La rosa negra

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Soñé que me hundía. Atardeció de pronto, en un abrir y cerrar de ojos; un manto de nubes negras se arremolinaba en torno a la torre de la catedral. Oí el rugido de la tormenta encendiendo chispas blancas en las nubes. El sonido de las campanadas de la iglesia provocó que un manto de aves negras despegara su vuelo agitado por encima de los edificios. Miré atónito a las construcciones colindantes ardiendo, piras de humo ascendiendo en espiral a un cielo que se cerraba en sí mismo. Las calles parecían moverse a voluntad, o quizá fuera mi sentido de orientación, que me hacía tambalear, pero lo cierto era que estaban desiertas; la gente se había ido y en su lugar yacían sus ropas tiradas. Nunca había visto algo parecido. Me encontraba, por alguna razón que no alcanzaba a dilucidar, en la Plaza de Armas. Intenté incorporarme, pero un dolor atenazador en mi pierna me lo impidió. Tenía una herida abierta en torno a mi tobillo, sangrando. Quise buscar ayuda, y no sabía dónde. No podía jurarlo, pero en aquel momento tuve la certeza de que se me agotaba el tiempo; algo o alguien se acercaba y no tardaría en llegar. Estaba considerando la posibilidad de escapar de ahí aunque sea cojeando, cuando lo vi. Avanzaba con rapidez por una avenida apenas poblada de escombros. La carroza era negra, forrada con cortinajes raídos en jirones que se balanceaban al viento. Dos corceles negros tiraban del carruaje con toda la furia que profería su conductor, que en mi delirio me pareció un esqueleto ataviado de negro de la cabeza a los pies. Su ropa no cubría del todo sus cuatro brazos, cuyas mangas dejaban expuestos sus miembros esqueléticos. Dos de ellas sujetaban las cuerdas de los caballos, los más grandes que había visto jamás; y las otras dos blandían látigos de fuego con los que castigaba a sus dos esclavos cuadrúpedos. Los corceles tiraban con una velocidad tan increíble que la carroza parecía que apenas rozaba el suelo, impulsada por una fuerza descomunal y arrastrando con todo lo que había a su paso. Sus cráneos estaban cubiertos por cascos que parecían de metal, y donde debían estar sus ojos ardían las llamas de un fuego blanco cuyas volutas eran demasiado grandes en proporción a su cabeza. Recuerdo que me apresuré a refugiarme en el interior de la catedral.

El incorporarme me costeó un dolor que de no haberme mordido los labios me hubiese hecho gritar y exponerme a que quienquiera que estuviese en el interior de la carroza negra me encontrara fácilmente. Me arrastré a duras penas al portón de roble y empujé. La gran puerta cedió con un quejido y un hedor tibio a flores muertas y tierra removida me escupió en la cara. La escasa luz que inundaba el interior caía en diagonal desde los ventanales que sellaban la estancia, desvelando a su paso lo que parecían las ruinas de una ciudad. Reconsideré mi decisión de usar aquel lugar como refugio, pero fue entonces cuando oí el sonido del carruaje a mi espalda, los pasos de los caballos esta vez más despacio, deteniéndose en la Plaza de Armas. El frío y el dolor en mi pierna me terminaron de convencerme. Sorteé piedras y bloques de tierra y busqué un rincón alejado de la luz, detrás de un muro pequeño. Me temblaba todo el cuerpo. Tuve que taparme la nariz con una mano para soportar mejor aquel olor a podredumbre. Poco a poco mis ojos fueron acostumbrándose a la penumbra del lugar en el que me encontraba. El rumor de la lluvia acompañó mi primera expedición visual, que me permitió ver lo que parecían columnas y muros de mármol en trozos y de distintos tamaños, caídos desde algún lugar del artesonado de la cúpula. No había ni bancas ni altares, ni estatuas ni nada de lo que era habitual en los templos como aquel. Pero hubo algo en el orden y en el modo que estaban dispuestas estas ruinas que me dijo que aquello no era producto de ningún intento de derribo o de saqueo. Me dediqué a explorar mi propio escondite. El muro tras el que me había ocultado no era diferente a los demás. Un soplo de luz que un trueno lanzó del exterior desveló un nombre escrito en la piedra. Me aparté por instinto. Era una lápida. Todos los muros medianos que había visto lo eran. Lo que había tomado por columnas en trozos formaban en realidad parte de estatuas mutiladas cuyas cabezas y resto de miembros estaban esparcidos por toda la estancia. Estaba tan concentrado mirando aquel edén maldito sembrado de muerte, que ni cuenta me di de que me había puesto de pie y caminado, ignorando el dolor, al centro del templo. Al fondo, donde debía estar el altar, pude ver un hueco vacío frente a una lápida en blanco. Imaginé que alguien se había entretenido en escarbar en la tierra para extraer el ataúd que había ocupado aquel lugar. Fue entonces cuando una franja de claridad se abrió a mis pies y vi que una sombra se cernía en medio de la catedral.

