Sueños que valen la pena
Había albergado una esperanza durante mucho tiempo, y no me hubiera atrevido a perderla por un simple capricho o cobardía, pero aquella tarde presumías un semblante hermoso y tu mirada me dijo que ya era tiempo. El sol apenas bostezaba su luz y las nubes, como grandes montañas de algodón, cubrían el cielo tiñéndolo de gris. Era un día frío, y si mal no recuerdo, me esperabas sentada con una sonrisa. Me acerqué sintiendo el pecho vibrar de emoción y no pude evitar emitir una sonrisa de alegría, miedo y anhelo. Nunca había aspirado a nada que no fuera un amor de esos que pintan en las novelas clásicas románticas y para entonces había intentando construir un castillo aun conservando un atisbo de temor de que tarde o temprano vaya a caerse. Pero aquella tarde el mundo parecía haber conspirado a mi favor. Sentí esa adrenalina a la que antes me limitaba a atribuir al descanso justo después de haber recorrido una maratón improvisada; y al tomar tus manos pude sentir mi pulso haciéndolas temblar. Me limité a sonreír. Tus labios emergían un encanto que sólo había experimentado en sueños y de pronto, sin darme cuenta, estaba a un par de centímetros de distancia. Te miré a los ojos y me perdí en aquel negro infinito de tus pupilas. Por un momento me pareció que respirábamos el mismo aire.
Casi pude rozarlos hasta que sentí un impacto en los ojos, un golpe burlón de la vida que hizo que despertara de inmediato. Maldije el momento preciso en que abrí los ojos con la amarga certeza de que no estabas cerca y que tus labios habían sido un sueño. Sólo quería que lo supieras. Algunas cosas sólo pueden soñarse. Pero existen sueños que valen la pena, la alegría, e incluso el amargo sabor de saber que no van a cumplirse. Te quiero. Voy a cumplir mi sueño contigo.






Comentarios
Publicar un comentario