Cosas de las que prefiero guardar silencio

Fotografía por Franco Ybañez

Hola de nuevo:

Ha pasado tanto tiempo, que parece ayer cuando era mañana. ¿Sabes qué día es mañana? Yo tampoco, pero ha pasado mucho. El otro día estaba hablando con un amigo sobre la importancia de tomar decisiones a tiempo. Él se había adelantado en varias y había tropezado al tomar otras. Pronto será padre y no ha terminado su carrera. ¿Recuerdas a la chica que me gustaba? Una pelirroja y con una sonrisa que enmudecía a medio mundo. Pues te cuento que ya no es pelirroja y que ahora enmudece ya no a medio, sino a todo el mundo. Nunca ha sido conformista, ¿sabes? Eso siempre amé de ella. Escribo en tiempo pasado el pretérito «amé» porque ya no sé si lo hago. Nunca he sido de la filosofía de que uno sabe que ama a alguien cuando ha pasado cierto lapso de tiempo, porque amar no sólo es algo que se construya, sino algo que se crea, y está a la distancia de una decisión. Yo puedo amar a alguien que no conozca, es un tipo de amor fraternal, no necesariamente sentimental o de pareja, como quieras llamarlo. Entonces me pasa que decidí amarla cuando sabía que la quería ya muchísimo. Ella también decidió amarme a su manera y aquella decisión puede suprimirla cuando lo vea necesario, y quiero pensar que esa es la razón por la que las cosas no son las de antes. No sólo porque es ley de vida que cambien (yo, por ejemplo, no soy el mismo de hace cinco minutos), sino también porque puede que ella haya decidido dejar de quererme y tampoco hablarme nunca de aquello. El que haga cosas en silencio es algo que no me gusta, ¿te hablé de eso alguna vez?

¿Por qué será que cuando amamos siempre creemos que somos nosotros los que damos todo? A mí no es que me guste exagerar las cosas, procuro mantenerme a raya incluso conmigo mismo, pero es que siempre aparece quien, sin haberte visto nunca, sabe cómo sacarte confesiones que no le has hecho a nadie. Ella me conoce más de lo que hubiese deseado, sabe que tengo miedo de perderla, pero que tampoco hago mucho para ganarme su cariño. Sabe que le basta que sueñe con ella para que cuando abra los ojos me arrepienta del sólo hecho de haber pensado en dejarla. No digas nada, sé que a ella le conviene mil veces dejarme que seguir conmigo, eso es algo que me recuerdo todas —absolutamente todas— las noches.

Hace un par de días terminé de leer un libro al que no le había dado oportunidad anteriormente por considerarlo demasiado infantil y porque me lo pidieron leer en la primaria, y tú sabes cuánto odiaba leer. Se trata de «Mi Planta de Naranja lima», ¿la conoces? Había leído toda la primera parte, y hasta entonces la historia me tenía atrapado, así que aquella noche decidí leerme todo lo que restaba de un tirón. Lloré. Y a mares, te lo juro. Fue como si todo lo que no había llorado en los días anteriores se hubiese desatado en aquel momento. Me enamoré de la inocencia de Zezé, de las cosas que le ocurrieron, porque aunque a mí no me pasó nada de eso, entendía muy bien su dolor. Por alguna razón que no alcanzo a comprender del todo, yo me siento muy identificado con lo trágico, con el dolor de otros, aunque fuesen simples personajes de un libro. No lo sé, últimamente me han estado ocurriendo cosas raras. Tengo el estrés atado al cuello y aprieta fuerte. La soledad me abraza por las noches y me asfixia. Me asfixia, ¿sabes? Y peor en estos días, cuando el verano ha llegado tarde y yo todavía no me he desacostumbrado al frío de antes. Debe ser por eso que he llorado. Me han estado pasando ese tipo de cosas de las que prefiero guardar silencio y la historia sólo fue un aliciente que hizo que desatara toda esa tristeza acumulada en el interior. No dejé que nadie me viera llorar. Mis padres estaban en la sala, mis hermanos también, así que lloré a gusto y aquella noche dormí plácidamente. ¿Sabes qué? Cuando lloro antes de dormir descanso bien, lo que no ocurre con las noches anteriores en las que me acuesto cansado, porque cuando despierto estoy cansado el doble. Sé que es dañino, pero ya sabes lo que siempre digo cada vez que algo me hace daño: «de algo hay que morir».

Te cuento también que ayer tuve una noche increíble. Me había sentado a un lado de la plaza, cerca a las piletas, y vi a una pareja de esposos que llevaban de la mano a una niña pequeña de poco más de un año. La madre, que no debería ni de llegar a los treinta, se tomaba selfis con ella. El padre, por su parte, abrazaba y besaba tanto a su hija que por un instante tuve la sensación de que aquel día había valido toda la pena del mundo sólo para ver aquel espectáculo. Tú sabes cuánto adoro a los niños, no me culpes. La cosa es que eso no quedó ahí, porque, a ver, ¿recuerdas al bebé de cabellos rizados que me hizo sonreír el veinticuatro de diciembre? Esa noche apareció una versión suya tres o cuatro años mayor. Y se puso a jugar con la niña. Los padres de ella miraban sonrientes la escena, enternecidos por aquel acto de interrelación entre dos almas que apenas van conociendo el mundo, hasta que el niño, que se llamaba Diego, fue llamado por su familia para irse. Nunca olvidaré la sonrisa limpia y sincera de la pequeña, cuando su madre le tomaba fotos y sonreía con los ojos entrecerrados y la inocencia bendita.

Hoy he salido de casa y una llovizna me ha dado los buenos días. Me sentí a gusto caminando debajo de las gotas y en medio del aire frío. Desde temprano ya tenía mareos y un punzón constante en la cabeza, cerca de la nuca. Frecuentemente esos dolores y esa sensación de que se mueve el piso se prolongan durante todo el día y aquel malestar me impulsa a mandarlo todo a la basura, a cambiar cosas en mi vida y a soltar otras, pero no puedo porque me prometí a mí mismo luchar y esa presión con la que vivo me hace llorar, como si leyera cien veces «Mi Planta de Naranja lima» y todas fueran como la primera vez. Ni siquiera me siento bien cuando escribo, es como si esta magia que al principio era prometedora, se hubiese agotado también y cuando leo mis poemas nunca llego a reconocerme ahí. Recuerdo las palabras pero no el espíritu que las alimenta. Y si quieres que sea sincero, ya no sé cuándo fue la última vez que un texto mío me hizo sentir satisfecho. Siento ser así de patético cada vez que te escribo, pero te agradezco que me leas, para que supieses lo que está pasando y hagas algo al respecto también. Porque mi vida va por los dos, ¿recuerdas? Dime que sí, que dijiste que estábamos juntos en esto. Perdona que yo me acuerde de ti cada vez que quiero desahogarme, pero es que, como siempre y como nunca, no tengo a nadie más a quien recurrir.

Sé que tú y yo vamos a vernos pronto, hasta entonces guarda contigo los planes y sé un poco más fuerte porque voy a necesitar que me ayudes con esta carga. Vamos a ver juntos la vida y a disfrutar de esa paz que sólo se encuentra en un equilibrio entre dos mundos. Yo dejaré a un lado las discordancias, como cuando te dije que parecía ayer cuando era mañana, y trataré de convertirme en un libro legible porque no quiero confundirte demasiado. A fin de cuentas a mí también me falta mucho por entenderme.

Tuyo siempre,
Heber.

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