Hasta perder la conciencia
![]() |
| Fotografía por: David Talley |
Últimamente me han estado haciendo daño tantas cosas cotidianas. Me pesa ver las sonrisas de quienes amo y pienso constantemente en dejar de publicar lo que escribo, aunque haya prometido lo contrario. Si no lo he hecho es porque me ato a las promesas aun si el hacerlo me hunde, así de sencillo. No espero que alguien lo entienda. Escribir y vivir en mi caso nunca van de la mano y eso va más por decisión propia que por regla general. Peor que saber qué falla en tu vida es quedarte cruzado de brazos, formando parte del problema. Quizá sigo el consejo de mi conformismo, como también puede ser que oigo cuando mi desidia habla. El primero hace que asimile lo que venga y prosiga, el segundo que mi indiferencia carcoma lo poco bueno que haya aún en mi vida y yo me quede mirando como si el ver caer lo que construyo fuese el espectáculo más entretenido.
También me siento triste. Y lo peor es que lo hago por cualquier cosa. Siento mi cabeza a punto de explotar casi todo el día, quizá por lo mismo que en lugar de expresarme decido callar y sea esa presión la que después desata una desesperanza que me impulsa a abandonarlo todo. No hablo de esto en mis textos muy seguido porque es algo que no hablo ni con las personas más cercanas que tengo. Alguien me dijo una vez que debería ampliar mi círculo social, que prácticamente desde hace tres años es el mismo. Lo que no sabe es que el tiempo ha ido desapareciendo mi facilidad de interrelacionarme como antes, con esa capacidad de inspirar la suficiente confianza como para que la persona a quien le dirija la palabra no se pregunte qué quiero con ella o tenga ganas de salir corriendo de buenas a primeras.
Soy muy callado, serio y si sonrío o hablo únicamente es porque lo que tengo que decir realmente es importante (dentro de mi criterio). Todos los días intento entenderme un poco más allá de lo que ya lo hago y todas las noches resulto más perdido de lo que ya estaba. Cierro los ojos en una habitación cuya privacidad no existe y pienso que quizá la solución no sea salir, sino crecer dentro de este círculo vicioso. Una iniciativa lógicamente absurda, porque es imposible mantenerse en pie sobre el agua. Pienso que quizá no necesito amor ni esas cursiladas, quizá no necesito más amigos. Quizá es que no me falta nadie, quizá soy incompleto por naturaleza. Quizá no hay ningún tren que venga a por mí, quizá me tocó ser el espectador de la felicidad de otros y lo que me cuesta sea el no acostumbrarme del todo a mi papel. Cuando quiero salir a por lo que deseo, una voz en mi interior me frena en seco, susurrándome «ni se te ocurra, no estás hecho para eso». Mi miedo constante, precisamente, es que al verme, mi sueño y más grande anhelo, se decepcione de aquel al que le tocó buscarlo.
Será por eso que le tengo demasiado miedo a las relaciones tanto sentimentales, fraternales o filiales. O quizá no sea miedo, sino indisposición, una especie de indiferencia que no nace del odio, simplemente del rechazo que se basa en un nulo ánimo de compromiso, porque me cuesta mantener amistades y no quiero vivir atado a nadie. Es entendible y hasta necesario que el resto no piense como yo y en esa discordancia sea yo el que deje escapar de sus manos algo que, como siempre y como todas las cosas que pasan en mi vida, llega sólo para hacerme feliz un par de minutos y luego irse, aunque al irse siga conmigo y aquel par de minutos duren más de un año. Porque si hay algo que también me jode es el que recuerde lo que me hace daño y nunca lo realmente necesario. No soy bueno para los estudios, especialmente para retener cosas relacionadas con números, esa es una aversión que tengo desde que mi propio padre hizo meterme a base de fuerza las clases de matemática de mis primeros años de secundaria. No me gusta la biología cuando se trata de memorizar un sinfín de nombres, ni la física cuando aparecen los números para explicar ciertos movimientos, ni las reacciones químicas graficadas en símbolos, ni la lógica cuando lo escrito se simboliza y sea una regla la que rige las respuestas. Me gusta lo teórico, la historia, la gramática, el estudio en general; me gusta aprender siempre y cuando no se trate de aprender algo que no quiero y mi conocimiento no se mida en base a un promedio. Desde pequeño he sido malo en aquello que más peso tenía ante los ojos y el buen juicio del resto, pero me desenvolvía mejor en aquello en lo que nadie vio algo de provecho o de futuro. Hasta hoy, esa situación no ha cambiado y mi amor por el arte se traduce como hermetismo al resto de ciencias, cuando no es así.
