Estoy mirando un atardecer
Estoy mirando un atardecer. Esa tranquilidad. Esa paz. Alguien, en algún lugar, ha vuelto a creer en la magia. Alguien, en otro lado, ha muerto. No sé quién, pero ha muerto, y otro parece nacer de nuevo. ¿Alguna vez se han puesto a pensar en eso? El contraste del mundo en una sola imagen: el sol se aleja, la noche se acerca, pero en ambos bandos siempre hay luz. Me han entrado ganas de tomarle una foto, perpetuarlo. Que alguien al verlo me diga: «Eh, está como para ponerlo en un cuadro.» El mundo sería un poco menos cruel, entonces.
Estoy mirando un atardecer: una franja púrpura se ha abierto en el cielo y en mi interior se han cerrado algunas puertas. A veces el sentimiento cierra paso a la conciencia. Las personas deberían saberlo como para evitar lanzar palabras a diestra y siniestra como dardos envenenados. He visto a una chica guapa. Ha pasado de nuevo. Creo que tampoco se ha dado cuenta del paisaje, al igual que muchos, que van de un lado a otro como si estuvieran contra el tiempo. Yo creo que les hace falta alguien. O algo. Debo dejarme de sentimentalismos, supongo. Les puede faltar ganas y voluntad de fijarse en cosas que no sean su propio mundo. Que lo que hay no siempre es malo. Que las buenas cosas siempre han estado allí esperando a que ellos se desocuparan de sus pensamientos para animarse a mirarlas.
Ahora se han encendido las luces. El cielo se ha vuelto más oscuro. La ciudad me recuerda a un manto negro con luciérnagas incrustadas. Alguien debería escribir sobre esto. Decir, por ejemplo, que necesitamos ser un poco más sensibles y conmovernos con un detalle, con las cosas buenas que todavía quedan en este mundo. Sé que hay cosas tristes, pero fijarse en eso sería como quejarse de no tener nada que ver en la tele cuando hay un paisaje precioso tras la ventana.
Ahora se ha hecho de noche. En algún lugar alguien ha llegado tarde a la cita. Me imagino la cara que debe de tener por hacer esperar mucho su presencia. Alguien se acuesta pensando en todo lo que tiene que hacer para el siguiente día. Para otros la faena apenas comienza. Y así, un sinfín de casos en los que podría encontrar incluso mi propia vida protagonizada por extraños de los que nunca he oído hablar pero que podría conocer como si fuesen viejos amigos.
Me pregunto si en todos los lugares será igual: la rutina. Esas ganas de encadenarnos a una vida que no nos conviene. Ojalá se nos ocurra decir las cosas precisas en el momento correcto. Tomar buenas decisiones a tiempo. Ser más precavidos incluso para expresar lo que sentimos y, quizá entonces, dejaríamos de lado algunas discordias innecesarias. Hablo en un contexto generalizado.
El cielo está oscuro; se verían estrellas de no ser porque hay mucha iluminación en la ciudad. Alguien debería pensar en eso también. O quizá soy yo, que debería irme lejos un tiempo. No me haría ningún mal.
En algún lugar, alguien vuelve a llegar tarde; en otro, alguien ha muerto; otra persona vuelve a nacer. Y hay quien vuelve a creer en la magia. No sé quién, no me lo pregunten tampoco.
Yo, simplemente, me he puesto a ver un atardecer y ya se hizo de noche. Debería irme de aquí.






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