Vértigo y ensueño
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| Fotografía por Fiona O’Hanlon |
Nos encontrábamos apoyados en el barandal que cercaba la azotea del hotel más grande de la zona. Aquel era nuestra última parada. Elena me había encontrado en mitad de la calle cuando me dirigía a gastar las horas en el mismo refugio de mi rutina. Me contó que llevaba siguiéndome el rastro desde que se enteró de que era peruano o, más precisamente, de que era chiclayano. Que llevaba meses leyéndome y que se había enamorado de los blogs que administraba. Me pidió acompañarme durante unos minutos mientras me hacía preguntas, pero luego nuestra caminata se prolongó y cuando le dije que no tenía nada realmente importante que hacer por el resto de la tarde, no dudó en invitarme a salir. Tomamos un café en el Starbucks de Real Plaza y luego descendimos hasta el Paseo Ecológico Yortuque, donde pasamos buen tiempo admirando la historia a través de esculturas. Luego fuimos a comer y por último me sugirió conocer su lado de la ciudad favorito. Subimos los pisos del hotel a espaldas de los guardianes y enfrentamos una visión de vértigo y ensueño. El atardecer había tendido un sudario escarlata sobre el cielo que cubría los edificios y las pocas luces de la ciudad que a aquellas horas empezaban a encenderse. El ruido del tráfico nos llegaba desde veinte pisos más abajo.
—¿Y esto es legal? —pregunté, puro nerviosismo.
—No, pero supongo que nadie sube aquí de noche —respondió Elena—. Aquí vengo cada vez que quiero pensar a solas.
Era una chica peculiar. Encerraba en sus ojos tanta ternura como malicia y amaba sentirse al borde del riesgo, con la adrenalina bombeando en sus venas. Eso lo comprobé cada vez que improvisaba un escondite en cada piso para no ser vistos por los los encargados del hotel. Yo, un completo animal de superficie, no salía aún del asombro que la visión me significaba.
—Sé que te gustan los atardeceres —dijo—. Lo leí en tu página. Escribes muchas veces de eso.
Asentí, sonrojado, y le dediqué una sonrisa de gratitud. El sol se ponía a lo lejos, los edificios de la ciudad apuñalando su silueta.
—¿Cómo me reconociste?
—No importa. Cuando cuentas con un buen smartphone, GPS y un instinto detectivesco no hay mucho que explicar.
—Eres peligrosa —comenté.
—Eso dicen. Pero me gusta cómo suena viniendo de ti.
Se apartó el mechón de cabello que le cubría la cara. Hacía un frío que calaba los huesos y el abrigo que había llevado empezaba a no ser suficiente. La observé a ella. Tenía la casaca abierta y sonreía, divertida.
—¿Cómo puedes no tener frío? Yo lo resisto mejor que muchos que conozco, pero parece que tú...
Me hizo una señal que indicaba silencio y me puso una mano en el hombro.
—No tienes frío, estás nervioso.
No pude contradecirla.
—¿Sabes? Es difícil encontrar un hombre como tú. Que se dedique a leer y escribir y a luchar por lo que quiere.
Me encogí de hombros.
—Es difícil encontrar un hombre como yo, pero es fácil dejarlo ir.
Me miró con severidad, pero luego su gesto se ablandó. Pude leer curiosidad en sus ojos.
—Háblame de ella —pidió.
—¿De quién?
—De la chica para la que escribes en Tumblr. De tu musa.
Suspiré, abandonando la presión y dando vuelo libre a la nostalgia.
—¿Qué quieres que te diga de ella?
—Qué es lo que te gusta, cómo la conociste. Debes traerla enamorada con todo lo que le escribes.
La miré, derrotado. Algo cambió en su facciones, como si hubiese dicho algo malo.
—Heber, si no quieres...
La acallé y, con la certeza de que iba a arrepentirme después, comencé a hablar.
