Algo inalcanzable


La miré de lejos, como se mira a la esperanza que ya se aburrió de uno. Hubiera querido retenerla pero era libre. Me duró un instante la sensación de querer abandonarla para siempre, porque me dolía; era como una herida abierta que no cesaba de tocar por puro capricho, quizá porque me gustaba sentir su dolor pero me hacía daño. Se me ocurrió una locura: quererla más todavía. Sólo a mí se me da la idea de abrazar un capricho viviente. Luego miré al cielo suspirando los sueños que había tenido a bien albergar conmigo mientras ella sonreía. Sin saberlo, la tomé de la mano y la conduje a un lugar apartado del mundo. Era oscuro, su silueta se perfilaba al contraluz de una vela que languidecía en un rincón del vestíbulo. Le acaricié el rostro, los labios y aquellas mejillas que albergaban lunares que parecían estrellas sin luz estancadas en un cielo pálido. Sonreía. Se veía preciosa. Me dediqué a abrazarla intentando cuidar cada parte de su cuerpo para que no se fuera antes de tiempo. Sentí aquel aire tibio que exhalan los abrazos que se han estado deseando mucho antes de darse. Y sonreí, dejando una lágrima recorrerme el rostro y entonces la abracé más fuerte para que no reparase en mi lamento. Pronto comprendí que los momentos que uno más disfruta en la vida son aquellos en los que siente que está a punto de perder lo que más quiere en este mundo a pesar de que la vida prometa lo contrario. Duró poco la visión pero fue bonita. Desde entonces cada vez que la miro sólo deseo abrazarla y tener cerca de mí un sueño imposible, porque, a pesar de todo, eso resultó ser, algo inalcanzable. Pero no, a ella no le gustan los abrazos.

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