¿Cuál es el problema real, entonces? Seguramente mi inclinación a desencajar. No soy un incomprendido, simplemente soy un «no-aceptado», porque estoy seguro de que si me abro ante alguien de confianza, me comprendería perfectamente pero no me apoyaría en lo que elija. Y tampoco me preocupo porque sea diferente.
En el silencio que guardo se esconden más palabras que en todos los libros que he publicado. Ese es otro sueño que me mantiene despierto: el por fin publicar mi tercer libro. Algún día podré escribir lo que siento verdaderamente. Me dedico a crear poemas que hablan de todo lo que el resto quiere leer, lo que me hace culpable de haber roto la regla de todo escritor auténtico: escribir por y para uno mismo. Aquella infracción es una especie de escudo o espejismo, porque siempre he sido de hablar de lo que sea menos de lo que realmente pienso, aunque después ande diciendo que escribir es un refugio. Mi propósito siempre ha sido el no hacer que las personas que quiero carguen con algo que sólo debe hastiarme a mí. Me paso el día pensando en qué escribir y en mi cabeza se desenvuelven un montón de historias y escenas que nunca llego a retratar. Curiosamente, aparecen más cuando estoy haciendo cualquier cosa y casi nunca en el momento que tengo oportunidad de estar frente al ordenador y desenvolverme. Si escribo lo hago casi siempre en tono triste y hablando de alguien que se fue. Lo irónico del caso es que cuando me ocurre algo que me hace sonreír por más de un día seguido nunca lo menciono, y ese alguien que supuestamente se fue, en realidad nunca vino. Ello le da paso a una frustración interna, el de ser y existir y en el proceso decepcionar a todos. No soy lo que mi padre desea (él hubiera matado por un hijo más ambicioso, deportista, amante del comercio o un ingeniero civil, en lugar de un artista que vive de sueños y letras que no granjean un céntimo a la casa y cuyo futuro es un precipicio a la dependencia económica de otros), tampoco lo que esperan mis amigos, mis familiares o mi musa, que más que quererme lo que ha hecho es soportarme. Y en el no alcanzar lo que quiero, o querer algo que no alcanzo, es que me quedo triste. Escribo cosas que a todo el mundo enamora menos a quien deseo, y es por eso que no me gusta casi que me halaguen de un modo más íntimo, cuando dicen que soy capaz de llegar al corazón de una mujer demasiado rápido con mi forma de hablar o de ser. Mi situación sentimental actual y pasada es prueba de ello.