Le conté sobre su primer mensaje, de cómo al principio me había parecido una chica como cualquier otra y cómo me enamoré de su sonrisa antes que de ella. Le conté que luego de un breve intercambio de mensajes creí que ya la había perdido y que no tenía esperanzas de volver a contactarla, pero luego la encontraba comentando, en la bandeja de entrada de la página y finalmente en mis solicitudes de amistad. Le dije lo que no muchas personas sabían. Que ella y yo nunca nos vimos en persona pero que siempre escribí como que sí, porque en el fondo aguardaba la esperanza de verla y correr a sus brazos como tantas veces ocurría en mis sueños todas las noches y todas las veces en las que me detenía mirando un punto invisible y luego, cuando alguien me preguntaba que en qué estaba pensando, respondía con un sucinto y mentiroso «en nada». Ella era mi nada y en esa nada alcanzaba todo lo que nunca pude abarcar entre mis brazos. Le dije que luego nos hicimos daño pero que incluso ese daño era hermoso. Le confesé mis primeras sospechas, cuando de un momento a otro ese compañerismo fue difuminándose entre ausencias y mensajes sueltos y cortantes. De cómo la falta de palabras y de tiempo aumentó mi deseo de dejarla, de terminar lo que fuera que habíamos construido. Le hablé de esa vez que la dejé y que ella me hizo volver. De cómo, aun siendo escritor, me faltaban palabras para contradecirla. Elena me observaba sin interrumpir mi relato, pero pronto me olvidé de su presencia y descubrí que me estaba contando la historia a mí mismo. Mencioné que todas las noches, cuando nadie me veía, me encerraba a solas, apagaba las luces y en mi mente dejaba reproducir las palabras que, más por cizaña que por apoyo, me lanzaban sin piedad aquellos a los que les hablé de ella. Imaginé a más de uno diciéndole cosas que yo no me atrevía. Y que cuando la imaginé a ella cediendo, no pude evitar sentirme culpable por dudar de su integridad y de lo que solía decirme. Yo era increíble y por una vez no tuve reparo en creerlo. Y que aunque sabía que todo aquello, en palabras de mis proverbiales amigos, no era más que una construcción en declive sobre una superficie cibernética que fácilmente podía caer en el olvido, nunca dejé de creer en un nosotros que por entonces me parecía la entrada al cielo. No dejé nada fuera. Ni siquiera que, cuando le rogué para volver a ser lo de antes luego de que ella me dejara en claro un veintinueve de febrero que ya no quería que siguiéramos en esto, sentí que había cometido un error pero que ella luego me hacía olvidarlo. Sin embargo, casi un año después, un veintisiete de febrero, me tocó dar el último paso a mí y me propuse a no dar marcha atrás. Sonreí al recordar la ironía de que ambos sucesos hubiesen tenido lugar el mismo mes y el mismo día de la semana: un domingo.
Cuando hube terminado me sentía muy cansado, como si una gran carga se me hubiese quitado de encima. Nunca le había contado a nadie la historia completa.
Elena me tendió un pañuelo por estrenar que había extraído de su pequeña mochila. Me sequé las lágrimas y le dediqué la sonrisa más determinante que pude encontrar.
Se había hecho de noche y la ciudad aparecía como un campo oscuro repleto de luciérnagas. El tiempo llegó a importarme menos.
—No sabía que decidiste separarte de ella.
Me quedé callado. Nadie lo sabía, dije para mis adentros.
—Estaba pensando en eso que me dijiste antes... —prosiguió Elena.
—¿En qué?
—Que es fácil dejar a un hombre como tú.
—¿Y?
—Difiero. Dudo mucho que haya sido fácil para ella.
Asentí por cordialidad.
Un fluorescente que emitía un aliento mortecino desde un muro cercano iluminó su rostro. Incluso en la penumbra sus ojos mantenían su color azul cristalino.
—¿Hace cuánto pasó todo eso? —preguntó.
