Rex
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Al principio no se llamaba Rex. La primera vez que lo vi corrió a mis brazos. Yo, que no acababa de comprender cuál debía ser mi reacción, simplemente me dediqué a acariciarlo. Movía la cola a todo el mundo, como si supiera que tenía que saludar a quienes se encontraban en la que iba a ser su casa. Se aupó en sus patas traseras y me comenzó a lamer la mano, como si fuésemos conocidos de toda la vida. Lo había encontrado mi familia, de camino a casa. «Se nos acercó de la nada, y cuando estábamos lejos, tus hermanos lo llamaban y él corría a nosotros de nuevo», me contó mi madre. Superada la emoción inicial, procedimos a la cuestión que inevitablemente tendríamos que responder. «¿Nos lo quedamos?», preguntó mi madre. Mi papá se encogió de hombros, más por resignación que por aceptación, al ver al sus hijos saltando de emoción ante un unánime y solemne: «¡Sí!», una reacción a la que su hijo mayor se mantenía inmune. Me di cuenta de que el perro tenía las patas cortas, por lo que no iba a crecer mucho; hacía tiempo que con mi madre habíamos comentado la posibilidad de adoptar uno de esa característica. «Al menos que se quede por esta noche», sugirió uno de mis hermanos. «Mejor no —rebatí yo, aguafiestas como siempre—. Puede que al final de verdad se acostumbre y luego no quiera irse nunca». Pero un instante después me pregunté qué de malo tendría eso.
Todavía no había superado a Fox, un pequeño zorro que había tenido, con el que me había encariñado tanto y que estaba seguro de que habría vivido más tiempo si no fuera porque estaba rodeado de gente que lo trataba más como punto blanco de bromas que como un ser vivo natural. No estaba dispuesto a reemplazarlo tan rápido. Al ver a aquel intruso, recibiendo las caricias de todos, no pude evitar pensar en el frío y el hambre que sufría afuera, aunque al notar su musculatura y su cuerpo bien nutrido intuí que era de aquellos perros que, aun vagabundos, se las arreglan para no pasar hambre tan seguido. No había oído ningún ladrido desde que había llegado. Definitivamente no era como los demás caninos. Al final la decisión fue quedárnoslo, y por primera vez concordaba en algo con mi familia. «¿Cómo vamos a llamarlo?», preguntó mi hermano pequeño. «Rex», sugirió mi padre. A nadie le hizo gracia, excepto al mentado, porque una vez que mi padre pronunció aquella palabra él se aupó de nuevo y comenzó a lamer su mano. Entonces todos lo comenzamos a llamar por su nuevo nombre y a todos venía, moviendo la cola e invitando a dejarse acariciar. Tengo que admitir que sentí nostalgia y al mismo tiempo una extraña sensación de ternura.
Los primeros días de su estadía, Rex se marchaba por las mañanas, temprano. No nos acostumbrábamos a sus salidas, así que la mayoría de veces asegurábamos las puertas en las noches sin esperarlo. Pero él volvía al siguiente día y gemía desde afuera para que le dejásemos pasar. Todos lo recibíamos nuevamente envueltos en sonrisas y preguntándonos en dónde habría pasado la noche, cuestiones a las que él correspondía con mansos lengüetazos y saludos con la cola que nunca estaba quieta. Una vez, en mis incontables insomnios, lo oí gemir mientras todos los demás dormían. Rex estaba afuera. Me levanté, tomé las llaves y abrí la puerta y después la reja. El can saltó a mis brazos. Lo acaricié y lo dejé pasar. Aquella noche supe que iba a convertirse en mi compañero y que ya nunca más iba a escapar para volver cuando quisiese. Dicho y hecho, nunca más volvió a salir en las mañanas.
La primera vez que lo bañaron se dejó hacer dócil y después salió a carrera a la calle para disfrutar de una polvareda y estrenar sus pieles limpias y perfumadas. Pronto descubrimos que, pese a haber sido un animal de calle, Rex tenía gustos tan refinados como una mascota bien adaptada a la vida casera. No comía arroz a menos que estuviese acompañado de algún guiso, ni carnes crudas, y las porciones debían ser pequeñas, porque cuando veía una de tamaño indigerible, la dejaba mosquearse. Y nada de piso para dormir. Él se subía a las camas a disfrutar de un sueño que siempre era interrumpido por alguno de nosotros para bajarlo y dejarlo dormir afuera de la puerta pero dentro de la reja. «¿De quién habrá sido? Si Rex se hace querer», se preguntaba mi madre, porque estaba claro que tenía que haber venido de otra familia. «Seguramente no lo quisieron, así de simple —respondía yo, sabiendo que mi madre lo consideraba difícil, cuando no imposible—. Al final, hicieron bien en dejarlo, así Rex dio con nosotros, que vamos a darle el amor que se merece, ¿verdad, campeón?». Y Rex movía la cola.
Las únicas veces que lo he oído ladrar es cuando pasan extraños por la calle. También son las únicas veces en las que Rex nunca hace caso cuando lo llaman. Él no es agresivo como los otros perros de la cuadra; hace un tiempo noté que había una perrita a la que nuestro can, haciendo eco de sus dotes galanes, iba a a visitar bajo la atenta mirada de su dueño. Ahí tampoco hace caso cuando lo llamamos. Cuando íbamos con mi padre al trabajo, Rex solía seguir el carro hasta cierto punto del camino, desde donde se regresaba y llegaba a casa sano y salvo. Un tiempo me comenzó a hacer mella en la conciencia el hecho de que durmiera afuera, al amparo de un frío que calaba los huesos, así que me levanté de la cama, busqué ropa que no usaba y no volvería a usar, y debajo del escritorio que tenía en mi cuarto acomodé todo ello junto a una almohada. Salí y lo hice pasar. Rex entró en silencio, cómplice como siempre. Le mostré su nueva cama y se acostó a gusto, a merced de aquel placer que le incitaba el dormir sobre texturas blandas.
Para ahora Rex se ha adaptado a muchas cosas y creo que es un perro feliz. Lo único que no entiende es cuando se le dice no. Más de una vez ha abierto con su propia fuerza y de un empujón la puerta de la casa, se va a dormir a su cama solo y nunca, pero nunca lo hemos visto orinar más que afuera. Es noble, muy noble para haber sido un vagabundo. Aunque creo que es su manera de corresponder nuestro cariño, y en ese caso entiendo que no está tan mal. No me avergüenza decir que es mi consentido.






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