La respuesta que no me pediste
Fuente de imagen Apareces en mi bandeja de entrada, trayendo a mi memoria tu nombre, como quien procura dejar encendida una llama por temor a que se apague del todo. Fue en un segundo aterrador que me descolocó por completo: al leer tu mensaje supe que eras tú de inmediato, porque ningún anonimato te ha sabido ocultar de mi intuición. Un escalofrío me recorrió el cuerpo y me hizo temblar. Entendí entonces que por mucho que pase el tiempo siempre voy a sentirme nervioso si eres tú quien me dirige la palabra. Ahora eres ajena, claro. Ajena como un tesoro codiciado, como una flor que reina en su propia primavera. Ajena y enigmática, lejana, distante. Si antes de perderte ya te veía de ese modo, ahora que has anclado tu futuro al de alguien más, esa certeza simplemente se solidificó, volviéndose irrebatible. Porque ahora no hay ya más oportunidades, no hay segundos viajes, nuevos «quizá» que nos pintaban los sueños de ese color de las violetas que tanto te gustaban. No hay más ciudades, n...









