Quiero hacer el amor contigo

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La primera vez que oí la expresión «hacer el amor» era apenas un niño. Un niño con una capacidad de observación casi obsesiva. Recuerdo que era retraído ya por entonces, así que a falta de hablar con alguien lo que me quedaba era observarlos. Fue en una de esas incursiones a solas cuando oí, en la voz de una mujer que hablaba con otra, «hicimos el amor». Me pregunté qué era el amor y cómo se hacía. Pero me pregunté más por qué la gente, al oírlo, ponía una cara rara, como si aquello fuese un insulto, lo cual me desconcertaba, porque sabía que el amor era algo bueno. Siempre supe que hacer algo no era necesariamente el significado, que una cosa es la forma y otra el fondo. Tenía que haber algo más en esa expresión. Era como cuando en clase la profesora preguntaba qué era ser valiente, y cada niño respondía diciendo el típico «valiente es cuando eres valiente...», y la profesora aceptaba esa respuesta como válida aunque yo sabía muy bien que no era la correcta. Pues con el amor era lo mismo.

Cada vez que veía a una pareja de enamorados me quedaba a observarlos. Los veía besarse, abrazarse, acariciarse. ¿Tendría el amor algo que ver con eso? Era probable, aunque no necesariamente eso era amor. Sabía que el amor era aquello que los inspiraba a acercar sus labios, era eso que les nacía adentro y les dictaba rodearse con los brazos, tocar la piel del otro de una manera delicada. Era el fondo de la forma. Pero qué era el fondo. Luego también estaban mis padres. A veces mi papá ponía música romántica y la cantaba mirando a mi madre, y me preguntaba si el amor era eso, y si estaban haciendo el amor en aquel momento. Cuando veía a las madres abrazar a sus hijos sabía que ahí estaba el amor, pero eso era algo obvio, y lo mío apuntaba a las parejas. ¿Cómo hacían el amor? Y si lo hacían, ¿cómo sabían que era la manera correcta?

Luego pensaba que cuando me tocara crecer tendría que dar esos pasos, y me aterraba la idea de no saber cómo hacer el amor con una mujer y quedar mal con ella. Por eso observaba al resto. El amor de pareja, como muchas otras cosas, es algo que preferí aprender observando, por eso nunca se lo pregunté a nadie. Las parejas se besaban, y aquel acto era voluntario, como un acuerdo invisible que se firma por ambas partes. ¿Pero cómo se llegaba hasta ahí? ¿Acordaban en instantes previos cosas como «yo te cojo la mano primero», «te voy a besar, pero no te alejes ni te asustes»? La noción más básica que tenía respecto a cómo tratar a una niña era el ser caballeroso —lección impartida por mis hermanas mayores—, y aunque siempre tuve reparo en hacerlo debido a mi timidez, lo cierto era que mis dudas respecto a si la niña en cuestión aceptaría mis dotes y no me vería como un tonto eran enormes.

Más tarde sentí un hormigueo por una compañera de mi salón. No era la más guapa, pero me bastaba con que fuera ella. Sentí la necesidad de sentarme a su lado y oír juntos la clase. Quería hablarle a alguien de ella y de cómo sonreía cuando estaba con sus amigas. Quería coger su mano, contarnos los sueños. Que compartiéramos secretos y que el mundo nos encerrara. Sentía un algo a lo que le puse su nombre, y eso se convirtió en amor para mí. Era un sentimiento nuevo y al verla tenía la impresión de haber pasado toda mi vida en la oscuridad hasta conocerla. ¿Era amor eso que sentía? Me dije que sí, o que al menos era algo que estaba muy cerca de eso.

Cuando descubrí que el resto de personas relacionaba «hacer el amor» con tener sexo, decidí quedarme con el significado que yo había creado. Por entonces el sexo era para mí grotesco y yo ya había cumplido los ocho años. Mi padre me había dicho desde pequeño que el cuerpo de una mujer era tan sagrado como el mío, y por eso debía respetar ambos y no tocarla nunca indebidamente a ella. Quizá por eso la idea de quitarle la ropa a la chica que me gustaba con fines lujuriosos me resultaba inadmisible. ¿Cómo el amor podría significar algo tan bajo? ¿Cómo era posible que el amor que veía la gente estuviera basado en la desnudez del cuerpo y no del alma? La desnudez para mí era pura, hasta que supe que los mayores sólo veían sexo en los genitales. Aquello me puso triste al principio, porque sentía que era algo que no debía saber aún. Que una venda se me quitaba de los ojos, y que esa venda era la inocencia. Es el rencor que le guardo al mundo. Pero también sé que tarde o temprano iba a darse, así que decidí ir guardando mis lecciones en el cajón del silencio, ahí donde la moral y la timidez convergen juntas.

Desde entonces me propuse querer y amar a una chica, a una sola, para demostrarle que hacer el amor no necesariamente conlleva encerrarnos en una habitación. El amor me sigue pareciendo más un verbo y no un sustantivo. De hecho, creo que no es necesario decir que haces el amor con alguien para hacerlo. No es cuestión de unos minutos, o de unas horas, ni siquiera de unas noches, es cuestión permanente. Puedes hacer el amor con una chica sólo con escucharla, o con compartir cosas con ella. Puedes demostrar el amor mediante detalles, mediante la creación de planes a futuro a su lado, de trazarse metas a cumplir juntos, mediante el respeto, la aceptación, el romance, la complicidad, la amistad y luego aprender a enamorarla para seguir enamorándola cuando ya la tienes. El sexo —me di cuenta luego— es fácil de conseguir. Puedes tener sexo con una mujer en una noche pero hacer el amor con ella requiere toda una vida. Por eso para mí nunca fue tan simple y sé que cuando elija a una chica será porque quiero hacerla feliz y ser feliz con ella. Ser poeta a su lado. Creo que es la parte más bonita de hacer el amor con alguien. Yo todavía creo en eso.

Comentarios

  1. también lo creo. ¿Ingenuo? seguramente, pero lo vale absolutamente. Abrazo, querido Heber.

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    1. Sí, claro que lo vale; el tiempo suele confirmarlo. Un abrazo de vuelta y gracias por leer.

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