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Si hay algo que me caracteriza es sin duda mi indisponibilidad en lo que respecta a fiestas. No me gusta bailar ni mucho menos. Aquella mañana me encontraba sentado en una carpeta de las muchas que flanqueaban el salón. El vestíbulo se había convertido en una pista de baile al momento en que ella, delante de mí, se encontraba escribiendo un recordatorio en uno de los muchos polos y camisas que tenía al lado; una costumbre que todos quienes terminábamos la secundaria teníamos.
Anteriormente ya le había pedido que escribiera algo en mi camiseta, que albergaba la caligrafía de varios de mis compañeros a modo de recordatorio, pero se negó; al principio me sorprendió su actitud hasta que dulcificó su respuesta.
—Es que para mí significaría una despedida. Yo no quiero despedirme de ti. Vamos a seguir viéndonos aún después de que vuelva de la capital.
En ese momento, mientras miraba su afán en dejar unas palabras en las camisetas que tenía, me dirigí a ella.
—Claro, a todo el mundo le escribe y a su confidente no —dije, a modo de broma.
Ella rió.
—Es diferente —ofreció como única respuesta.
Me silencié un momento. La música inundaba la estancia y su voz, desafiando todo pronóstico, se escuchaba clara y fuerte, a diferencia, supongo, de la mía, que en más de una ocasión en nuestra plática tuve que repetir algunas palabras.
—Y es distinto a lo que te dije antes —prosiguió.
—¿A qué te refieres?
—Es que me has escrito tantas cosas bonitas que mis palabras no podrían compararse. En serio. No puedo. Tú tienes ese talento y yo...
—Tú también escribes.
—Es diferente, ya te dije; si se trata de ti me demoraría más de una hora en encontrar la primera palabra con la que empezar lo que quiero decirte.
—No te estoy pidiendo poemas ni textos literarios. Un 'Te quiero' para mí sería suficiente. Sabes que yo lo apreciaría.
Iba a decir algo, pero me adelanté.
—Además, te entregué un cuaderno y has tenido todo el día de ayer para pensar en algo —bromeé—. Ya ves. Conmigo no hay pretextos.
Sonrió. Por un momento me pareció que el sol brillaba más.
—No son pretextos...,
—..., son razones —completé.
Ella asintió, sin dejar de sonreír.
Vi cómo escribía con rapidez mientras sus labios formaban una curva tentadora. Cuando sonríe, maldita sea; cuando sonríe se ve preciosa.
—¿Ves? Escribo rápido para ellos porque son como cualquier persona —dijo, al momento en que lanzó el polo que tenía en la mesa a un compañero que lo recibió al otro lado del salón, agradeciendo el gesto.
Se dispuso a escribir sobre una camisa. El movimiento de su mano dibujaba un espejismo de ternura junto a su rostro. En silencio, comprendí que deseaba, una vez más, examinarla con la vista, sin perder ningún detalle de esa maravilla que por algún prodigio divino había tomado forma en su cuerpo y cobrado vida portando su nombre como un sello indeleble.
Levantó la mirada y me sorprendió espiándola; me miró a los ojos, y nos quedamos compartiendo miradas; utilizando un lenguaje que no se limitaba a las palabras. Por un breve instante saboreé aquel trance hipnótico que ofrecía su sonrisa y aquella mirada encantadora; me pareció que buscaba una respuesta en mis ojos, sin siquiera haberle formulado una pregunta primero.
—Contéstame algo —ofreció.
—Dime.
—¿Cuántas veces te has quedado mirándome sin que me dé cuenta?
—Ya perdí la cuenta, vengo haciéndolo desde que te conocí.
Rió, negando por lo bajo.
Eché un vistazo a mi alrededor. Había pocas parejas bailando. La música cesó y luego prosiguió su curso con una canción que me llamó la atención. Me volví a mirarla.
Le tendí la mano.
—¿Me cedes esta pieza? —pregunté, con una sonrisa ensayada.
Se detuvo frunciendo el ceño. Con lentitud, extendió su mano sobre la mía.
—Eh..., ¿estás seguro? —susurró.
Tomé su mano con delicadeza cuando la vi a mi alcance.
—Claro que no. Sabes que no bailo. Sólo lo dije como un pretexto.
El ruido pareció llevarse mis palabras.
—¿Cómo qué?
—Pretexto —respondí.
—¿Pretexto? ¿Para qué?
Bajé la mirada; mi sonrisa estampada en mi rostro como si fuera parte de mí.
Señalé con mis ojos su mano sobre la mía.
Suspiró, y bajó la mirada. Sentí su mano temblar. La aferré suavemente. No la solté por buen momento. Comprendí entonces que estaba riendo.
Finalmente, contradiciendo mi voluntad y aquella voz que brotaba en mi interior como un consejero sentimental, la solté. Sentí un cosquilleo en mi palma.
—¿Sabes? —preguntó—. Siempre pensé que esto, tarde o temprano, te pasaría. Sé que te sucedió lo mismo con otra chica y ahora la has olvidado.
Reí para mis adentros de su inocencia.
Las pupilas negras y profundas de su rostro me parecían un mundo por descubrir. Por un momento se me ocurrió pensar si ella no recordaba, acaso, que siempre había sido la excepción. Que la he querido como a nadie, que hubieron y seguramente habrán mil personas que pasarán por mi vida y formarán parte de ella. Pero que ninguna, por muy distinta que fuera, aun desafiando el tiempo, será como ella. Jamás.
Negué con parsimonia.
Ella asintió con cierta resignación. Percibí el brillo de sus ojos adornando, como estrellas, aquel mundo prometedor que se escondía en sus pupilas. Qué ganas tenía de abrazarla.

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