Una migraña paseante
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| Fotografía por Victor Habchy |
Hoy regresé a casa dando un paseo. Me acerqué, como no lo hacía hace varias semanas, a la Plaza de Armas, pero esta vez no me quedé mucho tiempo. Es increíble la cantidad de historias que se encuentran entre la gente. Cuando las observas e indagas en aquel espejismo de gesticulaciones, expresiones, palabras y su manera de caminar, no puedes evitar convertir todas aquellas piezas en una sola y encajarla en el contexto de tu pensamiento. Puedes ver la felicidad que reprimen, su mente viajando a mil kilómetros de allí y un abismo de tristeza sin fondo que se abre en quienes el brillo de sus ojos ha desaparecido.
No es sino hasta que suspiras cuando comprendes que has podido ver en ellos todo lo que habita en ti si alguien dedicara el suficiente tiempo a conocerte. La soledad te hace ver al resto tal como te ves tú. Te conoces a través de las personas y aprendes a aceptar que, por enésima vez, la tristeza nunca se ha ido, sino que simplemente ha decidido acariciarte en lugar de arañar; susurrarte en lugar de gritar; pasear por tu mente en lugar de destrozarlo todo a golpes. Miras alrededor y claro, cómo no iba a irse. La felicidad acompaña sólo a aquellos que son capaces de buscarla. La gente sigue su curso, viviendo una vida que tú has querido ver pero que tal vez nunca había estado ahí.
El cielo estaba atiborrado de nubes negras. En ese estado de desánimo y escasez de sueño, de exceso de cansancio y mareos que en lugar de hacerme ver el doble me hacían verlo todo por la mitad, seguí caminando a través del gentío que se iba a cualquier (y al mismo tiempo a ninguna) parte. Le devolví el saludo a más de un desconocido, acompañé sin querer a una chica de cabellera clara con la que parecíamos coincidir con el compás de nuestros pasos y me detuve a recobrar el aliento en cada esquina, oteando hacia ambos lados como si temiese que alguien me estuviera siguiendo. Me pasé varios semáforos en rojo y, en una de esas, un conductor decidió evitar pisar el freno. Yo aminoré el paso, pensando que por fin se cumpliría mi sueño, pero a último momento el vehículo en cuestión se detenía a escasos centímetros de mi cuerpo y me dejaba pasar diezmándome a su vez con una escandalosa orquesta de claxon.
Llegué a casa y lo primero que hice fue beberme un vaso con agua. El calor me llevó de la mano a la ducha, donde procedí a quitarme el sopor de encima merced a un buen baño, el cuarto que tomaba en el día. Cerré los ojos y dejé que el agua me cayera encima lentamente, acariciándome con manos frías. Era cierto eso de que la tristeza hace al observador y que el que observa más de lo que habla por lo general nunca comparte lo que piensa. Una de las razones de mi soledad es esa. Con este pensamiento me dirigí a la cama, la única, sin contar a mi madre, que me espera siempre con los brazos abiertos, y me dejé caer, ya un poco desprovisto de esa migraña a la que estoy desgraciadamente acostumbrado.
Pero todavía no estaba tranquilo. Supe que tenía que hablarle de todo aquello a alguien, así que he terminado por escribir esto.






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