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Hoy las cosas fluyeron como se suponía que debían fluir desde el principio: con serenidad y certeza, como un augurio bien calculado.
Nuestras miradas rozaban el aire y de vez en cuando se encontraban. En más de una ocasión me descubrió observándola.
Hoy la miraba mientras ella daba una breve siesta en mi carpeta. Al levantar su vista se encontró con mis ojos clavados en los suyos. Sonrió y volteó mi cabeza en dirección al libro que tenía delante de mí. No mostré resistencia. Hice ademán de mirar al libro pero mis ojos obstinados seguían fijos en ella y me pareció que hasta sus labios serían capaces de contarme mejores historias.
Luego la contemplé de lejos, como siempre. A veces me sentía como un espía examinando clandestinamente el tesoro más grande del mundo a espaldas de su dueño, que en este caso, era ella misma.
Tuve ganas de hablarle aun sin saber de qué, poco importaba.
—Tengo algo que decirte —pronuncié, acariciando sus manos.
—Claro, dime —contestó, expectante.
Bajé la mirada; las palabras se atoraron en mi garganta y fue en vano que intentara darles forma. Me alejé negando por lo bajo.
Tuve ganas de hablarle aun sin saber de qué, poco importaba.
—Tengo algo que decirte —pronuncié, acariciando sus manos.
—Claro, dime —contestó, expectante.
Bajé la mirada; las palabras se atoraron en mi garganta y fue en vano que intentara darles forma. Me alejé negando por lo bajo.
Casi al mediodía, cuando se acercaba la hora de despedirnos, tomé un pedazo de papel y escribí: "Te echo de menos."
Incapaz de entregárselo yo mismo, se lo hice llegar por medio de un compañero. El timbre de la institución pronto anunció la hora de salir a casa. Esperé un momento y me dirigí a la puerta pero me detuve delante de ella. Me había seguido con la mirada. Me volví para verla sonreír.
—Gracias por decírmelo, aunque todavía no me haya ido.
No dije nada. Un silencio me acompañó mientras la veía recoger sus cosas y me pregunté si en realidad no sabía que aquel te echo de menos no significaba que extrañaba su presencia física, sino aquella metafórica personalidad que durante mucho tiempo la había caracterizado y que ahora, en parte por mi culpa, se iba extinguiendo y me dejaba a la deriva de una inquietud inexplicable.
Salí sin esperarla. En alguna otra ocasión hubiéramos salido juntos, pero no mostró amago de hacerlo y recordé que en sus caminatas ya no era yo quien iba a su lado.
Sonreí, suspirando, derrotado sin haber luchado y encaminé el tramo que me separaba del portón principal.
Te extraño, pensé. Maldita sea, te extraño.






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