Un fragmento de la vida de ambos


Lo que más me gustaba de ella se quedó atrapado en una sonrisa que no veo hace tiempo. Voy a intentar explicarme:

El día en que la conocí tuve la certeza de que sería la parte más bonita de mi vida. No recuerdo el día, sólo el lugar, que fue la sala de un cine. Las luces aún estaban encendidas y, bueno, ella había ido sola, igual que yo y que la mayoría de personas que acudían ahí para quitarse de encima el frío de un invierno que había llegado de imprevisto. Se sentó a mi lado, y una eternidad y mil gritos internos después, decidí hablarle. La película todavía no había empezado así que a nadie le molestó que aquel par hablara y riera de vez en cuando. La invité a salir. En menos de cinco minutos estábamos en la calle. No recuerdo una ocasión diferente en que mi corazón haya latido tan fuerte como lo hizo en aquella noche. Su sonrisa parecía la fuente de energía de la ciudad, que comenzaba a iluminarse. Me confió muchas cosas, le confié otras también. Fue como compartir un fragmento de la vida de ambos. Hablando con ella me di cuenta de que quizá no tenía a nadie con quien hablar, y que aquel encuentro no había sido ningún accidente. Decidimos refugiarnos en un café, donde, luego de un interminable intercambio de anécdotas, me armé con el poco valor que tenía y, lentamente, como si todo mi mundo estuviera forjado de cristal y pudiera romperse en cualquier momento, me acerqué a ella, y la besé. Me vi en otro mundo: un chico que creía haber ganado toda la fortuna y que decidió olvidarse de todo lo malo que pudo haberle pasado para centrarse en aquel beso que lo inundó todo: su vida, sus sueños, sus ganas de seguir viviendo. Lo cierto también es que todo ocurrió muy rápido. Mi reloj marcaba las doce de la noche cuando llegamos al portal de su casa tomados de la mano y la despedí con un abrazo. La miré a los ojos, y sentí vértigo. Por alguna extraña razón, a mí me gustaba ese sentimiento de adrenalina que crece en el interior cuando sabes que estás corriendo un riesgo demasiado precioso.

Volví a casa dando un paseo, luego de dejarla en la puerta de la suya. Aquella noche, como era de esperarse, no pegué ojo; no tuve la necesidad. Los siguientes días los pasé al borde de una incertidumbre que llevaba su nombre. Cuando fui a buscarla se había ido. Cuando pregunté por ella nadie me dio razón. Y para cuando quise odiarla, me faltaron fuerzas.

¿Alguna vez se han enamorado en una noche y en la misma noche dieron por finalizada la historia en la que les hubiera gustado vivir para siempre?

Lo que más me gustaba de ella, su espontaneidad y su ternura, quedaron atrapados en una sonrisa que no he vuelto a ver desde que comprendí que, así como viene, el amor puede irse por la misma puerta, con las mismas ilusiones, y puede dejarte igual o peor de jodido que estabas antes de que llegara.

A mí todavía me duelen las sonrisas que esbocé con ella y todas las promesas que me hice sin pensar en las consecuencias.

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