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Había pasado la mañana observándola en silencio, de lejos, como siempre lo hacía. Tenía esa particularidad de volverme loco de la nada, y eso me encantaba. Supongo que algunas personas pueden hacerte sentir mil cosas sin que si quiera lo tengan en cuenta, como si su encanto formara parte de lo más natural del mundo; esa vehemencia, esa perspicacia, hacían de mi mundo un lugar más bonito, un lugar donde, por más que hayan desperfectos y trivialidades, los momentos se tornaban extraordinarios.
—No lo hagas —contestó suavemente.
—¿Por qué?
—Porque pienso volver a verte.
—Eso no impide que te extrañe. Mientras estés lejos, ¿qué voy a hacer? Lo único que se me ocurre es esperar a que vuelvas, ¿y mientras tanto? Voy a extrañarte. Es inevitable.
Suspiró.
—Con el tiempo encontrarás a muchas personas que...
—Sí —interrumpí—, pero nunca voy a conocer a alguien como tú.
Me dedicó una sonrisa angelical.
—Yo tampoco voy a encontrar a nadie como tú.






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