La chica de la catástrofe preciosa


He vuelto al inicio del camino, ahí donde un día dije: «Aquí comienza una historia diferente.» Lo que en aquel momento se me olvidó pensar es que, para bien o para mal, esa historia iba a ser inolvidable, y que quizá se convertiría en la razón de por qué me encuentro hoy evocando circunstancias distintas en las que repartí toda la dignidad con la que alguien con demasiadas grietas puede cargar, que no es mucha.

De pronto me tienen intentando explicar por qué estoy mirando tan seguido a una chica. De un momento a otro estoy analizando las razones, y sí, soy yo y mi maldita timidez incontrolable que me roba las palabras cuando la tengo cerca y no sé qué hacer más que reírme y esperar a que ella ría también. Dígame alguien cómo se sobrevive a la sonrisa de una persona que se desea en silencio. Alguien trate de explicarme cómo salgo de esta encrucijada en la que me ha sumido su nombre, que no lo sé, pero que siento que será apenas el comienzo de una cadena perpetua. ¿Cuántos años tienen que pasar para superar un instante que dura segundos? Porque, vamos, no la miro detenidamente, apenas de reojo, y luego desvío la mirada antes de que se dé cuenta de que es por ella que repongo las piezas del rompecabezas en el que se ha convertido mi sentimentalismo.

Ella no me mueve el piso, no me hace ver al mundo de cabeza, pero cuando la veo juro que el suelo desaparece bajo mis pies y en una milésima de segundo me sorprendo a mí mismo intentando equilibrar mis emociones. Le he puesto de nombre «La chica de la catástrofe preciosa». Creo que le queda a la medida. Porque una vez pasa tengo que levantar algunos muros que se cayeron y apilar algunos escombros para intentar revertir los daños. Empiezo de cero, abro las cortinas y escruto hacia el exterior para ver si se ha alejado. Sólo entonces me atrevo a salir de nuevo, consciente de que tarde o temprano pasará otra vez por aquí. Y es cuando vuelvo al inicio del camino, ahí donde un día pensé: «Ojalá que la próxima vez duela menos.»

Y desde entonces vengo dándole vueltas al asunto, llegando al conclusión de que querer a alguien puede simplificar la vida de una persona a dos cuestiones: O bien decides dejar de intentarlo por haber sufrido serios efectos lacerantes, o bien se te da por convertirte en un mártir de ese sentimiento que defiendes a capa y espada y de cuyo encanto —lo supiste desde el principio— no podrás escapar jamás.

Yo ya lo he decidido. Ahí viene de nuevo.

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