Una sombra sin nombre
Exhaló un aire frío, de esos que asfixian. El invierno parecía haberle ofrecido su compañía de por vida. Todavía recuerda la primavera y ahora aguarda su llegada. El cielo opaco le dice que el tiempo se alarga y mientras tanto suspira, recordando, volviendo en el tiempo, buscando una señal que le diga adonde pertenece en realidad.
La escarcha le cubría el rostro. Una luz mortecina que se filtraba entre las nubes proyectó su sombra hacia delante. Levantó la mirada, las aves solitarias eran la única compañía que le quedaba. Las guerras, el odio y las cicatrices incurables le indujeron a tomar decisiones de las que ahora se arrepiente. El hedor que provocaban esos recuerdos le hizo notar que existe un aroma en el mundo del que jamás podrá librarse. Cuando uno es preso de sus pensamientos, lo sigue siendo hasta el final o hasta que sepa controlar su propia cárcel. Una de las pocas ventajas de la vida es que se puede respirar aun si las ganas ya no existen. Y para entonces ya no tenía ganas y se preguntó si alguna vez las tuvo.
Su mundo quedó reducido a una vista peculiar conformada por arañas de luz suspendidas por cables invisibles que formaban una cortina de nieve bajando con parsimonia del cielo. Sonrió, se frotó los ojos, tomó un puñado de aquella escarcha brillante y la contempló unos segundos. Momentos más tarde sopló con fuerza y la vio esparcirse por el aire como polvo rociado.
Aquel polvo brillante se llevó parte de su mundo. Se quedó allí, preguntándose cómo era posible respirar tanta tranquilidad mientras el mundo de muchos se desmoronaba a su espalda como la nieve.
Exhaló un aire frío y se dispuso a retomar el camino de regreso.
Sus pasos dejaban huellas que la nieve no tardaba en tapar. Una silueta más perdida entre la magia adormecedora del invierno; una sombra sin nombre ni pasado vagando sin rumbo por las calles escarchadas llevando consigo el aliento de una maldición tatuada en los labios.






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