pero revestida de elegancia. Yo llevaba mi morral, donde guardaba un par de libros, unos bolígrafos y el resto de aquella dignidad que disminuía con cada paso que daba. Alcé la vista al último segundo de pasar frente a ella y cuando la vi, sí. Sus ojos me seguían. Mientras me alejaba quise creer que me confundió con alguien más, o que cuanto menos había estado viendo que tenía algo raro y que yo no había advertido hasta entonces. A mí no suelen pasarme ese tipo de cosas: el ser inolvidable para alguien, el que me miren con la casualidad más intencional del mundo. No soy el que arrastra las miradas ni estoy acostumbrado a ser el centro de atención de nadie por motivos más que suficientes.

Una cuadra más allá me detuve y volví mi vista, aguardando un asomo de duda. Antes de proseguir decidí consultar la peripecia con mi poeta interno. Me dijo que tenía razón y dio por sentado el hecho de una casualidad.

Las mujeres bonitas nunca te han usado de tiro al blanco para sus suspiros —confirmó, seguro de sí mismo.

—«Quizá si le hubiera preguntado por su nombre...»

Ni lo pienses, no habrías querido humillarte, ¿o sí?

Ni siquiera respondí por temor a las represalias. Cada vez que voy en contra de lo que dice no sólo confirmo que mi poeta interno tenía razón sino que además, amablemente, es capaz de acompañarme a casa, apagar las luces y descargar sobre mí una tormenta de pensamientos.

La vi apostada en el mismo lugar, mirando hacia ninguna parte. Antes de volverme, lancé un suspiro al aire, esperando en mi más amplia ingenuidad que al menos llegara a su oído y le dijera que, por primera vez, había estado a punto de cambiarle la vida a un poeta.

En aquel momento tuve que despedirme de otra oportunidad, de otro eje circunstancial que bien hubiera podido darle un giro a mi vida. Le dije adiós, pero la llevé conmigo unas cuadras más allá, para prolongar la espera de cuando su ausencia comience a calarme hondo...

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