—Poco más de un mes.
—Una herida fresca, eh.
—Nada que no cure.
—Tú lo has dicho. Date una oportunidad con alguien más. Cercana, para variar. De carne y hueso.
—No eres la primera que me propone eso.
—Lo sé, pero a ver si soy la primera que te hace considerarlo realmente.
—Ojalá.
—Tienes que creerlo. No vales menos de lo que sueñas.
Nos miramos en silencio, y en aquella calma que sólo nace en medio de dos que se dicen más con los ojos que con las palabras, nos acercamos lentamente. Justo cuando iba a rozar sus labios con los míos, aparté el rostro y la abracé. Ella, notablemente decepcionada, rodeó a su vez mi cuerpo con sus brazos, en un acto de resignación.
No sé cuánto estuvimos así. La noción del tiempo resbalaba de mi conciencia. Una vez sentí mi cuerpo acostumbrarse al suyo, me aparté lentamente. Ella me sonrió y por primera vez no sentí vergüenza de mostrarme tan dócil ante prácticamente una desconocida.
Descendimos en el ascensor. El recorrido nos llevó poco más de cinco minutos en los que nadie nos interrumpió para subir. Buscábamos nuestros ojos en el espejo de la pared del cubículo, sonriendo ocasionalmente. Cuando llegamos al primer piso, las puertas se abrieron y nos dirigimos a la salida.
En el portal del edificio Elena me tomó de la mano y la acompañé hasta un parque que quedaba a unas pocas calles de ahí. Nos sentamos en uno de los bancos y Elena puso su mochila en sus piernas.
—Antes de que me olvide, he traído algo.
La vi extraer un par de libros de bolsillo. Uno blanco y otro negro. No fue hasta que vi las portadas que me di cuenta de que se trataban de los ejemplares de mis libros Ruinas Internas y Tormenta de Pensamientos.
—Dedícamelos —me dijo, tendiéndomelos junto a un bolígrafo.
Abrí el ejemplar de Ruinas Internas y sentí el tacto del papel en mis manos. Pasé hojas al vuelo, leyendo palabras que me sabía de memoria pero que aun así las sentía lejanas. Volví a la página donde rezaba la leyenda:
«Para Érika Oyola, quien escribió
las partes más bonitas y tristes
de este libro.»
—El día que un escritor me dedique uno de sus libros me caso con él sin pensarlo —murmuró.
Retorné a la página del título y escribí la dedicatoria pendiente. Hice lo mismo con Tormenta de Pensamientos y se los tendí.
—Muchas gracias.
—A ti.
—Esa tal Érika es muy afortunada.
Algo en mi expresión le hizo entender que era mejor que guardara sus palabras. Devolvió los libros a su mochila y sonrió. Tenía entendido que Elena me llevaba dos o tres años, pero en aquel momento parecía menor. Una niña apenas.
—Bien, supongo que aquí nos despedimos.
Asentí.
—Ha sido un honor conocerte, Heber —dijo—. Lo pasé bien contigo hoy. Sinceramente espero que no sea la última vez que nos veamos.
—Ojalá que no —contesté.
Luego, sin perder la compostura, me plantó un beso en cada mejilla y se alejó sin decir adiós. Me quedé viéndola hasta que su silueta se perdió al doblar una esquina y sólo entonces miré alrededor. Estaba completamente solo.
Regresé por el mismo camino. Pasé por el edificio del que minutos antes habíamos salido y enfilé una avenida grande que me llevaba directamente a la calle que tomaba por costumbre para dirigirme a casa.
Durante el trayecto traté de despejar mi mente, pero a medida que avanzaba la idea de que debía tomar en serio el redireccionar mi vida no dejó de llenar mi pensamiento.
«No vales menos de lo que sueñas», pensé. Tal vez, si me lo repetía las veces suficientes, yo también llegaría a creérmelo.






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