01 | 12 | 14
Uno de diciembre. Quién lo hubiera dicho. Se acaba el dos mil catorce y yo todavía mantengo el intacto el recuerdo de aquel castillo quemándose en honor a su llegada con la sensación de que sucedió apenas hace unos días.
La mañana transcurrió con una rutina trivial; su ausencia se sentía a cada
segundo porque, supongo, me había acostumbrado a verla sonreír para augurar un
buen día. Las horas destilaban su implacable y rutinario aburrimiento y tuve
que pasar durante todo el día pensando en nada más que verla resurgir de alguna
parte para decirme cursilada y media.
Como rescate de mi propio humor, me dediqué a leer el libro que hacía algunos días apenas había comenzado.
Casi al mediodía, cuando estaba disfrutando de un espectáculo frente al atrio principal de la institución, una amiga (la mejor amiga de "Ella") con la que hacía días no había hablado por el orgullo que había crecido en mí después de una discusión, se acercó a mi lado y, sentándose, me habló con ese cariño y simpatía que había creído jamás volver a percibir en su tono. Conversaba como si nunca hubiera pasado nada, mientras yo eludía o me dedicaba a ignorar ciertos gestos de cariño que procedía a esbozar con una ternura singular.
—Te invito a comer —dejó caer—, te debo una desde el día en que no fuimos a la universidad.
Fingí no escuchar hasta que tuvo que repetírmelo varias veces.
—No te sientas culpable —contesté por fin—, sucedió hace tiempo.
—No es que me sienta culpable, es porque quiero.
Asentí.
A la salida, ella me esperaba. Me tomó por el brazo y nos dirigimos al
portón principal de salida. Hice ademán de detenerme frente a un pabellón.
—Había quedado con un amigo, déjame decirle que hoy no será posible que
regrese con él.
—Oh..., entiendo.
Al momento vi a mi amigo enfilar las escaleras. Se dirigió a saludarnos y luego
partió en busca de algunas amigas. Por más que lo llamé, me ignoró.
—Bueno, yo le pongo a él —dije.
—Eh, yo estoy invitando —protestó ella.
Luego mi compañero regresó después de haberse despedido de sus amigas y se
nos unió. No había intención en él que indicara que quería irse.
—Listo —dijo.
Procedimos a salir. Luego de comer, la acompañamos hasta una esquina de la
que partió rumbo a su casa después de despedirse de nosotros con un beso en la
mejilla.
—¿No es algo irónico? —le pregunté una vez que nos quedamos solos.
—¿Qué?
—¿No te das cuenta? Ella nunca hace eso; desde que la conocemos siempre se
ha empeñado en negarnos un beso en la mejilla.
Él me miraba como si yo fuera un idiota.
—Hoy me
habló como si nada. Yo todavía estoy enojado con ella y ni siquiera me ha
pedido disculpas por lo que hizo...
—Espera... —interrumpió—, creí que ya se habían amistado.
Negué.
—No me digas...
Parecía sorprendido.
—Pero bueno, parece que lo ha olvidado; tampoco iba a negarle ese gesto,
ella es muy sensible. Ya sabes...
Asintió. Su rostro se iluminó por un momento.
—Está clarísimo —exclamó.
—¿Qué cosa?
—Simple: le gustas.






Comentarios
Publicar un comentario