Me volví lentamente, resignado a mi destino. En mi sueño el extraño no tenía rostro. Vestía una capucha y donde debía ir la cabeza sólo había un gran pozo de sombra. La parca avanzó despacio, portando una guadaña cuyo filo brillaba en la penumbra. Lo vi avanzar, casi en trance. Sus piernas no se movían y parecía que su cuerpo simplemente se arrastraba en el aire. Me quedé clavado, mirando su silueta agrandarse mientras más cerca estaba. Los destellos breves de luz que ingresaban por la puerta no aportaban mucho a mi tranquilidad. Se acercó hasta mí y bajé la mirada. Sentí sus manos huesudas tomarme por el cuello y levantarme hasta que mis pies dejaron de tocar el suelo. No quería ni abrir los ojos por el miedo. Me arrastró en el aire y sólo cuando me dejó caer decidí echar un vistazo. Me había llevado hasta el filo de aquel hueco que era custodiado por la lápida sin nombre que había visto anteriormente. Iba a dirigir la mirada a él, pero justo entonces una línea roja comenzó a teñir la lápida. Luego, otra. Y así, varias líneas recorrían la piedra, adquiriendo de pronto un sentido. Mi nombre.

Ni siquiera me dio tiempo de decir algo. Me empujó al interior y caí de bruces. Si el olor de la catedral era horrible, en el interior de aquel hueco el aire apestaba a mil cementerios. No tardé en notar que no estaba solo. Ahí, entre la tierra, resaltaban algunas figuras claras. Huesos. Quise vomitar o, cuanto menos, escupir, pero tenía la boca seca y el escozor de mi pierna se había vuelto insoportable. Abrí los ojos como platos al ver que la herida de mi pierna iba agrandándose, como si hubiese cobrado vida y decidido devorar el resto de mi cuerpo. A mi alrededor, varios ojos me miraban, moviéndose en un gesto de súplica o de odio. A mi lado se levantó alguien y reconocí en él a un viejo amigo. Aquella criatura, desprovista de cualquier ápice de humanidad, tenía el rostro congelado en una máscara de dolor. De aquella amistad de antaño estaba claro que no quedaba nada. Ya para entonces me permití gritar y buscar la manera de salir de ahí, pero él se abalanzó a mi cuerpo, atenazándome el cuello contra el suelo. La parca me miraba desde arriba, inmóvil. Imaginé que sonreía. A su lado se levantaron varias figuras. Vi el rostro de hombres, mujeres y niños que había visto en vida; entre ellos familiares y viejos conocidos, sus facciones deterioradas por los gusanos que recorrían sus cuerpos. Todos a un tiempo se inclinaron y comenzaron a echar la tierra sobrante al interior. La tierra bajo mi cuerpo comenzó a vibrar. Varias manos se desenterraron y aferraron el resto de mis miembros, pero ninguna hacía ademán de atacarme. Me querían enterrar vivo. Gemí, derramando más de una lágrima, e intenté librarme de sus garras, pero mi intento fue en vano. Poco a poco la tierra que caía sobre mí fue creciendo en tamaño y la certeza de una muerte lenta y dolorosa nubló mi mente. Rendido, ante la imposibilidad de salir de ahí y recobrar mi vida, me abandoné a la resignación. Lo último que vi antes de cerrar los ojos para siempre fue a la parca dejando caer al interior una rosa negra. La luz que iluminaba mi mente se extinguió también y, después, una paz cálida me envenenó la voluntad, negándome el privilegio de retornar al mundo de los vivos.

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