El amor aturde un poco
No sé. Hoy es uno de esos días con pensamientos turbiamente placenteros. Por una parte mi estado sentimental me permite jugármelas con destinos indeseables de los que me alejo tomando un rumbo distinto para volver al mismo sitio de siempre. Por otra, una perspectiva delirante del mundo me hace pensar en lo complejas que se vuelven las cosas cuando uno es tan simplista. Aquella ciudad que está tras las ventanas esconde secretos que nadie cuenta, que están esperando un hálito de quietud para sobresaltar a cualquier inocente al mínimo paso en falso. Es curioso. A veces pienso también en el amor, pero me aturde. No concilio con que algo que muchos ven con ojos brillosos termine siendo la más oscura sombra en una mente cansada y sedienta. No sé si estoy enamorado. Pero algo me dice que no he querido sentirme de otra manera en toda mi vida. Con esa chica que juega el papel de musa imposible cualquiera querría vivir preso de sus palabras para siempre. Cualquiera habría querido sentir mil puñaladas cuando le sonríe a otro. Cualquier persona que sepa que un cariño así no se encuentra a la vuelta de la esquina ni cada año al cruzar el umbral de un nuevo mundo, entendería que la mejor decisión que podría tomar es atreverse a querer como si nunca hubiera sido herido por nadie, ni por sí mismo. El día me dijo desde sus primeras luces que aquél no iba a ser yo. Que yo estaba condenado a construir celdas con letras escondiendo el nombre de aquella chica que en cada línea se me vuelve más lejana. Más linda. Más dolorosa. Un atardecer lleno de espectros celestiales anunció la partida lenta e invisible de la primavera, que se llevaba lo poco bueno que me quedaba. Si algo supe hacer bien y mejorar con el tiempo desde la primera vez que la vi sonreír, es escribir. Admito que la he querido en silencio y a oscuras, pensándola entre insomnios que reflejaban lo mucho que la deseaba, entre las tinieblas que una esperanza torcida dejó proyectada cuando se dio por vencida. Quién iba a decirlo. Al final y hasta ahora la quiero, como sólo se puede querer una esperanza de vuelta, aquella que se está yendo con la primavera. Esta ciudad se oculta cuando quiero contemplar sus maravillas. Ya no me cuenta historias ni secretos que pueda atesorar con un egoísmo triunfante y celoso. La magia se está yendo con el mismo viento que trae las nubes que barren el cielo. Ya he decidido dejarlo todo. Ella sabe que la quiero, y que ninguno de los dos, su cariño y el mío, pueden congeniar en la misma ciudad que ambos construimos y que se está derrumbando con cada fracción de segundo que pasamos ignorándonos.





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