Una condena por adelantado
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Sé que lo has sentido de nuevo: te das cuenta de que la quieres cuando te falta más que cuando la tienes. Qué absurdos solemos ser de vez en cuando al notar el tamaño de un sentimiento por el vacío que provoca esa persona. Un día la conoces, descubres que su risa es una canción bonita y te enamoras de todo el dolor que sabes que te terminará causando. Pagas una condena por adelantado, porque siempre has sido así de trágico y triste. Abres surcos en el cielo, imaginando el día en el que te toque volar; te arreglas bien, te echas aquel perfume que nunca más volviste a sacar del tercer cajón de la cómoda, ese mismo que usaste en la última cita que tuviste con alguien que decidió que no te merecías otro abrazo. Vuelve a ti, embrujada de malas intenciones: la esperanza. Y tú te llenas de ganas de creer en todas las mentiras con las que tenga intención de acribillarte. Porque sí. Porque a veces uno no sabe si es amor o no, ni siquiera sabe distinguir entre lo que le conviene o lo que le daña, simplemente cree. Y el creer suele abrirte caminos hacia historias que nunca tienen finales felices.
¿Cuál era su nombre? Tenía que ver con la felicidad que nadie vino a entregarte. Era un nombre infantil, aunque ella de niña tiene lo que tú de optimista. Al principio te niegas, pero vamos, ambos sabemos que siempre has caído ante una sonrisa como la suya y más aún cuando eres al único al que se la dedica. Así que, como siempre, te rindes y pasas hablando con ella durante horas, caminas a su lado y por un momento te sientes dueño del mundo. Supongo que nos pasa a todos. Siempre hay un instante en nuestra vida donde creemos tener todas las respuestas en la mano y soñamos con tener la mano de esa persona en la nuestra. Así ella formaría parte de nuestra convicción y, por consiguiente, de nuestra vida.
Entonces te dedicas a mostrarle los esbozos artísticos que te caracterizan para, sino sorprenderla, al menos ganarte su admiración. «Soy dibujante», «a veces canto», «suelo tocar la guitarra». Cuando llegas a casa te miras al espejo y te ríes de ti mismo. El poeta con cara de necesitado te mira al otro lado del umbral y se encoge de hombros. La culpa no la tiene él, por supuesto. Tú siempre has tenido la mala costumbre de enamorarte de quien no debes. «Es un defecto crónico», le dices al resto en son de disculpa, cada vez que te preguntan por qué siempre te va tan mal en eso del amor. Luego vuelves a verla con la esperanza de olvidarte de aquel embrollo durante un tiempo, y entonces, no está.
¿Adónde fue? Las calles de camino a casa no dejan de preguntarte por ella. Desvías la mirada de quienes son felices con aquello que tú sólo estás destinado a soñar. «Ella», piensas, en mitad de un trance casi apocalíptico. Ella se fue, dejando contigo un camino solitario, un terreno baldío en el que nadie levantará una casa a menos que seas más valiente. Cuántos por ahí, piensas, con la mitad o menos cualidades que las que tienes, siendo más felices que tú, durmiendo con una sonrisa en el rostro, maldiciendo los segundos que faltan para encontrarse con esa persona que a ti te falta. Cuántos. No necesitas que alguien te recuerde lo solo que te encuentras, eso siempre has sabido verlo por tu propia cuenta y tienes la amabilidad cruel de repetirte a la cara las razones por las que nadie ha conseguido quererte como soñabas. Supongo que el problema tampoco lo tienes tú. Será el mundo, pero te dejaste llevar y la corriente sólo arrastra a quien nada hace para ir en contra.
Sabes lo que te espera al final del túnel, ¿verdad? Espero que sí porque es otra soledad más grande, ya no de aquellas en las que no hay nadie, sino una en la que eres incapaz de encontrarte a ti mismo. Y perder la identidad propia es peor que desear la de quien no te conviene. La de aquel que no fuiste ni serás aunque tu vida dependiese de ello. Qué hacer cuando se tiene un espacio con un vacío permanente en los brazos, una casa en tu interior del tamaño de la Antártida, que cada día crece y que cada vez los grados de temperatura descienden. Como tú, al sótano de la tristeza. Luego miras arriba y la ves. Había estado ahí todo este tiempo. Ella ríe como si no pudiera ver el abismo desde el que la saludas. Y tú, silente como siempre, e incapaz de reconocer que cada día te mueres un poco, le hablas con el cariño intacto y sonríes con los pocos dientes que te quedan.
Qué bonita se ve, sus labios dibujando el contorno de otra felicidad que se te escapa. Qué bonitos ojos, qué bonito cuerpo y qué caminar tan discreto, presencial y firme. Qué bonito todo eso que se lleva para siempre. Y qué triste tú, alargando tu condena con cada respiro al son de su nombre. Por el amor de Dios, ¿cuándo es que dejarás de tener miedo?






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