Hoy no intento ser poético, hoy intento ser real. Como dije, no para que se me acepte, pero al menos para que se me entienda, y hablo de entenderme a mí mismo, vamos, porque no vivo del resto, y porque sólo puedo aceptarme cuando me cuento, con lujo de detalles, mis propios defectos y mis miedos. No he construido las metas más altas del mundo, ni me apego mucho ya a quienes me quieren, porque si me conocieran más allá de lo que muestro o incluso de lo que les cuento, también se irían. Y no les culparía en absoluto. Si yo fuera alguien completamente distinto al que soy ahora, también me alejaría de mí. Es cierto que soy lo que quiero, pero estoy cansado de sentirme así. Contradictorio. Estoy cansado de tener dos voces distintas en mi interior y que ambas voces tengan la razón. Me he cansado de llorar a escondidas, de terminar el día sin haber hecho algo nuevo, de comenzar otro arrastrando el cansancio del anterior. Estoy harto de estar enfermo, de tropezar siempre con lo mismo, de ser rencoroso y acordarme sólo del daño, de querer ser otro y al mismo tiempo amar quien soy. Estoy harto de que lo que más desee es una chica y que ella nunca se quede, harto de escoger a la que no me escoge, harto de pretender ser feliz de camino a un túnel sin luz ni salida. Estoy harto de que otros vean en mí al escritor y no al que soy realmente. No soy el hombre ideal ni el príncipe en su corcel, tengo de detallista lo mismo que tengo de caballero y ambos los perdí de camino al poeta en el que me he convertido; conmigo no es que no haya futuro, es que habrá el que yo elija y el que elija tiene que gustarme a mí, porque también soy egoísta (salvo cuando me enamoro, ahí ni me reconozco). He dejado de creer en el entregar todo a cambio de nada y ahora lo recíproco es lo que más me importa y, al mismo tiempo, lamentablemente es lo que menos encuentro.
Lo cierto es que, después de ver tantos fallos en mi vida, decido seguir y no cambiar casi nada. Un tanto irónico, como aquel náufrago que se apega más al mar que a la orilla, de lo que prácticamente se trata toda mi vida. Y lo que hago con más frecuencia es huir y olvidarme de ello por un rato, será por eso que una de las cosas que más me gustan de todos los días es la hora de dormir, cuando llego a casa y hago como que me ha ido bien, y voy a la cama. La mayoría de mis sueños cumplen un patrón que me encanta, y es que puedo ser consciente de que estoy soñando. Y lejos de hacerlos menos interesantes, los hace increíbles, porque tengo la capacidad de volar. Simplemente estiro mis brazos hacia abajo, ejerzo una presión en mis manos y esa fuerza invisible me eleva, tal como se ve en la imagen de esta entrada. También sueño con que huyo. De algo o de alguien, pero siempre estoy en esas: corriendo, volando, y cuando siento a esa presencia tan cerca, lo que puedo hacer es, literalmente, convertirme en una especie de cuadrúpedo y alcanzar velocidades increíbles. Supongo que es parte de mi fantasiosa mente, pero me gusta. Más de una vez también he soñado con que algún familiar cercano fallece, o yo estoy en peligro de muerte. Más de una vez he despertado bañado en lágrimas o en sudor, especialmente cuando sufro la parálisis de sueño. Pero todo aquello vale la pena, porque aun si me asusto o si lloro, sé que todo lo puedo solucionar despertando. Y cuando abro los ojos, es ahí cuando la pesadilla realmente comienza. Y sigo huyendo aun estando despierto.
En fin.
Supongo que debo dejar de escribir ya, porque no quiero expandirme más de lo que ya lo he hecho ni recibir a cambio la lástima de nadie. Ojalá algún día consiga aceptarme del todo. No me odio, es que soy indiferente conmigo mismo, y la indiferencia es aceptable siempre y cuando no se convierta en rechazo. La única persona que estará conmigo soy yo y conmigo no me llevo bien del todo, sólo me resigno y aprendo a trabajar en equipo por los sueños que tengo y que voy a alcanzar aunque me pase la vida en ello, independientemente de si (y hasta deseando que) nadie cree en mí y procurando serme fiel a mí mismo, o a todos los que soy. Lo único que tengo son estas esperanzas teñidas de pesimismo y sé que algún día terminaré por matarme. No sería la primera vez, tampoco; he matado a tanta gente, las he sacado desde el fondo de mí, las he convertido en polvo y las he mandado a volar con el viento. Pero hoy sólo quiero volver a casa, echarme en cama después de continuar de leer un libro, y dejar que el dolor de cabeza y los mareos hagan el resto: que yo pueda dormir profundamente, hasta perder la conciencia.






Comentarios
Publicar un comentario