Inestabilidad emocional



He venido diciéndome que aquel mundo detrás de la pantalla es sólo una especie de cortina de humo, que la realidad está detrás de mí, pidiéndome una oportunidad hace tiempo. ¿Qué más tendrá que pasar para comprender que el escape a esta prisión está a un clic de distancia? A veces me gustaría mirar más allá, o más atrás, precisamente donde está todo lo tangible, de lo que realmente trata la vida. Ojalá fuera tan fácil. En lo personal, las relaciones interpersonales se han convertido en uno de esos raros idiomas que será muy complicado de aprenderme.

El mundo me tiende la mano, pero es como si me invitaran a suicidarme a fuego lento. Lo mismo con lo virtual. Yo estoy en mitad del tablero sin saber qué paso dar porque mi vida depende de cualquier movimiento, y yo nunca he tenido suerte en este tipo de decisiones. La precisión de las cosas y yo no convivimos en el mismo círculo. Por un lado están las personas, pero, ¿de qué serviría?, si durante casi toda mi vida lo único que he hecho es conocer gente que terminará dándome la espalda, olvidándome, o desconociéndome cada cierto lapso. Es odioso porque luego termino delante del espejo contándome las cicatrices que yo mismo me hice por confiar demasiado en una sociedad que conozco bien pero que igual me sigue doliendo: traición, guerras, angustia, revoluciones de gente que dice querer libertad hostigando a los demás, banderas armadas, misiles que apuntan a niños, y niños armados con fusiles. El impacto de aquel marco ha sido demasiado duro, ha dejado secuelas, me ha situado en una inestabilidad emocional de la que dudo mucho poder salir. Todo llega a afectarme de pronto, aunque trate de disimularlo al callar lo que siento de verdad. Es esa desesperación que causa la incertidumbre de un destino al que el mundo se remonta inexorablemente. A veces pienso que todo lo que necesito para salir de esta suspensión es no centrarme tanto en lo malo, tomar la decisión de despejar la mente, salir, viajar, respirar.

Supongo que no sería una mala idea, pero si de todas formas tengo que volver entonces ya no le veo mucho sentido. Las ganas se me acaban y termino por refugiarme dentro de aquel lugar predilecto para los inadaptados sociales: internet. La otra cara de la moneda. El lugar que ofrece tener al mundo en las manos mientras el mundo se desborda. Pero, como dije antes, es sólo una cortina de humo, un engaño más cruel que el anterior. Sólo quedan ganas de seguir huyendo, de lo que sea, cuanto antes, viendo si con eso es posible que la realidad, sea cual fuere, a fin de cuentas, comience a doler menos: es otro truco bajo la manga de la esperanza. O de la ilusión. Da igual. A estas alturas todo viene a ser un engaño que nos ponemos a nosotros mismos. Ojalá consiga deshacerme de este nudo antes de que sea demasiado tarde y termine por perder lo único que me queda: personas por las que daría la vida. Aunque estas personas estén, prácticamente, sólo en mi mente.

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