Para suerte tuya y para maldición mía
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| Fotografía por: Stephen Beadles |
No me digas que este es un estado por el que es normal estar pasando, tampoco me digas que todo pasa por algo, que es como decir que todos los días amanece porque el sol sale, cuando en realidad es la tierra la que gira, pues el sol siempre está ahí. A lo que voy es que yo puedo estar triste sin intentarlo y quedarme así el tiempo que quiera, puedo usarte como puñal y abrirme las venas contigo. Así que no me digas que estoy triste y que mañana voy a reírme de esto, cuando lo que hago es percatarme de las cicatrices que van sanando para abrírmelas el doble. No me lo digas. No tú. Porque eres precisamente la razón. Eres la piedra. No esa con la que tropiezo, sino aquella otra que tengo atada al cuello y que me hunde. Tú, que eres la que apaga todas mis luces, no me digas que algún día se prenderán solas.
Querida, has estado ausente cuando más te he necesitado. He tenido que aprender a base de experiencias cómo sobrevivir a un vuelo sin alas. Te he echado en falta, aunque tampoco ha sido obligación tuya el estar ahí, el que me dijeras que no todo está perdido y que algo de bueno tendrá que haber bajo todo este desastre. Nunca ha sido obligación tuya devolverme el cariño, nunca, y por muy doloroso que eso sea, es algo con lo que vivo. Es como cuando ves el atardecer: sabes que es un espectáculo increíble, pero eso no evita que tarde o temprano acabe y reinará la oscuridad. Pues lo mismo, quererte es increíble y el que me quieras lo es aún más, pero sé que sólo dura lo que tienes de tiempo libre y luego, la noche. No entiendo al amor cuando se pone en el plan de dejar a uno cargando el cariño que es de los dos. Cuando uno falta, el equilibrio se contrapone, flaquean las bases y la caída es inevitable. Sencillamente es algo que está fuera de mi alcance entenderlo, o entenderte, como tampoco entiendo cómo es que pretendías que fuera feliz estando tú a varios escalones por debajo del sótano de la indiferencia. Cómo. Porque ser feliz, para mí, depende de la falta que me evites.
Te quiero pero ya no sé. Y el no saber es lo peor que puede pasar cuando se quiere a alguien. Es horrible entrar en esa duda. Me quedo en mitad de un algo que nunca entiendo. Y mientras más busco respuestas me doy cuenta de que más me hundo, que es lo que mejor sabe hacer una piedra tan grande como tú: ahogarme.
Hoy quiero decirte que aquella mitad de mi vida que te pertenecía, la he convertido en la mitad de mi vida que le debo al mundo. He echado atrás muchas cosas, entre costumbres, sueños y planes, y las he suplantado por egoísmo y toda la frialdad que puede permitirse alguien que se ha cansado de besar el filo de la navaja. Hoy quiero decirte que no, no me he vuelto más fuerte ni tengo ideas distintas. Porque sé que buscar a otra significa resignarme a no encontrarte, así que ahora no busco, porque además, aunque la encuentre, tampoco va a quererme. Me he cansado, sí, de demostrarte que estoy hecho de todo aquello que al resto le falta. Que he cambiado la mitad de mi mundo por la mitad de tu sonrisa, y que la otra mitad la guardo por si luego me pongo tan triste que se me dé por querer recordar la felicidad a través del resto de tu boca. Me he cansado de ser el que procura entenderte, porque eso ha terminado por darte igual, y no se puede vivir al margen de recibir rechazos a cambio de abrazos. Así que te deseo a alguien que te dé lo que esperas encontrar en una relación. Quizá una mentira a la vuelta de la cama, o la fotografía de otra en su billetera. Quizá alguien a quien le dé igual que lo quieras, alguien que te pese a ti con la misma balanza que usa para pesar al resto. Alguien que se vaya cuando lo vea necesario, porque creo que es lo mismo que tú harías. Yo no me voy a preocupar por encontrar a quien merezca todo esto que ahora rechazas, porque, para suerte tuya y para maldición mía, yo ya no tengo nada que ofrecerle a nadie. Te lo has llevado todo. Y espero que estés contenta.
No me digas que saldré de esta, cuando eres tú la que me ha metido aquí. No me sonrías y luego te vayas, aunque sé que lo mejor hubiera sido que nunca hayas venido, para evitar conocer esa sensación de frío que da el ver la felicidad marcharse lejos. No me digas que lo sientes, que también te duele. No me lo digas. Sólo quédate callada, entiende que no voy a curarme, abstente de hacer preguntas y acepta el silencio que te doy como respuesta. Por primera vez no me contradigas, no cuestiones, no vengas a darme las lecciones que no te he pedido, ni a prometerme cosas que se cumplirán cuando no estés. No lo hagas. Sólo guarda silencio, que de clavarme el puñal hasta el fondo me encargaré yo. Y de sacarlo a la fuerza también. Tú sólo observa, y antes de marcharte, recuerda llevar contigo el amor que me trajiste, no voy a quererlo ni como recuerdo. Es de esos que nunca duran.






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